Escrito por: 3:31 am Latinoamericana, Poesía

Mis tres poemas rosarinos, según Paula Aramburu

Paula Aramburu

 

 

Este dossier le rinde un pequeño homenaje al lector de poesía. Le preguntamos a la poeta Paula Aramburu: “¿Cuáles son tus tres poemas rosarinos esenciales desde tu experiencia como lectora y desde tu sensibilidad como creadora?”.  Y, sin solicitarle argumentaciones, nos obsequió estas tres pepitas de oro.

Paula Aramburu nació en Rosario en noviembre de 1966. Poeta, escritora, psicoanalista y especialista en Psicología Forense. Desde el año 2004 a la fecha ha recibido diversas menciones por sus libros de poemas: Voces desiertas (Concurso de Cuento y Poesía “III Congreso Internacional de la Lengua Española”, 2004), Voces Lejanas (Concurso José Pedroni, Sec. de Cultura de la Provincia de Santa Fe, 2006) y El abandono, (finalista en el Concurso Nacional de Poesía Macedonio Fernández 2010).

 

 

Beatriz Vignoli

La caída

Si te dicen que caí
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados.
Soy, del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
el desmoronarse porque sí.

Del libro Viernes (2001), Bajo la luna, Buenos Aires.

 

 

Sonia Scarabelli

Lección

Sabernos ir,
dijo tu voz querida,
todo está ahí,
la clave del decoro
y la nobleza
ganada de una vida
se alcanza en ese gesto.

Cierre final
del círculo, encontrado
un poco por azar
y otro, por coherencia,
por hacerse
el ciego lazarillo
de sí mismo,
poniendo el corazón
al frente de los pasos.

Estas cosas se aprenden,
me dijiste,
en parte de los libros
sí, cuando la palabra
todavía es humana
y no ha perdido
su lustre tibieza,
pero más
te enseña la tenaz
partida de los otros.
Si se van
con dolor o con pericia,
no es lo que cuenta,
importa

ese último momento,
que sin decirse ocurre,
y dicho sonaría quizás
a: Sí, te dejo ahora
y no me quejo,
seguro hubiese
querido más,
qué hacerle,
no se pudo.
Entonces pasa,
justo ahí
se suelta el alma
como un barquito,
una pequeña
barca en aguas
que ni tan frías son
ni tan profundas como dicen.

Yo creo en todo esto,
dijo tu voz querida,
y de ahí tanto esfuerzo
por aprenderlo, tanto
apuro
por no apurarme: quiero
llegar a tiempo.

Del libro Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras (2008), Bajo la luna, Buenos Aires.

 

 

Marcelo Cutró

Santa Isabel

Reposo. Paredes descascaradas, paredes rosas, que
antes fueron amarillas y después, en la fotografía, serán
grises. Reposo. Parada frente a una ventana, la curandera
abre los ojos. Adivinar es recordar antes.

Cuando la taza de café estalla en las baldosas blancas,
ve una camisa en llamas y un sombrero. Otra casa
regresa, temblando.

Los creyentes enrollan la noche con sus manos, cantan
formando surcos anaranjados en el firmamento. Una
caravana de apariciones atraviesa el monte.

Noviembre desemboca en una calle plateada.
Los trenes están a salvo de esa intimidad.
Cerca de la estación los pies de la curandera se detienen.
El peso del azar rompe esa luz natal. Puede ver oro en
las flores oscuras.

Arroja finas piedras sobre una mesa. La sangre de las
hechiceras no se ve.
El silencio es otra cavidad de las cosas.

Aquí se hunden presagios, se adelanta la sombra, se
rompe el tiempo. Los moradores cierran sus ventanas
cuando esos álamos tostados mueven la cabeza.
Camino a la niebla, la música se ahoga.

En voz baja repite una oración. El silencio es otro
lugar, otra piel.
Pata de cabra, memoria de cañas. Entre esas cañas
habla de música con los antepasados.

Horas antiguas. Cenizas de luz repitiéndose.
Guitarras que van hacia una noche sin salida.

Fragmento del libro Rumania. Santa Isabel (2012), Ediciones en Danza, Buenos Aires.

 

 

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración de la artista em_niwa 

 

año 1 ǀ núm. 4 ǀ mazo – abril  2021
Last modified: marzo 18, 2021
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