Written by 1:04 am Latinoamericana, Poesía

Hombre en ruinas

Pablo Montoya

 

Para Alejandra Toro

 

 These fragments I have shored against my ruins

T.S. Eliot

 

 

1

Estoy desplegado en el tiempo. Fluyo en él como una criatura sin señales. Su inicio apenas lo vislumbro. Y su final es un vaho que percibo en el aire. Una estela de gemidos, no obstante, me contiene. Pasan las generaciones apoyadas en mi hálito. Y como el viento en la arena de la tormenta, me hundo en lo transcurrido.

Estoy hecho de tribulaciones. Pero ansío el idioma de los oráculos que, como una tea, barre las brumas del futuro. Aunque el presente es la luz de algunas mañanas. Y una agitación de signos que intenta tocarme. Si tuviera una lámina en donde pudiera ver mi reflejo, una faz sesgada por degradaciones sucesivas hallaría. La mirada pesarosa y en mi boca una flor de los vientos deformada. Espejo que solo bebe del derrumbe, así en su superficie suenen la gota del agua y un rumor de hojas frías.

Sin memoria y en medio de tantas piedras. Puentes interrumpidos. Arcos descascarados. Pilares huérfanos de la suspensión. Columnas arrojadas sobre los prados como masacrados hombres sin cara. Soy un hombre en ruinas. Pero ahora, cuando las recorro, surgen las voces. ¿Qué dicen? Mi nombre estallado en pedazos. Roca desintegrada. Arrojadas arenas por una mano invisible. Recordación de lo que fui. Pura voracidad y puro olvido.

¿Cuánto tiempo ha pasado? Huellas de muchedumbres en huida. Susurros últimos bajo los techos de barro. Vagidos del origen en aposentos donde la podre posee su heredad. Y gránulos dispersos en el aire como una caricia fugitiva. Eso es el tiempo. Ansia por permanecer. Alcanzar un amanecer difuso.

Y aquí y allá, en las rúas hechas por los pasos, en la yerba azotada por la lluvia, sobre el río donde declina un matiz ocre, piedras. Piedras como fichas de un juego en el que el polvo triunfa. Piedras como los huesos de una quimera que nadie sueña. Piedras que, en su rumbo hacia la nada, me ofrecen este derruido consuelo.

 

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2

El tiempo se extiende como un pólipo. Sus tentáculos buscan todas las direcciones. A cada estremecimiento hay una inmersión en los campos constelados. Pero ¿son estrellas esas luces? ¿No es la ceniza que ha dejado el pensamiento de un dios amnésico? Una humedad plena de secretos boreales. La lluvia que pareciera no acabar jamás y que solo es dulce cuando toca los retoños de las hojas. Todavía no hay confusión en los mensajes bajo la espesura de los helechos. El sol es inexorable en sus asomos y en sus ocultaciones. Y el viento dibuja sobre su eje periodicidades que solo él murmura y olvida.

Entonces una voz se establece. Escucha, dice. Cierra los ojos y escucha. Mi cuerpo es un caudal de resonancias. No sé si aún soy de carne y hueso. Si apenas soy potencia de lo que tal vez no sea nunca. O que esta conciencia mía sea el relieve de un tramo erosionado desde siempre.

Una galería sin paredes. No hay basamento ni tejados. De algún sitio brotan los sonidos. Arena que rasga cuencos de barro y madera. Ni siquiera es un paso lo que se perfila en mis oídos. Solo huellas desfiguradas en la saturación de los nichos. Pero es el agua la que clarifica mis contornos. Un surco que inunda y empieza a señalar a quienes me nombran.

Gritos y exclamaciones. Rezos y aullidos. Los otros cuerpos que fui asumen sus contornos. ¿Cómo son?, pregunto. De la bruma se desprenden los fulgores. Y esa voz de oráculo continúa enrumbándome en mi hallazgo. Primero escucha que después aparecerán las formas, dice. La carne entonces se me deslíe. Un remolino mezclado con otro todavía más espeso. Así voy, lerdo y expectante, adueñándome de los recuerdos. Una vaguedad, empero, se me impone. Como una venda y como una revelación.

Veo anatomías despedazadas. Ojos cubiertos de un limo que tiene la coloración del crimen. Brazos protegidos por una yedra ardiente. Una comisura de labios devorados por el moho. Torsos desnudos que la lluvia invade cual si fuese un regadío sin nadie. Como una vía inmensa y sola es mi memoria. Y ella se expande más con esta multitud destrozada que me forja.

La antigua palabra aparece. En urnas cuarteadas se tejen los signos de las conflagraciones. Hay espadas y navíos y lanzas y carruajes. Pero yo solo quisiera recorrer las playas de una isla y, en un caracol que tomo hacia la caída del sol, oír la voz de los astros atrapada en el agua. Son otros sonidos, en cambio, los que sobrevienen. El resuello de las paradas, el pálpito de la sangre, los belfos de los caballos que anticipan el terror.

Escucha, dice mi sabia orientación sin sexo. Escucha lo que hay más allá de lo perentorio. Indaga en tu saliva y en tus flujos. Y con el ritmo de mis inspiraciones, un cielo azul va delineándose. Ya estoy ubicado en la historia. Una bandada de golondrinas se lanza desde un pino altísimo para revolotear entre mis aderezos de contienda. Ese soy yo, me digo. Empuñando una espada. La otra mano sosteniendo un estandarte del Imperio.

Y poseo la embriaguez del ahora. Y un trozo de epifanía suficiente para recordar este firmamento radiante como una gema amada. Escucha la voz de tu muerte, dice quien me guía. Y me veo cabalgando hacia el tumulto. Gritando y tajeando con la lama el viento y la carne del otro. Me veo muriendo una vez más.

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3

Es el momento de los olores. A cada paso que doy los siglos van desvaneciéndose. Soy el lugar de todas las exhumaciones. La remembranza que se borra con la humedad. Los hombres han sido deglutidos más por su muerte que por el ciclo de los cataclismos de la Tierra. No hay convicción en ninguna geografía. Ni reconocimiento en tacto alguno. Las manos dejaron de ser el punto del encuentro. Las bocas enmudecieron. Solo un olvido cuyo rasgo es el polvo en los hondos hoyos de la noche.

Tampoco hay vestigios del rezo. La queja es un espejismo que la oscuridad vacila en prodigarme. Pero a lo largo de los niveles subterráneos, me aferro al amor. Única antorcha que podría conducirme. Porque hay algo de semen en la atmósfera. Un aroma ácido y dulce que habla del detrito. En el descenso, un ámbito de cloaca se impone. Como si más allá de la muerte, por encima del sonido, hubiese espacio solo para el lamento de la corrupción.

Unos peldaños más abajo y encuentro el agua. El murmurio de una quebrada parecido a una cantilena. Tan antigua como las generaciones que un día la escucharon. Su cauce tiene, sin embargo, el rostro de la esperanza. En algún lado busca despojarse de su contenido. Su avance destruye los temores. Su premura vence por un instante, y esta promesa tiene algo de certidumbre perenne, la faz arrasadora del universo.

¿Hacia dónde van aguas caras e invisibles? ¿Por qué no esperan a que culmine este descenso que no acaba? ¿Me llevarán con ustedes apenas construya mi barca de palabras?

 

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4

¿Qué ha quedado de mi lar? ¿Qué hay si no esta dispersión del pedrusco? Astillas que ansían el desbordamiento y solo expresan la congoja. ¿Cuál es la permanencia de un credo cuando la única verdad son mis pasos? Estos que doy entre la sinuosidad de las lombrices y la excitación tenue de la hierba.

Pero estoy vivo. Mi sangre corre por las venas como antes, en los conductos elevados ahora rotos, fluía el agua hacia las moradas. Aunque sé que esta seguridad es una vana gloria. Igual a la que sostiene el vuelo de la falena. Parecida a la que nutre el trigal de malva. Pero es mi verdad y mi escudo y mi arma para enfrentar la ruina.

¿Qué susurra este mapa vertiginoso de decaimientos? La perplejidad de los números diluida bajo las estrellas. La nostalgia del beso perdido en los follajes. La espera de la muerte que el ascua, hecha por unas manos serviles, volvió amable en algún instante. Es mi aliento el que se introduce por entre los agujeros de la piedra. Y mi oído se aguza en procura de susurros anónimos.

Entonces es tu rostro el que aparece tejiendo la oquedad. Tu frente, zarandeada por el ansia de lo interminable, la que se adhiere a cada partícula de barro. Tus ojos, donde habita la fatiga de múltiples lecturas, los que buscan el cielo a través de ventanas desprovistas de madera. Tu abrazo que intenta contener por siempre la vida, y tan solo recoge una brizna de la primavera.

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5

Los pinos señalan el límite de los arrasamientos. Fueron sembrados para decir una verdad familiar, la continuidad de poderes oraculares, la escurridiza certeza de que se era dueño de un terruño. Hay otros que se han levantado, como vigías de silencio, cerca de las catacumbas. Entre sus ramas, con el ritmo de una música apacible, los siglos juegan a los deslizamientos. En ellos hay declives nocturnos que instalan un no sé qué de fantasmagoría, de secretos dichos bajo sonajeros de ritual. El tiempo exclama, sin embargo, una verdad aún más inaudible en las circunvoluciones de la savia. Como un contenido río vertical que busca esa altura en la que una vez hubo un balcón, la cabeza de una estatua venerada, la abertura por donde los ojos de un hombre mensuraron la equidistancia de las estrellas.

Entre las ondulaciones de los pinos, las piedras construyeron una cadena de mansiones. Efímera fue esa protección de ventanas y puertas, de patios y pasadizos. Y amplias e inhóspitas las intemperies que el sueño columbraba. Un cónsul de ojos penumbrosos ordenó cubrir las columnas y los techos con un lino tan blanco como las alas de una garza. Su ambición quería salvar de los flagelos el ímpetu de los elegidos. El blanco era entonces un color que aliviaba la espera. Y nuestros ojos se emocionaron cuando vieron, en esas horas luminosas, la tela ondear al lado de los pinos. Pero ahora los techos han sido suplantados. Y las columnas que sobrevivieron son espectros asombrados por la destrucción.

Los pinos, semejantes a centinelas, bordean esta senda de guijarros. Los miro como quien mira una sabia permanencia. Sus cortezas son el espejo de una civilización exhausta. La ruina se identifica así, a través de tantas jornadas de muertes y nacimientos, con la fragmentación del vegetal. Toco esos relieves pardos y aspiro sus fisuras. Un pájaro de plumaje negro, con el pico naranjado, me canta desde el punto más elevado de las frondosidades. Y entre su canto y mi comprensión se levanta un dominio de flores rojas. Ellas han crecido por entre las hendeduras de una sandalia pétrea. El nombre de su portador nadie lo sabe.

 

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6

Como un destino de la caída era la perplejidad. Lo sabíamos en aquellos momentos en que la transición de la luz se manifestaba ante nosotros. La veíamos cuando ella irrigaba las acequias con un ritmo de hojas suspendidas. Cuando se concentraba en los relieves de una fruta a punto de descomponerse en los promontorios fúnebres. Esa clarividencia de que estábamos formados de algo así como un éxtasis detenido, nos visitaba en los crepúsculos. En ese duermevela creíamos que las cosas se habían hecho sólo para beneficio de nuestra contemplación. Y es posible que ni siquiera durmiéramos. Que eso que estaba más allá del terreno donde despertáramos, no fuera sino el reflejo de una dicha tan plena como ilusoria. Que el camino que a diario recorríamos, entre los templos y los recintos del asueto, entre los terrenos deportivos y el salón de los grandes descubrimientos, fuese una exhalación dispersa de las piedras.

Pero abríamos la mirada y, poco a poco, nos íbamos levantando. Era grato ver cómo nuestras sombras, alargadas bajo los pinos señeros, cortadas por la presencia de unos escalones, temerosas de bañarse en las fuentes, iban avanzando en medio de las estradas. En ocasiones, el periplo desdeñaba las actividades del foro, y se perdía, antes de llegar al destino de los debates, en un pasadizo que daba a un balcón y este a una alcoba cuya atmósfera la tramaba un sahumerio. Los brazos surgían de una molicie de telas limpias. El vino mojaba nuestros labios. Una voz decía una palabra. Y era como si una vez más se nos recordara que estábamos hechos de una brevedad inextinguible.

Nada, en realidad, nos atormentaba. Ninguna circunstancia era motivo de inquietud bajo el azul de un cielo que desmentía todo fin. Había una prolongación de la luz sobre el horizonte que nos arrojaba a los prados. Verdes y con un diseño de terciopelos muelles, nos tirábamos en ellos. Parecíamos, congelados en el goce, estatuas ajenas a la vicisitud de la observación y a las conmociones de la intemperie. No sabíamos cuanto tiempo se deslizaba mientras bebíamos lo que parecía ser el zumo de la vida. El piar de los pájaros se desprendía de los arbustos enanos. Un murmullo de insectos nos acompañaba sin reproche. Por un momento éramos un párpado que saboreaba el mundo. Pero volvía a abrirse y se hundía en la conciencia de una eternidad otorgada por luces moribundas.

Nuestras manos jugueteaban con la yerba. Se introducían en la tierra para capturar algo de su acidez. Tal aroma nos empujaba a bebernos mutuamente. Las bocas se extendían por los cuellos y las espaldas donde pequeños lunares brillaban con el poder de las estrellas más antiguas. En algún momento la desnudez era nuestra soledad compartida. El mundo se sabía feliz en las eminencias de la piel. Un viento nos recorría libremente y aprobábamos su modo de marcar la velocidad de nuestros corazones.

Una señal brotaba, no obstante, de la embriaguez de la tarde. Nos levantábamos sin premura y ni siquiera preguntábamos de qué lado venía el mandato. Al fondo, sobre las columnas y las estatuas maculadas por la hormiga, el sol iba feneciendo. A nuestros pies, la disolución de las cosas era nuestro única certeza. Intentábamos averiguar lo que nos movía y no podíamos. Pretendíamos encontrarnos en la faz de algún charco y nada veíamos. Con la llegada de la noche, éramos sombras que buscaban cobijo debajo de la yerba y el cascajo.

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7

Te busqué en las calles de la ciudad. Pregunté tu rumbo. Nadie era capaz de responderme. Había miedo en los rostros y humo en las viviendas. Mientras avanzaba por el camino que lleva a la colina, me asfixiaba la cólera del traicionado. Y me sentía ya prisionero del duelo en los futuros retornos del espíritu. Llegué a nuestra casa. En el jardín vi los tiestos quebrados, las flores mancilladas. A la fuente la atravesaba un barro ominoso. Las túnicas y los velos estaban rasgados. Empecé a entender el límite de la masacre. Los esclavos degollados en los corredores. Las pieles de nuestros animales, como trofeos de infamia, colgaban de los rosales. Creía escuchar gritos, pero a todo lo sacudía el silencio. Subí las escalas. Mis pies tropezaron con las figuras protectoras. El tapete que gustábamos pisar, cuando la desnudez nos acogía, estaba desgarrado. Desde el balcón contemplé el tamaño de la afrenta. Aunque un sol ajeno al desdén ambulaba por entre el bosque limítrofe. Con el peso de mi culpa, me dirigí a la bañera. De ella emergía una mano. Miré lo que el agua no podía ocultarme. Y es como si el tiempo no hubiera transcurrido. Ignoro cuántos siglos han pasado y bajo qué sueños y otros cuerpos ha sucedido mi búsqueda. Apenas reconozco la casa y los árboles. No sé si esta luz sigue siendo la misma que existía en esos días en que creíamos ser los elegidos de las divinidades. Pero me ha bastado subir los peldaños averiados. He caminado por entre lo que apenas insinúa el relieve de una habitación y el vacío del baño que no he podido olvidar. Algo, quizás un olor, un requiebre inesperado en las paredes abatidas, me ha regresado a la frescura de tu cuerpo. Tus ojos me miran en el instante de la despedida. Y es la voz que lee algún poema donde Roma perdura como nuestra desvaída hora de la siesta. Incapaz de sumirme en el presente, vuelvo una vez más a ti. Entre los escombros de una casa que fue nuestra, intento hallarte. Pero el amor nuevamente se me escapa. Te tornas polvo entre mis manos. Y solo hay una vislumbre de tus ojos que persiste. Y este abismo de ruinas cuyo eco es tu ausencia.

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8

La piedra tenía el rastro de mi aliento.  Era, a su vez, tocada por el reflejo de las constelaciones. Una faz suya estaba signada por la docilidad. La otra era rugosa como si en ella se hubieran instalado todos mis dolores. A primera vista, ninguna línea surcaba su relieve. Pero, a fuerza de mirarse tanto, una fisura aparecía y luego otra. Sobre ellas un mundo quieto se explayaba. Las piedras entonces se unían a otras e iban desparramándose a lo largo de las praderas. Eran tantas que parecía irremediable pensar en ellas sucedidas las devastaciones. Pero, a veces, un rocío diminuto decía algo de brillos infinitos. De pronto, presencias surgían aquí y allá para volver a extinguirse entre las grietas. Una vegetación, en cierto trayectos, se transformaba en mantos de pétalos azules. Como un atavío que daba a la monotonía del espacio el prestigio de una frescura repentina. Pero nadie podía celebrarla. Todo temblaba en oscilaciones balbuceantes otorgadas por las épocas. Yo había atravesado muchas y ni siquiera el polvo de sus vestigios podía compartirlo. Mi destino era fundirme en el silencio. Ser un signo propicio al olvido.

 

 

Roma, diciembre 2009 – París, octubre de 2010 – Envigado, junio de 2017
Del libro Hombre en ruinas. Sílaba Editores, Medellín, 2018.

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Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963) Premio Rómulo Gallegos 2015 por su novela Tríptico de la infamia. Profesor de literatura de la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de cuentos Cuentos de Niquía (Vericuetos, París 1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (El propio bolsillo, Medellín, 1997), Habitantes (Índigo, París1999), Razia (Eafit, Medellín, 2001) Réquiem por un fantasma (Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006) y El beso de la noche (Panamericana, Bogotá, 2010); los libros de prosas poéticas Viajeros (Universidad de Antioquia, Medellín, 2007) y Sólo una luz de agua; Francisco de Asís y Giotto (Tragaluz Editores, Medellín, 2009); los libros de ensayos Música de pájaros (Universidad de Antioquia, Medellín, 2005) y Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (Universidad de Antioquia, Medellín, 2009) y las novelas La sed del ojo (Eafit, Medellín, 2004) y Lejos de Roma (Alfaguara, Bogotá, 2008). Ha participado en diferentes antologías de cuentos y poesía colombiana y latinoamericana. Sus traducciones de escritores franceses y africanos y sus ensayos sobre música, literatura y pintura han sido publicados en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa.

 La composición que ilustra este post fue realizada a partir de la obra The Belvedere Torso (1704), del artista Francesco Faraone Aquila.

 

año 1 ǀ núm. 1 ǀ septiembre – octubre 2020
Etiquetas: , , , , , , , Last modified: febrero 20, 2021
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