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Teresita Gómez. Un capítulo de su vida

Beatriz Helena Robledo

 

 

De la biografía Teresita Gómez. Música toda una vida (Bogotá, 2023) escrita por Beatriz Helena Robledo compartimos este bello capítulo como primicia para los amantes de la música y de la obra de la maestra Teresita Gómez. Beatriz Helena Robledo, a quien Abisinia Review conoció en la FILVEN en Caracas, es escritora, ensayista y profesora. Agradecemos el permiso de la Editorial Penguin Random House/Debate e invitamos a nuestros lectores a viajar por sus páginas.

 

 

I. La niña del palacio

¡Tormenta, rayos, centellas! La lluvia arrecia, el cuarto se ilumina de forma descontrolada. Es más de media noche. La niña de cuatro años se despierta y se queda quieta, muy quieta. El corazón pequeñito se le acelera, escucha su tun, tun como el de un pájaro asustado y a la vez oye a su madre rezar llena de miedo. Se tapa con las sábanas y reza ella también mentalmente. Pide que su papá la proteja, lo llama, pero él sigue durmiendo. Quizás no la alcanza a oír porque está acostado en el otro cuarto en la cama pequeña. Ella está en la cama grande con su mamá, quien se ha levantado temblando. La coge del brazo y la jala debajo de la cama, la aprieta en su seno, mientras reza.

……—Aplaca, Señor, tu ira, tu justicia y tu rigor.

……Le reza a San Nicolás de Tolentino, a San Martín de Porres, a la Virgen Inmaculada.

……La niña se queda paralizada en ese rincón oscuro, sobre el piso de tablones de madera, pegada a su mamá. Sigue la tormenta. Los ronquidos de su papá se mezclan con los truenos cada vez más cerca. Con el calor y el murmullo de los rezos de su madre, finalmente se queda dormida.

……Esa niña es Teresita Gómez, Tere, como le dicen sus amigos, y la escena vive aún en su memoria y es traída al presente después de tantos años, un presente que depura las imágenes, limpia los rencores y los duelos, y matiza las estridencias de la vida. Tere guarda su casa como un tesoro. Es el nido que la protegió del abandono y quizás de un destino diferente y hoy inimaginable.

 

 

……Esa casa es pequeña y grande a la vez. Es sencilla, pero encierra los diamantes más preciados del arte.

……—Qué casa tan linda la que tuve yo —dice, con una nostalgia apaciguada por los años—. En mi casa había una camita, luego estaba el otro cuarto donde había una cama doble, la mesa de comedor donde se planchaba, con un armario. No me dejaban acercar dizque porque había un entierro. En mi casa no había espejo. La cocina pequeñita y un baño con una ducha que se puso después, porque antes se calentaba el agua.

……Tere sigue limpiando sus recuerdos. La imagen de su padre roncando sin atender su miedo no es del todo justa. Quien más veló por ella fue Valerio, sólo que en una época le gustaba el traguito y dejaba de ser él, ese papá amoroso, comprensivo, ese esposo abnegado y recto que cuidaba de su familia y de su casa con esmero y una asombrosa dignidad. Sin embargo, recuerda pequeñas escenas violentas cuando su papá tomaba trago y se emborrachaba. Terminaba pegándole a su mamá, quien se defendía con cantaleta. Tere recuerda esas escenas con pavor. Cuando se demoraba, la mamá la mandaba a que fuera a la cantina por él. Él la sentaba allí y le daba algo de tomar o de comer para esperarlo. Pero la vida se encargó de enderezarlo. Un día su papá sufrió un accidente, se cayó y se dio un golpe en la cabeza, estuvo un tiempo muy mal, como embobado, recuerda Tere.

……«Después de que se arregló de eso, nunca más volvió a tomar, no pasaba de dos cervezas y eso fue maravilloso, porque mi papá era pacífico, y es que mi mamá lo exasperaba».

……Esa mamá cantaletuda, nerviosa, rezandera, llena de miedos, se refugiaba con exagerada devoción en la forma más icónica de la religión. De niña, Tere tenía que pagar un precio para poder traspasar el umbral de su casa pequeña y acceder al palacio que sellaría su destino. Debía atravesar un cuarto lleno de estatuas de santos que recuerda con pánico. Los santos estaban cubiertos con sábanas blancas y parecían fantasmas que perseguían a la niña asustada en sus sueños. Pasar por allí era una prueba de fuego y quizás también la causa más tangible para que Tere creciera con una fe igual de enfermiza a la de su madre. Luego, en la adolescencia, logró soltar los miedos y liberarse del terror que le producían las estatuas de yeso con nombres pomposos que prometían castigos y a la vez amparo frente a las tormentas.

……«Yo fui rezandera, rezaba a diario, iba a la iglesia y me iba para donde el Señor caído y lloraba. Leía el misal en la misa. Tenía uno de esos que le dan a uno en la primera comunión forrado con concha de nácar. Eran divinos. Recogía estampas, tenía una fascinación por ellas y las coleccionaba. Mira cómo da de vueltas la vida, todas las Semanas Santas, el Viernes Santo para mí era de un dolor profundo porque iba a morir Jesús. Durante las procesiones acompañaba a mi mamá desde Córdoba pasando por La Playa. Le decía que me vistiera con un vestido de concierto. Y yo me iba cantando. La música, si mal no recuerdo, era de Gonzalo Vidal. Hasta los doce años duró esta película. Luego nos íbamos a almorzar a la casa. Bellas Artes estaba vacío, en esa época en Semana Santa sólo se podía escuchar música clásica y sábado y domingo era silencio. Era un respeto por esa ceremonia. Y ahora que ando persiguiendo la paz con el zen, veo que esos rituales y esos momentos de silencio profundo y ese estar ahí con los seres de luz son muy importantes. También lo son las ceremonias que evocan que uno vuelva en sí mismo, en la búsqueda de uno ¡y quedan tan pocos momentos para eso!».

……Estas palabras de Tere parecen dialogar con la descripción que hace Fernando Vallejo de esas mismas Semanas Santas, en ese mismo Medellín de su infancia, que es la misma infancia de Teresita; compartían edad, ciudad y religión, y si no se encontraron en esos tempranos años fue porque aún no debían encontrarse, lo hicieron más adelante en Bella Artes:

……«Viernes Santo, día de dolor, a las once de la mañana por el centro de Medellín, cuando Jesús cae tres veces, procesión de las tres caídas. Adelante, precedidos por los monaguillos y los incensarios, iban tres padres con sus casullas bordadas de oro. Atrás iba la banda tocando las Estaciones de Vidal. En medio nosotros, las comparsas, los extras, la multitud. Y sobre nosotros Cristo, Pilatos, los judíos, los apóstoles. Iban los doce apóstoles en fila india, tambaleantes, con sus largas vestiduras de terciopelo, rojas y azules. Como si los detuviera un semáforo celestial, paraban en cada esquina y se perdían por un instante, etéreos, entre un fervor de rezos y nubes de incienso»¹. …

……Amanece. A Tere la despiertan los pianos que resuenan en el palacio prometido al otro lado del cuarto de los santos. La despiertan los violines y el canto. Tere quiere salir, pero su mamá no la deja. Le sirve el desayuno, luego le calienta el agua para el baño (aún siguen sin ducha). Se sienta en una silla plástica y su mamá llega con la olla con agua y una esponja. La frota con fuerza buscando aclararle los codos y las rodillas. La piel de la niña es negra y la piel de la madre es blanca. La madre sigue estregando con fuerza, la desespera ese color que no acepta, que la agrede, que la confronta, aunque no sea muy consciente de por qué ese rechazo. La niña intenta escapar, quiere salir a pesar de los santos.

……—Vení, yo te peino ese churrusquero.

……Tere llora por los jalones, pero también porque el pelo le crecía para arriba, así era de pasuda.

……—Nunca me aclararon los codos, negros, negros. Pero sí las rodillas con tejo.

……Atardece. Tere espera con ansia que llegue su papá, la tome de la mano y la lleve a hacer la ronda de cierre. Recorrían todo el palacio, ese segundo reino al que se accedía con sólo abrir una puerta.

……Ese palacio no es imaginario, ni es el de los cuentos de hadas que Tere escuchaba de niña, no. Es el Palacio de Bellas Artes en el que trabajaba su papá, Valerio Gómez, como portero. El mismo al que accedía Teresita desde su casa humilde y pequeña que quedaba dentro y que se comunicaba por una puerta y una escalera. Como las matrioskas, una casa pequeña dentro de una casa grande, tan grande que era palacio.

……«Lo voy a contar a mi modo: acompañaba a mi papá todas las noches a cerrar cada cuarto, a vigilar que no se hubiera quedado nadie adentro, que los pianos estuvieran cerrados, que no hubiera ventanas abiertas. Y mientras mi papá hacía ese recorrido, yo iba tocando ¿qué? No sé. Entonces yo todos los días escuchaba a las niñas dar las clases y yo veía cómo les enseñaban y por la noche trataba de hacer lo mismo, me escapaba y me iba a tocar los pianos, a ensayar lo que había visto y escuchado. No me perdía, pues conocía muy bien el palacio por los recorridos que hacía con mi papá».

 

 

……Un día Valerio le dice a su esposa:

……—Teresa, la niña tiene como buen oído.

……—Dejá la bobada, ahora sí, estusiasmala pues por el piano. ¿Vos te embobaste? Te van a echar de aquí, vos. ¿Con qué le vas a comprar un piano a la niña? Eso no es pa’negros. Vos sos bobo, ¿o qué? No entusiasmés a la niña, qué pecao, después ella se queda con ganas y ¿qué vamos a hacer? Seguí así.

……—Ay, Teresa, ¡qué le va a hacer mal! —decía, sin hacerle mucho caso.

……Al recordar este diálogo, Tere reconoce, con la certeza de los años, que su madre tenía razón. Sus palabras eran sabias. ¿Qué habría pasado si en realidad los hubieran echado del palacio? ¿A qué sórdido lugar hubieran tenido que ir a vivir, un expolicía y su mujer un poco loca y enfermiza, con una niña negra con oído absoluto, a quien le hubiera tocado quizás cambiar las notas del piano por el ruido estridente de una ciudad que crecía y se volvía cada vez más bullosa y desordenada? Quizás hubieran tenido que ir a refugiarse a Marinilla, de donde eran oriundos Valerio y Teresa. Claro que en la casa de los papás de Teresa no habrían sido bien recibidos, sobre todo por Valerio, a quien consideraban inferior, pues ellos sí tenían casa en el marco de la plaza principal con tienda incluida, que atendía don Leocadio, el abuelo de Tere; la familia Arteaga era de prestigio y tenía platica, y, además, las hijas eran bonitas y bien presentadas. La mamá de Valerio, en cambio, vivía en una casa muy pobre. Allí tampoco hubieran podido refugiarse, pues a Teresa Arteaga no le gustaba ir allá, le daba cierta vergüenza. Dice Tere que su mamá tenía problemas de clase y se sentía muy incómoda en una casa con piso de tierra, hornilla de leña en el suelo, ubicada en la parte de atrás, y una sola cama. De pronto un cuadro único, solitario, rememorando épocas mejores y además torcido. La señora vivía sola, pues había enviudado tres veces, y Valerio era el hijo menor.

……Por fortuna nunca los echaron y Tere pudo seguir ensayando, siempre a escondidas. Cada vez le sonaban mejor las notas y empezó a mejorar hasta que por fin le salió una pieza entera: La marcha del soldadito. Valerio, orgulloso de ver los progresos de su hija, se quedaba con ella más tiempo para que practicara. Era sorprendente, pues la niña aún era muy pequeña y no leía nota, tocaba a puro oído, pero era muy concentrada y estudiaba y estudiaba, y, sobre todo, muy silenciosa, como todo era a escondidas, Tere no hacía ruido, sólo tocaba.

……Un día tocó una de las piezas completas y su papá dijo las palabras mágicas:

……—Hoy le voy a abrir el piano de cola para que dé el primer concierto.

……«Eso todavía me emociona, porque ahí mi papá hizo ‘pa’, ahí me lanzó, tuvo una sabiduría. No sé, abrió el piano, bajó y se sentó como en la tercera fila y me dijo:

……«—Haga la venia, pues.

……«Porque cada seis meses había concierto de niñas. Entonces yo hice la venia y toqué mi pieza. Y me aplaudió así: ¡clap!, ¡clap!, ¡clap! Fueron como tres palmadas y eso sonó en todo el teatro, y dijo: ‘Voy a ir por su mamá pa’ que la oiga’. Tenía que bajar al primer piso. Mi mamá estaba en la cocina.

……»—Vení que te voy a mostrar una cosa —y llegó mi papá con mi mamá y me dijo:

……»—Mija, bueno, vea, pa’ que le toque a su mamá la piecita —yo toqué la piecita, entonces mi mamá dijo:

……»—¡Ay, Valerio! ¿Y ahora qué vamos a hacer?

……»Así empezó esta historia».

 

 

Teresita Gómez nace en Medellín en mayo de 1943 en el Hospital de San Vicente de Paul. Tiene dos fechas registradas que ella celebra: el 9 de mayo, su primer nacimiento, cuando sale del cuerpo de su madre negra. El 13 de mayo es su segundo nacimiento, cuando es adoptada por sus padres blancos. Cuenta la leyenda que un día los porteros de Bellas Artes encontraron en la puerta del palacio a una bebé negra abandonada en un canasto, como Moisés salvado de las aguas.

……Teresita se ríe al oír esta historia. Han convertido su vida en una leyenda. Aunque reconoce que fue una adopción misteriosa, la verdad es otra. A los pocos días de nacida fue entregada a Valerio Gómez y a su esposa, Teresa Arteaga de Gómez, quienes eran los porteros del Palacio de Bellas Artes. Y era misteriosa porque dice ella que, por ejemplo, no la dejaban salir sola los primeros años, cuando era chiquita, ni a la puerta; mantenían cerrado.

……En sus miles de entrevistas, Teresita ha ficcionalizado su propio origen. Quizás son tantas las versiones acerca de su madre biológica y tan grandes la incertidumbre y el silencio alrededor de su nacimiento, que ha asegurado que su madre murió a los ocho días de ella haber nacido, dice que tenía buena salud pero que le trataron mal una apendicitis y murió en el mismo hospital donde ella nació. Todas son conjeturas y hacen parte del mito Teresita Gómez. «Era joven, tenía dieciocho años y era de Buenaventura» es una afirmación que viene de la tradición oral que envuelve un nacimiento misterioso que, por razones de época, de clase, razones sociales y de prestigio de su padre, nunca será develado².

……«Mi mamá decía: ‘Cuidado te roban. Si alguien viene y te dice que es tu tía, no debes hacer caso’. Eran unas cosas, unos miedos».

……Tere piensa que era porque existía la familia de su verdadera madre y podían aparecer para reclamarla. Le habían dicho que su mamá se había ido o había muerto, nunca se ponían de acuerdo. Se llamaba María Cristina González, igual que ella. En la partida de nacimiento decía: «Hija natural de María Cristina González». Eso después lo cambiaron en la adopción y la empezaron a llamar Teresita, como para borrar señas. ¿Qué pasó con la mamá verdadera? ¿Qué se hizo María Cristina González después de haber parido a su hija? ¿Por qué la bebé fue entregada en adopción? Parte de esta historia se sabrá más adelante, pero otra quedará por siempre en la oscuridad.

……Tere supo que era adoptada desde muy pequeña. No porque se lo hubieran dicho abiertamente, sino porque se lo gritaban a la cara, con descaro y sin ninguna compasión. Los niños en Medellín, en Marinilla, en todas partes le gritaban ¡Regalada! Y ella le preguntaba a su mamá, quien le respondía que ella era negra porque se había tomado un frasco de tinta china por desobediente. Y Tere, inocente, cuando le decían negra, daba esa explicación. Sintió el racismo desde muy pequeña y recuerda varios episodios de su vida en los cuales se sintió discriminada, excluida y rechazada sólo por tener una piel negra y vivir en un mundo de blancos. Quizás eso fue lo que más le cobró la vida: una negra criada entre blancos en la Medellín de los años cuarenta, en medio de una clase alta con pretensiones de blanqueamiento, en la que los adultos prohibían a sus hijas jugar con la niña negra, que, además de negra, era pobre y adoptada. Una bastarda, quizás hija de una puta, quién sabe, porque eso era lo que se rumoraba. Aunque a Tere eso de que su madre había sido puta no la indignaba. Esas señoras eran amigas de su papá y eran buenas personas, ellas nunca la discriminaron. Tere, más grandecita, solía acompañar a su papá al barrio La Toma, «que después fue el barrio Caicedo, que era por la fábrica de Coltejer para arriba; yo iba y mi papá les llevaba medicamentos, les llevaba mercados y yo entraba a esas casas que eran de inquilinatos y me decía: ‘Esas señoras trabajan muy duro, no las quieren, pero trabajan muy duro’. ¡Y a mí me querían! Me daban Carta Roja con pan de yuca. Carta Roja era una cosa como la Colombiana en ese momento, pero sabía mejor». Su padre le enseñó a mirar con otros ojos a las trabajadoras sexuales y a respetarlas.

……Tere recuerda que su padre era presidente del Centro Cívico Manuel José Caicedo en La Toma. Ese centro estaba conformado por doce ancianos pobres muy solidarios que, como dice Tere, en estos momentos serían tildados de guerrilleros o comunistas. Se reunían todos los domingos. La niña de siete y ocho años, curiosa por conocer el mundo, acompañaba a su padre a hacer las visitas a los inquilinatos. «Como mi papá era tomatraguito me paseaba por los cafés de La Toma y yo entraba a todos como Pedro por su casa, porque era la hija de Valerio. Las putas, los marihuaneros, los maricas y los ladrones me adoraban».

……Trae a su memoria con emoción el bazar de los pobres, como llamaban al Bazar de la Virgen, en ese mismo barrio en el hoyo de Ña Rafaela. Tere ayudaba a armar las sorpresas y las empanadas. Había juegos pirotécnicos. Allí tocó piano para un obispo y condecoraron a su papá. Allí tuvo su primera borrachera, casi sin darse cuenta. Vio una mesa llena de coctelitos muy ricos, iba y robaba a cada rato y de pronto todo le empezó a dar vueltas. No se volvió a parar. Tuvieron que llevarla en brazos a una cama para que se recuperara.

……Son muchos los recuerdos gratos que tiene Tere de su padre adoptivo. Y es que Valerio Gómez, además de ser un padre cariñoso y quien supo apreciar y valorar el talento de su hija adoptiva, era un hombre recto que desempeñó por más de treinta años el oficio de portero y celador del Palacio de Bellas Artes. Siendo encargado de la portería del edificio, ejerció diversas funciones en el Instituto (IBA) como recaudador de las pensiones de los estudiantes, controlador de la asistencia de profesores y alumnos y proveedor de material didáctico.

……«Alguna vez, con ocasión del relevo de directivas, tuvo que asumir transitoriamente las funciones de director, porque don Valerio en el IBA era algo así como una institución»³.

……Cuenta Teresita que cuando a Valerio le ofrecieron encargarse de los alumnos, cobrar las pensiones y organizar todo lo relacionado con las matrículas, dijo: Bueno, pero la portería no me la quiten, para mí es un orgullo abrir y cerrar este palacio todos los días.

……Quizás uno de los únicos lugares donde Tere se sentía a gusto por fuera de las paredes del palacio era el barrio La Toma, cuando iba con su papá. Allí nadie la miraba feo, ni la discriminaba, ni la llamaba negra. Y también disfrutaba cuando iban a Marinilla en diciembre, donde la familia de su papá. El viaje a Marinilla lo hacían en bus de escalera y se demoraba como tres horas. Los hermanos de Valerio eran los carniceros en la plaza de mercado y se llamaban Lino y Ernesto. Allí iba Tere con su mamá a hacer el mercado y ellos siempre le regalaban algo:

……—Vea esto pa’ que le haga a la niña.

……Y le encimaban un pedacito más de carne.

……Valerio le alquilaba a una señora Sarita Gómez, quien vivía a una cuadra del parque y, aunque era una señora rica, no tenía problema con ellos, pues su hijo trabajaba también en Bellas Artes y quería mucho a Valerio. Doña Sarita, cuenta Tere, vivía con Pastorcita y uno de los pasatiempos de Tere era despulgarle las cobijas. También hacían muchos paseos al campo, llevaban naranjas, bananos, un pedazo de panela y llegaban a una finca donde almorzaban o les daban mazamorra.

 

 

……Tere sigue eligiendo los recuerdos, limpiando su memoria para quedarse con lo más sabroso, con lo que la reconforta de su infancia, como esas navidades en Marinilla, jugando a la golosa, a la rueda con palito, al jazz, al que en ese entonces le llamaban catapis. Se queda con la imagen de ella haciendo capelladas para los alpargates, tejiendo crochet, o con las idas a la plaza los domingos a comer coco y velitas, que son esas lasquitas como de panela. Y con los domingos en el parque central a donde llegaban los campesinos con todo. Allí comían arepa de chócolo sacada de las brasas y mojada con chocolate. Tere dice que es algo que quisiera volver a probar. También recuerda los paseos en tren a Puerto Berrío, eso sí ya era un lujo, ¡un tren! O a Sevilla, era un viaje maravilloso, dice.

……«Íbamos donde otra señora en Puerto Berrío que sufría del corazón y hacía hígado por la mañana y me daba a mí un pedacito. Yo gozaba con eso. Eran cosas muy sencillas, ¿no? Y la Navidad, hacíamos la novena, todos los niños fabricábamos con tapas de cerveza los cascabeles y uno iba de casa en casa rezando la novena y visitando los pesebres, pesebre de pobre, pero con las casitas y los sonajeros para cantar los villancicos. Esas casas olían a musgo, y le daban a uno un dulce o un pedazo de natilla. Me acuerdo de eso con mucha alegría».

……Jugaba rueda, tejo, golosa, bolas con los niños. Le gustaba más jugar con los niños que con las niñas. Había una mendiga Lola que se arrastraba y quería a Tere. Daban vuelta al parque y los domingos se reunían los vecinos, y a ella le daban cinco centavos y compraba coco y velita. Una vez se robó cinco centavos y no fue capaz de gastarlos y los devolvió. Es que les inculcaban con convicción que no se debía tocar lo ajeno ni robar. Era muy golosa, pero honrada. Le daban buñuelos y natilla en todas partes.

……Hacían paseos donde otros familiares de su papá caminando como a dos horas del pueblo; iban a un sitio que se llamaba La Bolsa. Visitaban una casita perdida en el campo, donde les daban fríjoles por la noche que se comían a la luz de la vela. El papá la llevaba al colegio de La Presentación, pues la estadía en Marinilla duraba todo diciembre, «para que no se le entiesen los dedos», le decía Valerio. Allá le daban algo las monjas y le pedía al Niño Dios un regalo, hasta que un día descubrió debajo de la cama unos zapatos blancos muy feos, y ella lo que quería era un fogón de juguete con ollitas, y ahí fue que descubrió quién era el Niño Dios. Cuando volvían a Medellín, Tere se movía en taxi con su papá y su mamá. Le encantaba montar en taxi y aún lo sigue disfrutando.

……A veces Teresita jugaba con su prima Gloria Arteaga, hija de Luis Eduardo, hermano de Teresa. Eran casi de la misma edad. Sus papás iban todos los sábados a Bellas Artes, cuenta Gloria, porque jugaban cartas con los papás de Teresita, o a veces lo hacían los domingos. Vivían muy cerca, por el Parque Boston. Mientras se sentaban a jugar los cuatro, Tere y ella jugaban catapis. Gloria dice que supo que Tere era adoptada mucho después, además, a ella nunca le prohibieron ir allí, ni le dijeron nada de nada relacionado con su color o con la adopción. Era su prima y ya. «Después ella tuvo una época en que se dedicó a su carrera y vivió en otras ciudades. Yo iba a todos los conciertos y coleccionaba todo lo que salía en la prensa sobre ella. Nos desvinculamos un poco porque yo me casé y me fui a vivir a Cali». Luego ya las dos viviendo en Medellín se ven de vez en cuando porque dice Gloria que Teresita vive muy ocupada.

 

 

……En esos primeros años de infancia, es decir en la década de los cuarenta, Medellín era ya reconocida por su vocación industrial y fabril, y se proyectaba como una gran ciudad. A nivel urbanístico se presentó en esa primera mitad del siglo xx una tensión entre los intereses públicos y los privados, los cuales se vieron reflejados en el crecimiento desordenado de la ciudad, a pesar de que, desde 1913, el Concejo de Medellín había aprobado el Plano de Medellín Futuro, el cual a su vez estaba inspirado en el proyecto de Acuerdo 4 de 1890, sobre el plano que debía trazarse para el desarrollo futuro de la ciudad. Este sueño de una ciudad ordenada y con un crecimiento planeado de acuerdo con los tiempos y la necesidad de mejorar las condiciones de higiene y salubridad se quedó en el papel. Tere, protegida por los muros del palacio, acunada por la música y las artes, no percibió en su infancia y pubertad esos cambios desordenados y bruscos que trajeron las migraciones desesperadas por causa de la violencia en los campos, esa noción de progreso cargada de cemento y esa tensión no resuelta entre la imaginación volcada en los diferentes diseños y planos y la realidad impuesta por decisiones de poder⁴.

……Estas mutaciones de una ciudad viva y rugiente que parece devorarse a sí misma las vivirá Teresita más adelante. Por ahora sigamos en su infancia y volvamos a Bellas Artes. Después de ese primer concierto, cuyo público fueron su papá y su mamá, Teresita se sintió más segura y quiso aprender más. Se escapaba en las noches a ensayar y era aún más atenta en las clases que escuchaba escondida. Recibió de su mamá la cantaleta diaria:

……—No vaya a hacer echar a su papá de aquí, porque ¿qué vamos a hacer? —Ella trataba de no oírla.

……Un día Tere no esperó a que su papá fuera por ella para llevarla a cerrar, sino que se metió a oscuras en un salón donde enseñaba la profesora que la dejaba estudiar y ver las clases. Era la maestra Marta Agudelo de Maya. La señorita Marta. Tere se metió a tocar.

……«[…] cuando se abre esa puerta a lo oscuro, pues yo no había prendido la luz, yo tocaba a oscuras, y esta mujer, que tenía una voz aguda, pegó un alarido:

……»—¡La negra está tocando el piano!

……»Ahí sí lloré y me oriné. Era pues mi secreto. Ahí sí… Yo tenía cuatro años y medio. Mi papá vino y la señorita Marta le dijo:

……»—Valerio, ¡ay, no, mire a la niña!

……»Y mi papá le preguntó:

……»—¿Cómo le parece, señorita Marta?

……»Mi papá era fresco.

……»—Yo le voy a dar clases a escondidas.

De: Teresita Gómez. Música toda una vida. Beatriz Helena Robledo. Penguin Random House/Debate. Bogotá: 2023

 

  1. Vallejo, Fernando. Los días azules. (1985) Alfaguara: Bogotá, p. 43.
  2. Morales Riveira, Antonio. «La negra está tocando el piano». Cromos, n.° 3368, 3 de agosto de 1982.
  3. Bedoya Céspedes, Libardo. Bellas Artes. (1975) Sociedad de Mejoras Públicas: Medellín, p. 42.
  4. Ver análisis de Germán Camargo Ponce de León: https://repository.eafit.edu.co/bitstream/handle/10784/29670/German_CamargoPoncedeLeon_2020_Parte2.pdf?sequence=3&isAllowed=y

 

 

Beatriz Helena Robledo es escritora, ensayista y profesora colombiana. Investigadora en las áreas de literatura infantil y juvenil y en procesos de formación lectora. Ha escrito varias obras de ficción tales como: Flores blancas para papá (SM), Fígaro (SM), El otro Simón (Planeta). Ha elaborado antologías de cuento y poesía, siendo la más reciente Mi primer libro de poesía colombiana (SM) También se dedica a cultivar el género biográfico destacándose las biografías: Rafael Pombo: la vida de un poeta (Ediciones B), Viva la Pola (Libro al viento. Idartes) y María Cano, la Virgen Roja (Random House) y Teresita Gómez. Música toda una vida. (Random House) Igualmente ha escritos textos de investigación en lectura y literatura infantil y juvenil: El arte de la mediación: espacios y estrategias para la promoción de la lectura (Editorial Norma) y Todos los danzantes; Panorama histórico de la literatura infantil y juvenil (Universidad del Rosario/Babel libros). Actualmente es asesora del programa Esferas Culturales de Conarte, Monterrey, México y dirige el Consultorio Lector, programa de atención personalizada en lectura, escritura y literatura. Fotografía autora: Triunfo Arciniegas

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de la obra A Lucas,
material y técnica: hierro pintado,
del artista venezolano © Daniel Suarez

 

año 4 ǀ núm. 18 ǀ octubre – noviembre – diciembre 2023
Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , Last modified: diciembre 17, 2023

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El bostezo de la mosca azul

Antología poética 1968-2019

AUTOR

Álvaro Miranda

ISBN

978-958-52793-5-3

PRECIO ARGENTINA

Agotado

PRECIO COLOMBIA

COP 35,000

Geografía de los amantes del Sur

AUTOR

Mónica Viviana Mora

ISBN

978-958-53033-2-4

PRECIO COLOMBIA

COP 35,000

Geografía de los amantes del Sur

AUTOR

Mónica Viviana Mora

ISBN

978-958-53033-2-4

PRECIO COLOMBIA

COP 35,000

Yo vengo a ofrecer mi poema

Antología de resistencia

SELECCIÓN & CURADURÍA 

Fredy Yezzed, Stefhany Rojas Wagner

y Eduardo Bechara Navratilova

ISBN

978-958-53033-3-1

PRECIO ARGERTINA 

AR $10.000

PRECIO COLOMBIA

COP 80,000

El inmortal

AUTOR

John Galán Casanova

ISBN

978-95853-39439

PRECIO COLOMBIA

COL 35.000

 

Las voces de la tierra

AUTOR

Yanet Vargas Muñoz

ISBN

978-958-49-3124-5

PRECIO COLOMBIA

COL 35.000

 

Lo que se desvanece

AUTOR

Luis Camilo Dorado Ramírez

ISBN

978-958-53394-8-0

PRECIO COLOMBIA

COL 35.000

 

Por el ojo del pincel

AUTOR

Mónica Fazzini

 

ISBN

978-987-86-5317-4

PRECIO ARGENTINA

ARS $5.000