Written by 9:32 am Latinoamericana, Poesía

Mis tres poemas cubanos, según Víctor Rodríguez Núñez

Víctor Rodríguez Núñez

 

 

Este dossier le rinde un pequeño homenaje al lector de poesía. Le preguntamos al poeta Víctor Rodríguez Núñez: “¿Cuáles son tus tres poemas cubanos esenciales desde tu experiencia como lector y desde tu sensibilidad como creador?”.  Y, sin solicitarle argumentaciones, nos obsequió estas tres semillas.

Rodríguez Núñez nació en La Habana, Cuba, en 1955. Es poeta, periodista, crítico y traductor. Doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Texas en Austin (EE. UU.). Obtuvo el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe. Durante la década de 1980 fue redactor y jefe de redacción de la revista cultural cubana El Caimán Barbudo. Ha publicado en poesía, entre muchos otros, desde un granero rojo (2013), despegue (2016) y el cuaderno de la rata almizclera (2017).

 

 

Dulce María Loynaz

Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen

Joven Rey Tut-Ank-Amen:
En la tarde de ayer he visto en el museo la columnita de marfil que tú pintaste de azul, de rosa y de amarillo.
Por esa frágil pieza sin aplicación y sin sentido en nuestras bastas existencias, por esa simple columnita pintada por tus manos finas ―hoja de otoño― hubiera dado yo los diez años más bellos de mi vida, también sin aplicación y sin sentido… Los diez años del amor y de la fe.
Junto a la columnita vi también, joven Rey Tut-Ank-Amen, vi también ayer tarde ―una de esas tardes del Egipto tuyo― vi también tu corazón guardado en una caja de oro.
Por ese pequeño corazón en polvo, por ese pequeño corazón guardado en una caja de oro y esmalte, yo hubiera dado mi corazón joven y tibio; puro todavía.
Porque ayer tarde, Rey lleno de muerte, mi corazón latió por ti lleno de vida, y mi vida se abrazaba a tu muerte y me parecía a mí que la fundía…
Te fundía la muerte dura que tienes pegada a los huesos con el calor de mi aliento, con la sangre de mi sueño, y de aquel trasiego de amor y muerte estoy yo todavía embriagada de muerte y de amor…
Ayer tarde ―tarde de Egipto salpicada de ibis blancos― te amé los ojos imposibles a través de un cristal…
Y en otra lejana tarde de Egipto como esta tarde ―luz quebrada de pájaros― tus ojos eran inmensos, rajados a lo largo de las sienes temblorosas…
Hace mucho tiempo en otra tarde igual que esta tarde mía, tus ojos se tendían sobre la tierra, se abrían sobre la tierra como los dos lotos misteriosos de tu país.
Ojos rojillos eran; oreados de crepúsculos y del color del río crecido por el mes de septiembre.
Ojos dueños de un reino eran tus ojos, dueños de las ciudades florecientes, de las gigantes piedras ya entonces milenarias, de los campos sembrados hasta el horizonte, de los ejércitos victoriosos más allá de los arenales de la Nubia, aquellos ágiles arqueros, aquellos intrépidos aurigas que se han quedado para siempre de perfil, inmóviles en jeroglíficos y monolitos.
Todo cabía en tus ojos, Rey tierno y poderoso, y todo te estaba destinado antes de que tuvieras tiempo de mirarlo… Y ciertamente no tuviste tiempo.
Ahora tus ojos están cerrados y tienen polvo gris sobre los párpados; más nada tienen que ese polvo gris, ceniza de los sueños consumidos. Ahora entre tus ojos y mis ojos, hay para siempre un cristal inquebrantable…
Por esos ojos tuyos que yo no podría entreabrir con mis besos, daría a quien los quisiera, estos ojos míos ávidos de paisajes, ladrones de tu cielo, amos del sol del mundo.
Daría mis ojos vivos por sentir un minuto tu mirada a través de tres mil novecientos años… Por sentirla ahora sobre mí ―como vendría― vagamente aterrada, cuajada del halo pálido de Isis.
Joven Rey Tut-Ank-Amen, muerto a los diecinueve años: déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.
A ti las digo, Rey adolescente, también quedado para siempre de perfil en su juventud inmóvil, en su gracia cristalizada… Quedado en aquel gesto que prohibía sacrificar palomas inocentes, en el templo del terrible Ammon-Ra.
Así te seguiré viendo cuando me vaya lejos, erguido frente a los sacerdotes recelosos, entre una leve fuga de alas blancas…
Nada tendré de ti, más que este sueño, porque todo me eres vedado, prohibido, infinitamente imposible. Para los siglos de los siglos tus dioses te guardaron en vigilia, pendientes de la última hebra de tus cabellos.
Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche… Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus diecinueve años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor.
Pero no me esperaste y te fuiste caminando por el filo de la luna en creciente; no me esperaste y te fuiste hacia la muerte como un niño va a un parque, cargado de los juguetes con que aún no te habías cansado de jugar… Seguido de tu carro de marfil, de tus gacelas temblorosas…
Si las gentes sensatas no se hubieran indignado, yo habría besado uno a uno estos juguetes tuyos, pesados juguetes de oro y plata, extraños juguetes con los que ningún niño de ahora ―balompedista, boxeador― sabría ya jugar.
Si las gentes sensatas no se hubieran escandalizado, yo te habría sacado de tu sarcófago de oro, dentro de tres sarcófagos de madera, dentro de un gran sarcófago de granito, te hubiera sacado de tanta siniestra hondura que te vuelve más muerto para mi osado corazón que haces latir… que sólo para ti ha podido latir, ¡oh, Rey dulcísimo!, en esta clara tarde del Egipto ―brazo de luz del Nilo.
Si las gentes sensatas no se hubieran encolerizado, yo te habría sacado de tus cinco sarcófagos, te hubiera desatado las ligaduras que oprimían demasiado tu cuerpo endeble y te hubiera envuelto suavemente en mi chal de seda…
Así te hubiera yo recostado sobre mi pecho, como un niño enfermo…Y como a un niño enfermo habría empezado a cantarte la más bella de mis canciones tropicales, el más dulce, el más breve de mis poemas.

De Poemas náufragos (1990)

 

Eliseo Diego

Pequeña historia de Cuba

 

I

Cuando en los pueblos la tarde cae de polvo a púrpura,
en Bejucal o en Santa María del Rosario,
Calabazar, rincón de soledades,
Artemisa del alma o misterioso Guáimaro,
la gente se va a los parques. Desde la tierra
los ojos lentos suben a la locura del murciélago
yendo y ahondando las vacuidades solitarias,
y pónese uno a hablar de los taínos, y de David y Boticelli.
Los españoles no hicieron aquí cosas muy grandes,
pero tampoco, es cierto, las hicieron los indios, esos pobres,
que en vez de templos o pirámides nos legaron cazuelas,
en vez de altares para la sangre, recipientes
para el casabe. No sabían mucho, eran más bien felices
y no escribieron nunca. En Cuba no había oro.
Pánfilo de Narváez batió en vano sus mandíbulas
y desquitóse luego matando hasta por gusto, a tajos.
De prisa y corriendo se hicieron dos o tres ciudades, a lo sumo,
porque no había oro: qué vergüenza. Quizás una pepita o dos, a lo más cuatro,
y así quién hace catedrales. (El Hijo del Carpintero
tampoco habría podido costearlas). Y piénsese que todo el tiempo
el Almirante mismo, Colón, Cristóbal,
el genovés de los ojos obstinados,
había dicho que ésta era la tierra más linda que soñaron ojos humanos
con todo lo demás que dice sobre los pajaritos piando esplendores.
Pero no les bastaba. En la ridícula Isla no había oro,
y así quién pinta, quién guerrea, quién construye, quién hace nada.
De rabia desgajaron los bosques, deglutieron la tierra, se tragaron las aguas.
La belleza de la Isla que se la lleve el diablo.

II

Entre un murciélago y el otro cabe la invención de la caña,
en Bejucal, en Santa María del Rosario,
entre la tierra y la locura de los aires
cabe el negrero, el bocabajo, el látigo: por fin tuvieron oro.
Tumbaron todos los bosques, chapotearon en sus feos trajines, locos de gusto,
esparcieron horror a manos llenas, agarraron su oro.
El espectro de Pánfilo de Narváez iba en la lluvia riendo gordo,
Calabazar lo vio y también Artemisa y el remoto Guáimaro.
Pero los negros no tenían ni grandes templos ni tampoco pirámides
ni hermosos ritos crueles por los que suba el humo de la sangre
a borbotones de miles y de miles de sacrificios humanos.
(Tampoco los taínos enviaron a los cielos otro humo ritual que el del tabaco).
No trajeron, los negros, en la estrechez de los barcos negreros,
más que su música y sus bailes y esa voz que resuena como en el mismo corazón del
hombre.
Por fin había oro, pero los españoles no hicieron catedrales a Dios gracias,
ni en Artemisa ni en Bejucal ni en la mismísima Santa María del Rosario: no había
tiempo.
(Nazaret fue un pueblo así de raso: no se menciona su sinagoga para nada).
El oro era tanto, que no había tiempo más que para pegar, arrancar y llevárselo.
Con lo que nos cansamos por fin los blancos y los negros (indios ya no había)
y nos quemamos los ingenios (¡cómo chillaban!) y nos
quemamos los plantíos (¡cómo lloraban!)
y los botamos a patadas. Sólo que con la ira
la mano se nos fue en el fuego desde Calabazar a Guáimaro,
y los pueblos siguieron tan feos como antes. Sí, la usura
desgarró de fealdad la tierra más hermosa; luego vino la cólera;
luego empezamos otra vez, dale que dale con el oro,
ya es verano en El Encanto, haga su agosto en La Ópera, sea vivo,
dale que dale con el oro, emporcándonos,
masticando en inglés, mandándonos al diablo, hasta que por fin nos cansamos.
Vivos, vivones, vivarachos de siempre, se acabó lo que se daba; ya no hay oro.
Porque no nos importa, porque es un sucio becerro y no nos da la gana,
porque no especulamos, de espejo a turbio espejo,
ya infernalmente con la caña,
porque las mismas manos que la cortan la llevan a la boca: ya no hay oro.
Desde los bancos de los parques el humo sube poquito a poco, empinándose,
confundiendo al murciélago: sobre la hoja del plátano
amanece el cocuyo, la trémula belleza del origen,
y ya podemos irnos, soñando, a casa. Mañana será la Isla
como la vio Cristóbal, el Almirante, el genovés de los duros ojos abiertos,
en amistad la tierra con el mar, tierra naciente
de transparencia en transparencia, iluminada.

De Los días de tu vida (1977)

 

Fayad Jamís

Vagabundo del alba

A Nicolás Guillén

La mañana pálida de París crece sobre mis hombros
después de la noche larga mi amor esta brisa
Las hojas color de miel del otoño deslizándose por las calles
en las aceras las hojas del otoño sobre la cabeza de los mendigos
Aún ellos duermen una mujer se ha levantado ha recogido una boina
La ternura de esa mujer debajo de sus harapos negros
como la flor pálida del día como la paloma
que revolotea sobre el Sena de humo de cristal de plata

Así es aquí el amanecer yo te lo digo ahora que es otoño
así es el alba la ciudad está muerta sus huesos pueden ser palpados
y nadie dirá nada los policías duermen sus orejas de corcho
las leyes duermen la miseria dormita yo camino camino
primer hombre de este nuevo día como si la ciudad fuera mi mujer
y yo la contemplara dormida desnuda el cielo naciendo de su espalda

Así es París yo te lo digo a veces sueño que recorro un mundo muerto
después de la última bomba muerta hasta la esperanza
Yo no comprendo mucho pero me siento un poco Robinson Crusoe
Robinson de esta terrible hermosa grande ciudad que se llama París
Los gatos salen de todas partes buenos días los latones de basura están llenos
juguetes rotos frutas podridas trajes papeles desgarrados
papeles donde el olvido ha dejado su oscura cicatriz
El mundo la civilización todo eso ha muerto los gatos y yo sobrevivimos
Frente a uno de estos puentes escogeré mi casa
tal vez aquella de la cortina roja en la ventana
o la otra que avanza como si quisiera saludarme buenos días
Pero no no es verdad detrás de todos esos muros grises hay hombres
que respiran roncan y sueñan
hombres que quizás recuerdan un grito perdido en el valle turquesa de los siglos
hombres que acaso están pensando en los nuevos modelos de automóviles
en su trabajo en el amor tal vez en la muerte

Aquella mancha negra que arrastra la corriente es un cartón
creía que era una tortuga creía que era un ahogado
y no es más que un cartón a su alrededor flotan tres hojas
como tres corazones de miel tres cifras del otoño
Los árboles salen del río como el humo de los cigarros
Otra paloma revolotea su sombra blanca sobre el agua gris
Los urinarios tienen la belleza astuta de ciertas iglesias de Castilla
voy entrando en ellos para hacer algo mientras pienso
mientras camino mi amor es decir nadie el mundo esas hojas
Los semáforos les dan paso a los gatos a la brisa
en la frente del día pálido estas luces de ámbar
Anoche hablaban de la guerra siempre la guerra
cadáveres espuma de eternidad cadáveres
pero no todos saben cómo es dulce la libertad por ejemplo a estas horas
en que el carro blanco del lechero viene detrás de sus bestias blancas
Una muchacha de Israel me hablaba de la juventud de su país
ella no tiene religión ella ama a París ella ama al mundo
mañana todos tendremos el mismo rostro de bronce y hablaremos
la misma lengua
mañana aunque usted no lo quiera señor general señor comerciante
señor de espejuelos de alambre y ceniza
pronto la nueva vida el hombre nuevo levantarán sus ciudades
encima de vuestros huesos y los míos encima del polvo de Notre-Dame
En la primera panadería que se abra compraré un gran pan
como hacía en mi país sólo que ahora no me acompañan mis amigos
y que ya no tengo veinte años
Entonces hubiera visto todas esas sombras de otro color
hubiera silbado hubiera arrastrado el recuerdo de una muchacha trigueña
En fin todas esas cosas se van quedando atrás
ahora es más importante trabajar para vivir
Algunos pájaros empiezan a cantar las hojas secas caen
Me voy alejando del río de las lanchas de los puentes blancos
parece que estos edificios fueran a caer sobre mi cabeza
se van volviendo gibosos al paso de los siglos
la rue du Chat-qui-Pêche me hace imaginar historias terribles
Pero es mejor continuar es el alba es el alba
las manos en los bolsillos proseguir proseguir
Dos carniceros dan hachazos sobre la mitad de una res
eso no es nada divertido y sin embargo me gusta mirar
mi alma es aún un poco carnicera estamos en 1956
Mañana quizás no será así quizás no habrá carniceros ni verdugos
mi corazón un poco verdugo y un poco ahorcado
tu corazón tu corazón será polvo agua viento para los nuevos girasoles
cada semilla como una abeja dormida

El día pálido era blanco ahora amarillea
algunas chimeneas parece que fueran a encenderse
Pasa un soldado con una maleta enorme
rumbo a la Gare de Lyon rumbo a Egipto la muerte
Pasa una mujer en bicicleta ella va a su trabajo
cuando el sol está a la altura de las rodillas como el trigo
todos los días ella va a su trabajo toda la vida
Pasa un camión cargado de vino de estrépito de alba
Ya estoy en el boulevard Saint-Germain miro las vitrinas de librerías
Algún día compraré un buen diccionario las obras completas de Rimbaud
muchos libros mejor es no hablar de eso
Por todas partes hay mendigos durmiendo aquél parece un niño
entre su cabeza y el cemento de la acera no hay más que una lámina helada
Tengo ganas de tomarme un café con leche tengo hambre y sed
el alba amarilla tiene un mal sabor en mi boca
París comienza a despertar ya no soy un Robinson
más bien un extranjero más bien un fantasma
más bien un hombre que no ha dormido
vagabundo de la ciudad el otoño y el alba
mientras mi amor ha de estar mirando las cumbres del Perú
o el cielo esmaltado de China
Yo no sé si mis pies se cansan eso es todo eso es todo
Después de haber amado vivir el nuevo día
es hermoso
En la ciudad y el corazón arde la misma llama

De Los puentes (1962)

 

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una fotografía del artista John Galbreath

 

año 1 ǀ núm. 3 ǀ enero – febrero 2021
Etiquetas: , , , , , , , , , , , Last modified: marzo 12, 2021
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