Written by 3:40 am Latinoamericana, Poesía

La violenta maquinaria del olvido

Raday Ojeda

 

Nota y selección de Giordana García Sojo
Editora de Literatura Venezolana Abisinia Review

 

La violenta maquinaria del olvido o la rendición ante el nombre

Raday Ojeda comienza su más reciente libro con un epígrafe de Stefania Mosca que reza: «Escribir es una cosa que le ocurre a uno, como amar o morir», advertencia precisa ante un libro que se confecciona como un artefacto indetenible de versos y prosa. El autor ofrece un libro que es muchos libros, y que muestra sin remilgos la neurosis de la reescritura, la poda, la tachadura, el juego gráfico y el lanzamiento final de los dados, una vez se publica y se arroja un pedazo de hilacha memoriosa a las fauces de la lectura.
…..La violenta maquinaria del olvido fue publicado por Fundarte luego de ganar el Premio Nacional de Literatura, mención Poesía, Stefania Mosca en 2021. Navegando sobre la legitimidad que sin duda suma el sistema literario de concursos y ediciones, este es un libro raro, con «agallas» en su honestidad de 20 años de re-escritura.
…..El autor logra barajar y entremezclar registros y géneros sin desmarcarse de la poesía, haciendo de ella un conducto venoso de lecturas, referencias personales, dicotomías expuestas y disquisiciones filosóficas, en una gran apuesta por la contradicción y la aporía, por el «trasiego del vacío», la conjura del olvido, pero también de la memoria.
…..Los fantasmas familiares recorren el imaginario del poeta, sin menoscabo del paisaje y del entorno como presencia tangible y brumosa. La obra logra imbuirnos en una atmósfera de remembranza en descomposición, una especie de fresco antiguo que se deshace ante nuestros ojos y, durante ese asombro cinematográfico, nos enrostra preguntas fundamentales, a manera de diario, de elegía, de aforismo, de poema de amor, de manifiesto y de caligrama.
…..Todos los libros que hacen parte de La violenta maquinaria del olvido desovillan obsesiones elementales: la casa, la madre, la muerte del padre, el paisaje (el incandescente Llano venezolano), los amigos, el viaje, la escritura, el agravio amoroso.
…..No hay simpleza acá, cada motivo está trabajado con disciplina feroz, pero como si en tal faena quedara embelesada con la verbosidad vital que la constituye, y sucumbe. Finalmente sucumbe ante la palabra, ante la belleza de poder nombrar al olvido.

 

 

 

 

La íntima clarividencia

De pie
sobre gigantísimos caballos:
Vi a sus alborotadas crines,
adueñarse de aquel reino tan impune y atroz.

El parpadeo de Dios
dolía, y la quemadura que esconden
memoriosos los ríos, ahora me devuelve sobrio
–con su vientre de hilachas–al sueño amniótico:

allí la puerta de musgo
……una lánguida niñez
menguando con la pupila boca arriba
……donde alguna vez
amanecido/ trasuntado y viril
desvestirse miré a mi padre
frente a una María Eugenia
toda muy prendida en llamas.

El grito de la sangre
desde entonces es la íntima clarividencia.

 

 

 

Mudanza

Madre, détente…
No barras el polvo de la casa.

Es lo que seremos

dentro de unas pocas horas, hoy:
cuando sus muros nos desalojen.

 

 

 

La otra planicie

[La vida desciende, leve]

¿Qué es la hora vertical?
—Pues una donde huyen las sombras.

Se trasmuta así la llanura:
ojos de agua o mediodía,
pez-silencio / aguardiente-escarabajo.
Una lenta cortina de humo y rescoldo
que ataja junto a la carama de los ríos.

Los poros del atardecer
asaltan tanto relincho enloquecido.

Cansado, el caballo
ignora lo que muerde bajo su herradura.

¡Tras cada sol cumplido inicia la ceremonia!
La noche vuelca su lomo,
allí el animal ejerce otro señorío:
Callos rústicos/ amapola reseca.
Oración y ayunos, preanuncian preciosos tubérculos, y
………………la multiplicación del escaso aguacero.

El llanero es polvo y barro,
reflejo de una vida proscrita en la soledad de las bestias.

Es verano: el sol templa la línea del horizonte/ hace su tumba.
El pasto sucumbe. Sólo el sudor moja el polvo que se levanta hasta besar la copa de los árboles. Al igual que la luna, aquí todo muere encima de la cresta de los gallos. Los semovientes marchan tras de sí en hermoso peregrinaje, tienen hambre, golpean tanta aridez en reclamo por un verde benévolo y enloquecido. El campesino bebe de su tinaja que es memoria y es siempre un violento parto de cenizas. Llega el mediodía, el pasto se incendia y sólo prevalece la palmasola: ebria de sudor, disuelve los contornos donde ilesa al viento manotea. Todo parece inútil, fatigosas las bocas maldicen la sequía y claman al cielo, la garúa perpetua que traen los inviernos.

[La vida aún más desciende, grave]
Es invierno: la sabana se inunda, el arco iris salpica el bullicio de los pájaros. El estero es un cuerpo con mucha codicia y pocas veredas –repetía el abuelo–. La palmasola sigue penando. Los ríos viajan viles y orgullosos de su crecida. El pasto como un mágico verde continuo amamanta de la tierra. Bestias ahogadas simulan nubarrones hinchados de insomnio, gordos. Mientras inquietos los insectos se sumergen entre la floración de los árboles, y no hay garganta que trague, en una sola abertura, las precipitaciones del cielo. La planicie se abriga, se ensalma a sí misma, para que el cocuy –en su madrugada infinita– aguante la mano en la cortada de los mautes manumitidos.

Se improvisan versos | cantos. Mientras
el amargo sabor de los lomos es desquite:
contra las desgracias que trae el verano, o
contra el camino polvoriento
que se lleva las rumazones de invierno.

¡Canta, canta el llanero!
—Ahí va, río arriba / río abajo

Canta sus amaneceres,
implorándole hermosas ubres a la vacada.

El sol cae sobre sus rotas costillas,
un brisote doblándose se escucha:
cuatro encogido, aguardiente de penca y sal,
vísceras, sereno y mala hierba entre los pies.
En tanto revientan los aguaceros
y el ceceo –entre arpa y maracas–
ofrenda onomatopeyas / caudal de olvidos,
las trasmigraciones del estero.

Así es esta latitud: mediodía o nada, indigencia,
donde se domestica el espinazo del horizonte.

Se teme a los espantos
del camino, pues cierta mala hora sus cruces designan.

Pero estatuillas de cera
curten la oración que es matorral,
descampado / y cielo des-gajado
donde reaparecen nuestros difuntos
convertidos en peces de agua dulce
o en una planta blanquísima
que las bestias se niegan a comer.

Tus pies curtidos, llanero:
son el barro que te delata.

 

 

 

Cartografía de un degüello

Me gusta oír
el resuello de los animales muy de cerca:
junto a los claros de agua, contra alambradas de púas
o encaramado en altísimas ramas,
no dejándose ir
sin oponer ayuno, oración o penitencia.

Así ha sido esta herida:
famélica como la anatomía de todos mis difuntos.

El animal me mira,
duele. Pero mi retina no le revela su fatal destino.
Allá, pasando aquel monte: hay una realidad otra. Acaso la más enjuta al misterio, donde no entra palabra, sólo el chillido, el hilo de sangre perteneciente al canto de los pájaros, el chasquido de la bestia cuando cae heroica y decapitada.

¡Algo sigue temblando a lo lejos!

Lomo de pez / aguafuerte de las tinajas.
Mediodíamacilentomaceradomaniatado.
Un verde continuo
girando sobre el músculo ya ciego y tasajeado.

Yo me pego aún más al resuello,
pero entonces soy un fantasma / una desmesurada entonación
que apaga los mediodías, abriéndoles la garganta.

El cuchillo se desanuda,
revienta, dueño de un filo sin sombra
ni descanso. La planicie asusta,
hace mella donde todo es constante quiebre.

Es la misma mano
lame / amamanta
…………degüella
siendo temblor y
candela encima del bramido.

Insisto: Laberinto, sal y cuchillo
son ese péndulo
donde el nervio su latido calla.

El animal tienta la mordedura,
rasguña pedacitos de niebla / escapándose del mismo monte hostil.

Su venganza es bramarle al cielo
cuando presiente el desplome
de las pupilas,
y la sal –esa doble puñalada–
alimenta y esconde
lo que sobrará de las vísceras.

El celaje violento de la estocada
pasa, se lleva la última mirada.
La del animal
quizás
la mía.

Dios despabila sus ojos, allí
famélico el cuchillero sacude su sudor.
Luego quita la piel,
reza en voz baja mientras muere el sol.
Esa siempre ha sido la costumbre.

Y todavía la sequedad del estiércol,
nos asusta.

 

 

 

La violenta maquinaria del olvido

……………………Un brindis, un brindis para ti,
……………………precioso amor ido,/ o venidero/ o de nunca jamás.
……………………………………………………Ramón Palomares

1
Eres una moneda: Te conviene correr el velo
de latitudes en mengua/de aldabas sin dueño.

Recuérdalo: contigo siempre
–una enorme cruz de ceniza– sin pudor aparece.

Los pozos de la última luna, me enseñaste… y
dijiste: ―Así son de oscuras todas mis residencias.
Te mostraré: la lluvia hecha pedazos y el polvo de ruinas tapiadas bajo los ríos. El fuego filtrándose por los poros de la noche y el ensalmado vapor que respiran las tumbas. El mugido del animal y el brote de sus ojos entre la sal y el cuchillo. Cauces desaparecidos en un tiempo donde la memoria era una lluvia sin prisa.

Pero aún en casa permanezco.
¡Mírame: –Llevo en la quemadura óxido,
sueños arrendados/aserrín y más óxido!

Me arrodillo junto al espejo
para doblemente dolerme en sus mañas.
Es cuestión de oír entre las fisuras
y luego marcharse…/marcharse arrastrando
como animal anfibio del paisaje su videncia.

 

2
Del cuenco de tus manos saqué
el más profundo escondite para amolar mis ofrendas

y desde esas barcas,
el horizonte también se asoma culpable.

Pero hubo un tiempo
en que dejarse ir encima de cualquier río
era la mejor forma de postergar la noche
y seguir por ahí, tan impunemente anochecido.

 

3
El olvido, regresa como un cuento atroz,
y asesínate en el trasueño donde éramos:
dos ficciones /
…………de un mismo encandilamiento.

Hurto entonces tus exequias,
las abandono en un país de agujeros y lámparas de aceite
donde con guayas tasajeas mi magra mudes.

Seré entonces tu estornudo seco y punitorio,
que arruga el sueño de todos mis mediodías.

 

4
Quién iba a creerlo: Gira nuevamente la moneda, escupe para no desvestirse de sus dudas. Insurge la oración contra duendecillos alimentados de memoria y cal. Cronos arroja este gigantesco desfile de insectos, donde la ausencia instiga a delinquir y mancha mi celo. Acometo: evocarte me hace embudo y caparazón de irrevocables sombras. Imputo esa ilegalidad con que amanezco junto a tu recuerdo.

Me adelanto y te secuestro, no conservo memoria de tus males.
Ay, ¿qué indolencia la mía? Llevarte todavía a brazos partidos.

Insisto: estoy muy asustado.
¡Tu olor es la última porfía!

 

5
Nunca imaginé
que la morada del olvido
costara un ojo,
un miembro del cuerpo
disecado / bellamente mutilado.

Yo soy como aquel ebrio que asustado oyó
tensarse los hilos mil veces escarmentados
con que mueren los pájaros sobre las tunas.
Voy, desde entonces: vil ornitorrinco y con la voz rota,
arrastrando los pedazos de este amanecer hecho añicos.

En estado de celo y cautivo
reposo sobre una memoria sin signos ni salvación;
manido tu celaje es inatrapable.

 

6
¿Qué sol glosa en tus ojos?

¿Qué lengua
conoce el liviano sabor/ de la palabra dicha
………………como fruta en el aire?

¿Qué amor puede ir hacia el sueño
–macilento, abrazado con la duda?

 

7
La noche se atraganta con tu alma,
mientras la ausencia
pasea por los sitios rústicos de la casa. Ay dolor, el olvido es un transeúnte aún sin llegar a mis puertas. Lo que me ata es el olor de tus rincones, de mujer ungida y manoseada en las horas del naufragio; todos los vitrales conservan la gracia de tu sexo. Nada tuyo me pertenece: labios, muslos, humedad… mas cuánto de mí habita en tus corredores? Las fracturas de mi brazo golpean tus portones, y tú ríes, duermes, haces el amor a escondidas y vuelves a reír. Yo sólo espero, espero a que la lluvia desmorone tus andanzas, para largarme, simplemente largarme.

Mis pies aún sostienen tu peso muerto.
Endilgas a mis miembros miedo / signaturas, que son rayas
………………mil veces anudadas con sangrantes hilos.

Sigues allí,
reinventando un amor que inca las manos.

 

8
Tanto lo recuerdo:
eras blanca, ahora sólo queda tu piel.

Usabas sonrisas como armas ocultas
y disponibles, para amagar a tanto sol mordiéndote la nuca.

Hoy, la casa es un pedacito de aliento
que se sabe nube, aguacero.
Ahuecadas mis manos contienen su sed.
Tanta limpia vigilia, y nadie me aguarda.

 

9
El tiempo
desmiente las cruces con que caminas:

Tu sangre enferma

………………el sueño aprisa

la fiesta inconclusa o
postergada

algún viaje transoceánico
………………y sin salir de la imaginación
………………¡Esas cosas!

Obligas al olvido a tejer y destejerte las clinejas,
cabalgadura abierta y sin herraje son tus vacíos.

Y me llevo y traigo por las crines
para no ver el celaje ambidiestro
de lo que no dices
de lo que bajo tus pezuñas mugre.

Eres la desmorona/ flor abrevada por dragones marinos/ gruta desierta
………………donde se huele el temblor de la noche.

Debes venir a llevarte tus escombros:
………………(yo me quedo).

 

10
Lamo mis heridas como un gato.
Estoy raquítico
de tanto zarpar sobre las dudas y salir ileso;
al menos aún vivo / todavía vehemente estorbo
y sudo encima del filo de tus navajas.

Tu venganza –en cambio–
es llevar la cuenta de mis locuras
y maldiciones. La mariposa posa sus huevos
sobre las hebras de tu sexo.
Como despropósito
despierto asustado / inseguro de mi mismo
cuando ríes abrazada a esas sobras del día.

Trae entonces todas tus lunas
y resquemores. Préndele fuego a la fronda de mis árboles,
termina ya de inundar esta frágil servidumbre
que es tanta tinaja de revés.

No temo
ya sólo espero… espero… espero…

 

11
Me siento habitado por lo otro, soy un gato. Un felino de esos que nunca merecieron la confianza de Charles Bukowski. Me miro, y anochezco convencido de esta animalidad, cuando brincan encima de mí chapuzones de hormigas negras y benevolentes. Entonces, la gente duerme; y yo soy un gato, pero también pudiera ser y en igual proporción: un murciélago. Persiste la duda, o quizá la neurosis de este temblor que garabatea sobre vastos desiertos de nieve sin nieve.

Te pregunto:
¿Cuánto frío se cuela por las rajaduras que acaricias?

De idénticos rituales –me respondes-,
poseídas se encuentran las indefiniciones del amor.

 

12
Ahora, ¿Cómo vestir mi carne expuesta?

Me niego a dejarte sin sombra.
Soy un árbol/
……………………luz puesta bajo las hojas,
……………………un río sometido a la gravitación de los astros.

Pero no verás, a través de mí, un altar para tus tardíos arrepentimientos. Sobre el tísico filo de tus espadas van mis carnaduras. No seré estatua de sal: esta diáspora ensancha los recodos, donde eres ciudad de difuntos. No habitaré entre tantos escombros. Quiero para mi fauna la tierra que fluía leche y miel. No iré al festín de risas a desovar trigos en tu honor. No volveré a inhalar cenizas. Hasta mi plexo solar se encaraman las más salvajes onomatopeyas. En fin, no traicionaré a esta oscura voz, que ahora, me desclava y aleja de tus paredones.

Tras tu alevoso cuchillo, terco seré:
¡La violenta maquinaria del olvido!

 

 


Raday Ojeda (San Fernando, Venezuela, 1984). Poeta y ensayista. Abogado, especialista en Ciencias Penales y Criminológicas. Autor de los poemarios Tinaja de oscuro paisaje (El perro y la rana, 2009) y La violenta maquinaria del olvido (Fundarte, 2022), este último merecedor del Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2021. Actualmente lleva adelante el blog: Los artefactos líquidos.

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia, a manera de homenaje, fue realizada a partir de la obra «Carrobomba» del artista © Fernando Botero

 

año 3 ǀ núm. 15 ǀ enero – febrero – marzo  2023
Etiquetas: , , , , , , , Last modified: abril 22, 2023

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