Written by 3:20 am Crítica, Ensayo

Diálogos del véspero – Apartado 1

Samuel Vásquez

 

 

Lucidez, agudeza y sabiduría tienen estos fragmentos, casi aforísticos, de Diálogos del Véspero que reflexionan, a manera de poética, sobre la libertad, el tiempo, el arte, el silencio, la mirada, la escritura y la imaginación entre otros temas. El maestro Samuel Vásquez es poeta y ensayista, y posee, a nuestra consideración, una obra profunda, intensa y llena de alumbramientos.

 

Diálogos del Véspero

(a los 56 años de «Arte Nuevo para Medellín»)

Apartado 1

 

Villagrande, 3 de octubre de 2023

 

1.

Si todo está permitido la libertad pierde su sentido.

Hay que ir más allá de la libertad. La libertad es hija expósita de la prohibición.

Sin prohibición la manzana pierde su sabor.

Es la negación la que nos incita a afirmar.

Por fuera de la línea entre la afirmación y la negación hay un espacio divergente que habita el asombro. Es el lugar de la inocencia de la sensación.

Pero después de la segunda mirada pierdes la inocencia.

La segunda inocencia después del conocimiento es más honda y más sabia.

 

 

 

2.

El tiempo se venga de la mansión desocupada invitando a la naturaleza a entrar en sus salones.

Pero sólo son bellas las ruinas de escaleras y patios. Las de las alcobas son tristes, abandonadas por los sueños.

Sin sueños no hay alcobas.

Entonces en los salones se da un baile interminable de lianas y bejucos.

A pesar la feracidad de la naturaleza sobre esas ruinas, no alcanza a armonizarse con el paisaje. Queda, incurable, una cicatriz.

 

 

 

3.

Si el arte es sólo un medio, es la realidad la autora de la obra.

Pero si el arte es un fin, agrega a la realidad un trozo inédito de figuración, que la completa o la modifica.

Como intermediario, el arte traduce. Como fin, suma.

Como intermediario hereda memoria. Como autor engendra memoria.

La memoria es materia prima del historiador. El artista acude a la videncia.

 

 

 

4.

El silencio es una flor transparente.

Se cultiva, pero no puedes saber cuándo florece.

Las palabras muerden el anzuelo de las cosas que las obligan a ser nombradas.

Nombrar el silencio es tachar el silencio.

No se borra el silencio con la palabra. Pero debe evitarse ponerlo en evidencia porque coge sus cosas y se va.

 

 

 

5.

Mirar eso que no quiere ser mirado, es una subversión.

No se debe escribir con la cabeza agachada como si esperaras el hachazo del verdugo. Ni hay que mirar atrás el sendero de sal.

Hay que girar rápido la cabeza para sorprender a las cosas en su cotilleo.

No es la espina la subversión, es la rosa.

 

 

 

6.

La palabra que nos nombra es la misma que niega a otro.

La rebelión de la palabra luminosa es la sombra de la palabra escrita.

El pensamiento es el reencuentro de un temblor silencioso que se manifiesta con su puño y letra.

Más allá está lo sagrado que es lo que, aunque recóndito, permanece. Luz inadvertida, silencio susurrante.

Lo sagrado es la sutura de una herida arcana. Un día antes es esperanza. Un día después, ausencia inefable.

Decir lo indecible es abandonar la nostalgia de la pérdida.

El espejo me borra. Soy un borrón que piensa.

 

 

 

7.

El mudo carga las palabras en sus manos. Su papel es el aire. Al hablar llena el espacio de invisibles.

No hay realidad en su relato bordado: hay ensueño.

Por el contrario, lo que debe saber el alfarero, lo tiene entre sus manos. La forma sale sus manos. Crea realidad.

El linaje adánico viene de un alfarero, cuando Dios era aún artesano.

Después hubo de pelarse la manzana. Entonces el hombre inventó el cuchillo que mató a su hermano y espantó a Dios que se marchó para no regresar.

Debía tragarse la manzana del conocimiento para recuperar la inocencia.

El cuchillo no es el arma agresiva por excelencia, es la herida que se blande.

 

 

 

8.

La memoria no es realidad. Es una invención de lo ausente que trata de generar otra realidad aceptable.

El pensamiento es la confrontación del relato memorioso con su propia coherencia. Al relato le interesa, por encima de todo, el futuro de su fábula.

El olvido trabaja en favor del pensamiento nuevo.

El nuevo pensamiento tiene la obligación de crear un espacio adecuado para su relato.

La memoria desconfía del relato nuevo.

 

 

 

9.

El pensamiento nos piensa.

Porque no soporta nuestra ausencia, el pensamiento nos guarda en su memoria.

El pensamiento nuevo, como el muchacho ante la cámara, lucha por estar en primer plano.

La primera forma de la esperanza es el temor, dice Müller. Y agrega, la primera manifestación de lo nuevo es el espanto.

 

 

 

10.

No hay recuerdo desinteresado.

Por ello, tampoco hay recuerdo neutral.

El recuerdo es la cicatriz de una herida que no cierra.

El olvido es la justicia de la memoria.

 

 

 

11.

La intuición, por su exceso de velocidad, es el pensamiento que se adelanta al pensamiento. Entonces el pensamiento racional le cede el paso.

Hay ardor y osadía en la intuición, y en su destreza para descubrir una nueva ignorancia cada vez.

La intuición no pretende tomar la foto del día, no es el registro lo que busca. Quiere abrazar para que se quede.

A pesar de la invisibilidad del pensamiento, hay imágenes que no terminan de apagarse.

Pensar en imágenes es distinto a pensar en palabras.

Si el Libro prohíbe la reproducción de imágenes ¿es pecado pensar en imágenes?

 

 

 

12.

La verdad después de la muerte ¿para qué? La justicia después de la muerte ¿para qué? Sólo el recuerdo vence la muerte.

Es la imagen pictórica o fotográfica la que crea el recuerdo.

Con sombras recuperamos la imagen. Sombras que no son oscuridad, sino que dan nacimiento a otra luz.

La luz es la parte sociable de la sombra.

 

 

 

13.

La pregunta ilumina el espacio de la respuesta.

La respuesta, oportunista, ocupa ese espacio. Y la mayoría de las veces se encierra en él.

Sólo si la respuesta contiene la próxima pregunta, ese espacio permanece abierto.

La pregunta conspira. Su luz es negra.

El ojo de la respuesta se ocupa de la punta del iceberg que ve a lo lejos. La pregunta atiende el resto del hielo que se derrite y que no se ve.

 

 

 

14.

La soledad y la escritura son hermanas. Pero no se escribe sobre esa soledad. Se escribe sobre la playa soleada, sobre la muchacha y su risa fresca, sobre la montaña y el perfil de su cara acostada.

Al escribir sobre la soledad la escritura me acompaña traicionándose, pero crea el silencio que es el mejor canto de la soledad no quejumbrosa.

La soledad quiebra el tiempo, lo hace inefable; el silencio es hálito del tiempo.

Salir del silencio para nombrar el silencio. Rehacer el silencio para entrar en la soledad. Salir de la soledad para cantar el silencio. El canto en el desierto es estéril, vano.

Al escribir rompemos el silencio del libro, pero custodiamos su soledad.

El libro no es un ladrillo, es una casa… o sus escombros…

Es grosero construir un libro con los escombros de otro libro. Todos los gestos se habrán perdido ya.

 

 

 

15.

Sola, la soledad se acompaña, y, poco a poco, se complace.

La soledad promete más de lo que es capaz de dar. Se masturba en un silencio sin victorias. En un silencio vicioso que ha olvidado el deseo.

Acaso ¿no es la soledad una de las formas de la libertad?

Con paciencia, la soledad teje sus cadenas de oro o de hierro. Somos reyes o esclavos ella.

Después de todo, la soledad se queda sola.

 

 

 

16.

Sin advertirlo, siempre estamos a la espera.

El libro se escribe a sí mismo. Somos, apenas, sus amanuenses atentos.

Que el libro dicte, impávido, sus certezas, nos produce desasosiego.

Antes del libro estaban las posibilidades del libro. Después del libro sólo nos queda un libro.

Las muchas posibilidades del libro preceden al libro. Las posibilidades contienen al libro escrito y otros más que callaron sus voces ante el concertista elegido.

La espera es más alentadora que la esperanza; la esperanza es más espléndida que el libro.

“Escribir es desmejorar el silencio”, dice Beckett.

 

 

 

17.

Es más alevosa la pregunta que se calla que la respuesta que se omite.

La pregunta conspira contra la ilación de la fábula, pero no alcanza a quebrar el fragmento. Hay que leer lo que se suprimió en el libro. Ahí está, intacto, el escritor.

Al fabulador no le interesa la verdad, le interesa el ritmo. Eso es así desde que le dieron cuerda a este universo.

La verdad acabaría con la fábula, sería su final. Son la maquinación, la trampa, el embrollo, la intriga, la incertidumbre, los que la mantienen viva.

El fragmento ilumina un rincón y se va. No le interesa conquistar y dominar. Tiene la generosidad de la luz, sin trucos bajo la manga. No transita por un sendero continuo y coherente que lleva a un sitio prometido. El fragmento salta de un lado a otro y, como la rana, no salta por belleza sino por precisión.

 

 

 

18.

Lo que se calla está en el interior de lo que se escribe. Cómo el aire en el viento. Existe, entonces, otro libro dentro del libro.

El libro no es lo que se escribió hace tiempo. El libro es lo que leo ahora. No concuerdo con el historicismo que busca fabricar una escenografía de cartón para remedar un pasado inerte, y, así, decretar la “verdadera voz” del autor muerto, que afirman les ha sido transferida. El arqueologismo y el historicismo aman los cadáveres. Y los datos viejos que recogen les otorga ilusión de sabiduría.

A pesar de la gran cantidad de información que contiene,
el diccionario no es sabio.

Si el libro todavía tiene algo para decirnos encontrará la manera de llegar a nosotros. Si el libro todavía está vivo nos manifestará lo que tiene qué decir, y nos guiñará lo que calla.

En todo momento estarán latentes los tres libros que habitan el libro: el libro de la piel, dispuesto a nuestra curiosidad ligera; el libro colmado de Ser, absorto en las palabras; y el libro de los silencios, no que esperan, sino que moran.

 

 

 

19.

Lo esencial está antes y después de la respuesta.

La pregunta viene de un silencio perturbador, y busca un murmullo íntimo.

Las preguntas y las respuestas acaban anegadas, irremediablemente, en el silencio.

Y el silencio queda afectado de un temblor que le contagia la pregunta.

 

 

 

20.

Ningún grano de arena del desierto es igual a otro.

Es tan importante su diferencia como su semejanza. Eso los hace grano, arena y desierto.

Así el ser humano. Individuo, grupo, especie. Tan diferente en sus deseos y tan igual en sus actos.

Lo impensado es la esperanza del libro próximo.

Lo impensado es una puerta que da a otra puerta.

 

 

 

21.

El silencio sabe, y ha dejado de pensar. Es completo en su quietud.

El silencio que ha olvidado no es silencio.

El silencio está sentado entre dos sentimientos, o entre dos pensamientos.

El silencio que no tiene un pensamiento antes no es silencio: es un momento que comienza. El silencio que no tiene después un pensamiento es apenas el final de un movimiento.

El silencio es voluntario. Un silencio violentado tiene las costuras deshilvanadas y los orillos desflecados.

 

 

 

22.

Imaginar es crear una imagen.

Pero imaginar no es pensar. El pensamiento se mueve. La imagen está quieta porque se asume completa. Por eso no habla.

El pensamiento no carga la obligación de ser creación. Puede ser derivación, copia, imitación.

La imaginación es original.

Vemos la imagen de un solo golpe de vista. Leemos el pensamiento con la mirada que persigue, sin sosiego, la palabra siguiente.

Necesitamos gran cantidad de miradas para leer. Necesitamos más atentos ojos para ver la imagen visual.

El ciego crea imágenes invisibles que sólo son de uso íntimo. No podemos conjeturar cómo son, ni se pueden agregar a la realidad.

 

 

 

23.

Escribir es perturbar el silencio.

El escrito nos vigila.

Leemos lo que no se alcanzó a borrar.

El aire está repleto de preguntas que nadie quiere responder.

Mirar la imagen es extender el día.

Leer es entrar en una noche-otra.

 

 

Samuel Vásquez es co-fundador y curador de la Bienal de Arte de Medellín. Comisario de la Bienal de Pintura de Montevideo. Invitado a inaugurar el Museo de Arte Moderno de Cartagena con teatro, y el Museo de Arte Moderno de Medellín con pintura. Cincuenta Años de Pintura y Escultura en Antioquia, Museo de Arte Moderno. Fundador y director del Taller de Artes de Medellín que congrega Teatro, Música y Artes Plásticas. Algunos de sus premios son: Premio Nacional de Dramaturgia por su obra El sol negro (1992). Premio en el Concurso Internacional de dramaturgia Ciudad de Bogotá, por su obra Raquel, historia de un grito silencioso. Premio de Ensayo Ciudad de Medellín, por su obra El abrazo de la mirada —5 tomos— (2005). El Museo de Antioquia le otorgó una distinción especial «por su labor para el desarrollo del Arte Contemporáneo en la Ciudad» (2007). La Universidad de Antioquia le concede el Premio Nacional de Cultura por Reconocimiento (2011).

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de una obra en
material y técnica: hierro pintado, 
del artista venezolano © Daniel Suarez

 

año 4 ǀ núm. 18 ǀ octubre – noviembre – diciembre 2023
Etiquetas: , , , , , , , , Last modified: abril 6, 2024

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