Written by 3:38 am Crónica, Narrativa

De la noche que le robé un beso a Ramón Palomares

Sol Linares

 

 

Abisinia Review le dedica el dossier de su edición No. 18 Oct – Nov – Dic al poeta venezolano Ramón Palomares.
…..Publicamos la presente crónica de la escritora Sol Linares que nos narra emotivamente la admiración que siente por la poesía y la figura de Ramón Palomares. Linares (Venezuela, 1978) es novelista, cuentista e ilustradora. Sus últimos libros son La silla cruza las piernas, (Argentina, 2022) y No todos los cíclopes nacen ciegos (Premio Internacional Tristana de Novela Fantástica, España).
…..El lector encontrará al final las rutas para acceder a todo el contenido del dossier.

 

 

 

De la noche que le robé un beso a Ramón Palomares

 

¿Qué pasa cuando un poeta se muere, sobre todo si se trata de Ramón Palomares,
que hizo todo lo posible, y lo logró, para darle permanencia a lo invisible,
para darle constatación eterna a lo inmediato?

LUIS ALBERTO CRESPO

Era el año 2005, yo tenía 27 años, él estaba cerca de los 70. Empiezo así esta crónica solo para molestar, cualquiera pensaría que se trata de un affair entre una jovencita y un anciano, un escándalo post mortem. Pero no, un beso puede ser el título de muchas cosas. La mía, la cosa, fue más un asunto de nacionalismo total y absoluto por la cordillera y su aliento.
……Y también, por qué no, la paternidad de Ramón sobre algo indecible, que preñó el anhelo de la vida sencilla y la forma amorosa con la que se puede estar presente en esta tierra.
……El beso. Días previos a la II Bienal de Literatura Ramón Palomares. Yo trabajaba a destajo para el comité de logística y lo mismo barría el escenario como ponía flores en las mesas, botellitas de agua, o pintaba de blanco los paneles en la exposición de la obra de Carlos Contramaestre. Había en Trujillo cierta atmósfera de santidad, como si estuviéramos esperando a los apóstoles, no sé si me entienden, una alegría expectante, hasta los borrachos de las plazas sabían quién era Ramón y entendían que su poesía hace tiempo había trascendido el reino de las servilletas, donde tantas veces comienzan los grandes poemas. Un sentimiento magnánimo nos sobrecogía. Todo el mundo estaba ocupado en poner bonita a la ciudad como quien prepara a una novia en su boda. Para entonces Ramón ya era Ramón Palomares, Premio Nacional de Literatura, ya había sido Sardio y Techo de la Ballena, Doctor Honoris Causa de la ULA junto a Rafael Cadenas y Juan Sánchez Peláez, eso y otras hazañas de Homeros como ellos.
……Yo jamás había escuchado declamar a Ramón, tal vez por eso andaba por el mundo sin saber quién era ni de dónde. Con la vida que llevamos de niños, las mudanzas, cambiar de ciudad cada año gracias a la rara gitanía de mi madre, Escuque era solo un pueblito humilde donde yo había nacido por error, porque mamá había planeado que yo fuera maracucha. Menos mal que uno nace varias veces en la vida; la primera sin querer, caemos donde sea, en cualquier familia, en cualquier país, a cualquiera le decimos papá o mamá, o patria; el resto de las veces nacemos queriendo, bautizados por las cosas que finalmente nos hacen sentido. Esa noche, en la inauguración de la Bienal, Ramón me iba a dar un lugar. Yo no tenía nada, acaso la altivez de creer pertenecer a una Atlántida hundida.
……A lo del recital: Cuando Ramón subió al escenario lo hizo pausadamente. Llevaba un saco marrón, anteojos ovalados y un bigotito sin gracia que le daban ese aspecto de amable y dulce boticario. Empezó leyendo El jugador. Todos guardamos silencio. Se presentó con una pausa larga, administrando el rigor. Luego levantó la mano cual director de orquesta y dijo: «Yo soy como aquel hombre que estaba sentado en una mesa de juego, y al promediar la tarde ya estaba bien basado, y dio y dio hasta que estuvo rodeado de montones de plata, y ya en la tardecita era puro de oro, y le llegaban mujeres y le ponían los brazos al cuello, y él se reía, y estaba lleno de joyas, lleno de prendas, y los ojos y las orejas eran de fina joyería, y los bigotes y la barba eran de verdad piedras. Y muy, ¡muy preciosas! Y a las nueve ya estaba en su apogeo, y la mesa y los jugadores y los que estaban en lo alrededor, brillaban, y aquello eran nomás soles (…)».
……La voz de Ramón, quebradiza, aguda, delgada. Infantil y anciana al mismo tiempo, como la de un niño a punto de morir. Con esa voz leía. Fue leyendo y leyendo, sabía leer poesía. Leía lentamente —como caminando, como subiendo por las calles empinadas de Escuque—. Leía dando pasos hacia algo tremendo, sabía detenerse, usaba las pausas y abría regalos, y cuando uno pensaba que se le había extraviado el poema, o que se iba a morir de un infarto allí justo delante de nosotros, era solo para sembrar en nuestros pechos toda la fuerza de una imagen.
……Eso es nacer queriendo. Yo, que había nacido en Escuque, por primera vez quería ser de allá.
……Ramón leyó más poemas, poemas que irían a parar a Vuelta a Casa un año después. Él leía y yo lloraba, así, secretamente y en la oscuridad, como esas chicas intensas y tontas que lloran por inmensidades en los recitales de poesía, gente que llora en sus propios bautizos. Hay humildades que contagian, no sé si me entienden. Sentí una gratitud inenarrable, cada palabra me ponía una sábana encima, una abnegación de fogata o de milagro pequeño. En eso blandieron las campanas de la iglesia de Trujillo. Todos escuchamos las campanas, lo juro, y como si fuera Dios quien replicara sus poemas. Ramón se dio la vuelta y le dijo «¡gracias!». Aplaudimos a Dios y a Ramón. Y continuó así:
……—Pequeña flor blanca eres, así te llamaría quien va a casarse. Pequeña colina eres, así te nombraría quien caza perdices. Pequeña taza de oro eres, así te llamaría quien beba su licor. Pequeña corriente de leche eres, así te diría quien lave su cabeza bajo el sol. Pequeña colina que duerme. Pequeña colina echada como una gallina. Pequeña colina como una cabeza de plata. Pequeña colina como una fruta que orea (…).
……Fue a mitad de ese poema, no pudiendo más, atravesada por algo más bello que la palabra colina, por algo más digno que la palabra taza, por algo más devoto que una gallina misma, que se me ocurrió darle un beso en la boca a Ramón (no en la frente, como una madre; ni en la mejilla como una igual). No sé si alguna vez ustedes han deseado besar la boca de un poema. Besar con beatitud algo entrañable. Y no es que fuera tan boba para confundir la boca del poema con la boca del poeta, pero a veces, la boca del poeta es la única puerta humilde donde uno puede dejar flores, frutas y velas a Calíope. Mientras me imaginaba atravesando el auditorio, dejando un beso en su boca, Ramón decía «como el manto de la serpiente coral, así de bella tú eres, así como el vestido de la orquídea blanca, tú eres de amorosa pequeña colina».
……Nací. Y si el 06 de abril de 1978 no estaba mi padre afuera en el pasillo de una medicatura de Escuque, como esos padres campesinos que agarran con fuerza sus sombreros por miedo a que muramos todos durante el verguero de nacer, Ramón paternizaba algo en mí. Porque la poesía de Ramón Palomares es paternal, tiene algo de padre de las cosas. De Adán postrero. Hay una voz de padre de los bichitos, de las luciérnagas, de los borrachos, de los árboles, de las flores, de la muerte, sus poemas son oraciones de padre ordeñando, de padre que madruga a echarle bendiciones a la tierra cuando amanece y se acongoja cuando lo terrible avanza. A mi izquierda la gente lloraba, también a mi derecha, eso era una sola llorazón, yo no había visto algo así, la sencillez poniendo bandera a nuestros patios. ¿Cómo es que Escuque bastara para hacer todo eso? Yo pensaba que había que nacer o morir en París, como soñaba todo el mundo, para escribir poemas y novelas y usar bufandas. En ese espejismo exótico solo las grandes ciudades podían sacar de sus vísceras grandes voces, Gallegos, Proust, Mansfield, Victor Hugo, Chesterton, Pessoa. Después de escuchar a Ramón ya no habría más Parises para mí, ni Españas, ni Caracas, ni Nuevayores. Ramón nos daba una lección entrañable, los pequeños pueblos tienen derecho a ser narrados, y los pequeños pueblos también construyen en su húmedo y frío útero sus propias antorchas.
……—Y te llamarán como una pequeña loma. Y en ti pondrán una bandera dulce y tierna.
……Así concluyó Ramón la lectura. Yo estaba enardecida, toda una hinca de Escuque. La función terminó, los poetas se fueron, yo no pude atravesar el auditorio y besarlo como imaginé, me quedé recogiendo las sillas y las botellas de agua. Entrada la noche el equipo logístico se fue a beber cervezas en un bar muy bonito cerca de la plaza Bolívar de Trujillo. Para mi sorpresa, allí estaba Ramón, con todos los poetas invitados, estaba un poco borracho. Nosotros que llegábamos y ellos que se iban. Un grupo de poetas felices se adelantó, Ramón Palomares quedó rezagado en el pasillo, caminaba lento, como un barco que uno no sabe si avanza o retrocede. Corrí hacia él.
……—Don Ramón… —dije.
……Él se dio vuelta, siguió mi voz pesadamente, como un barco cambiando de dirección. Cuando por fin estuvo frente a mí, le estampé un beso en la boca.
……—Gracias —dije.
……El beso traducía gracias por nacerme, no sé si me entienden.
……Me miró sorprendido, recuerdo. De cerca era más viejo y más flaco, la ropa le quedaba un poco grande, parecía un hombre menudo sostenido espiritualmente por un gancho de ropa. No supo qué hacer, tembló un poco, lloró un poco. Yo tenía esa edad en que algunas mujeres damos gracias con los besos. Bajé mi cabeza y le besé las manos.
……—¡Pero niña! ¡No hagas eso! —Me miró totalmente conmovido—. ¿De dónde eres? ¿Quién eres?
……Debí tener mucha cara de Magdalena. Yo no sabía quién era yo. Yo escribía cuentos, usaba trencitas, tenía los dientes torcidos y era tan pequeña que podía caber perfectamente en el forro de una guitarra. Le di un abrazo. El saco marrón olía a pajarito que te ves tan cansado. Constaté su ternura. Tal vez la ternura no sea otra cosa que esa extraña condición que tienen algunas personas que no han podido ser endurecidas por la vida. Me dio unas palmaditas en la cabeza y se fue, lo vi alejarse, caminó lentamente, como leyendo poesía.
……Menos mal que no podemos andar por el mundo besando a quien nos nace, si no qué dirían nuestras maestras. La vida siguió. Al año siguiente compraba Vuelta a casa en una librería caraqueña. Estaba exhibida en la vitrina, fue impactante ver a Ramón Palomares publicado en la Biblioteca Ayacucho —es una colección de literatura latinoamericana muy apreciada por nosotros y diseñada originalmente por Ángel Rama, Ernesto Sábato y José Ramón Medina; son libros vestidos de paltó negro, todo el mundo sabe que quien entra ahí, tanto como en la colección numerada de la Fundación para la Cultura Urbana, es porque ha de ser muy importante—. Ramón era el número 233. Perdón si me emocioné al ver a Ramón Palomares entre los nombres de Borges, Rubén Darío, Cortázar, perdón. Por alguna tonta razón pagué el libro diciéndole a la librera «soy de Escuque», que me miró como si hubiera dicho «soy de Tuvalu».
……Volví a ver a Ramón dos años después, en el 2007.
……Ese año ganaba yo mis dos primeros premios importantes: una hija, y el primer lugar de la III Bienal de Literatura Ramón Palomares. Qué cosas, ambos llegaron en octubre. Amamantaba yo a mi hija recién nacida cuando supe la noticia. Pasaba yo de recoger las sillas de un auditorio a tener que hablar frente a un micrófono. El día de la premiación Ramón Palomares se encontraba en el público, junto a otras personalidades importantes. Fue extraordinario que estuviera en lo que para mí simbolizaba el más definitivo de los bautismos. La gente se echó a reír cuando conté lo del beso, hasta Ramón se rio. Luego se levantó de la butaca, subió las escaleras, caminó hacia mí y me devolvió el beso, esta vez en la mejilla.
……Cuando murió, fui a verlo a Mérida. El velorio no tenía la ternura de la comarca, más bien se sentía una atmósfera académica y gubernamental. Frente al féretro y en voz bajita como para nosotros dos, recité su poema.

Esto dijéronme:
Tu padre ha muerto, más nunca habrás de verlo.
Ábrele los ojos por última vez
y huélelo y tócalo por última vez.
Con la terrible mano tuya recórrelo
y huélelo como siguiendo el rastro de su muerte
y entreábrele los ojos por si pudieras
mirar adonde ahora se encuentra.

 

 

 

Sol Linares. Venezuela, 1978. Novelista, cuentista, ilustradora. Su obra narrativa ha merecido varios premios nacionales e internacionales. Entre ellos destacan La circuncisa (Monte Ávila, 2001), Canción de la aguja (Premio Municipal de Literatura Luis Britto García), Cuantafarsas (Premio Nacional de Literatura “Ramón Palomares”), Percusión y tomate (Premio Internacional de Novela Alba Narrativa 2010); Mamás por Whatsapp (LP5 Editora, Chile, 2021); La silla cruza las piernas, (Asuntos Editoriales, Argentina, 2022); No todos los cíclopes nacen ciegos (Premio Internacional Tristana de Novela Fantástica, España). Muestra de su trabajo narrativo ha sido recogido en distintas antologías plurales como Antología sin Fin (Escuela del sur, 2012), De qué va el cuento (Alfaguara, 2013), Nuestros más cercanos parientes (Editorial Kalathos, España 2016). Es también asesora literaria de autoras y autores de habla hispana en diferentes partes del mundo.

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de la obra Pasado y Presente,
técnica mixta sobre tela y madera, 2005,
del artista venezolano © Daniel Suarez

 

año 4 ǀ núm. 18 ǀ octubre – noviembre – diciembre 2023
Etiquetas: , , , , , , , , , , Last modified: enero 6, 2024

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