Written by 3:37 am Cuento, Narrativa

Los retratos de Manuel

Mónica Brasca

 

Nació en Rafaela, Santa Fe, Argentina. Actualmente reside en la ciudad de Santa Fe. Es traductora de inglés y cuentista. Sus trabajos obtuvieron premios y fueron publicados en numerosas antologías y revistas literarias nacionales e internacionales. Es coordinadora de la sección Minificción hispanoamericana de la revista literaria digital Abisinia Review.

 

 

 

 

Teresa

Solo a Patricia se le ocurre mandar al grupo una foto vieja sin ninguna explicación. Cuando ya se había desatado una cadena de pulgares en alto, aplausos, «¡qué jóvenes éramos!», «¡qué bellas!», «¿de qué año es la foto?», recién ahí, agregó: «murió Manuel».
…..Justo es decir que Manuel era bastante mayor que nosotras, lo que apaciguó un poco la alarma que suele alterarnos cuando fallece un conocido. Nos llevaba catorce o quince años, aunque por aquel entonces no se le notaban. Había vivido un período en Europa, que parecía haber restado al total de su edad, como si ese tiempo no hubiera transcurrido porque él no estaba en la Argentina. Reconozco que era más divertido que nuestros compañeros de estudios, esos lectores de poemas negros, de barba esforzada y pensamientos retorcidos, que amenazaban con bajarse del sistema y del mundo ante la evidente imposibilidad de cambiarlo. Él, en cambio, ya tenía varias cosas resueltas. Era un arquitecto reconocido. Su espíritu jovial, su sentido del humor, su energía para armar programas y arrastrarnos a todas con él acortaban la distancia con nosotras, las chicas que vivíamos en la casa de estudiantes de calle Urquiza. Éramos un grupo de lo más heterogéneo de estudiantes al que había reunido bajo el mismo techo la necesidad de compartir alojamiento económico y relativamente bien ubicado. No teníamos muchas comodidades y nos turnábamos para usar la cocina, el comedor estrecho y el único baño anticuado.
…..Lo primero que infiero de la foto es que estoy perdiendo la memoria, porque no reconozco el lugar ni recuerdo esa reunión. Estoy segura de que ya no convivíamos. También deduzco que hace casi cuarenta años se usaba el pelo corto con las puntas peinadas hacia arriba, porque así lo llevamos las mujeres que, radiantes, miramos a cámara —todas menos Adriana, que le habla a su prima Patricia al oído—. Los hombres parecen festejar un chiste de Martín, porque los otros dos lo miran a él, riendo. Ellos ya habían trascendido la categoría de candidatos, habían firmado papeles y hecho promesas ante Dios. Eran maridos recién estrenados. Ninguna de esas parejas queda en pie.
…..No sé por qué Patricia compartió esa foto, porque al que no veo por ningún lado es a Manuel. Lejos de formalizar, él era el novio eterno de Mercedes. No era elegante ni buen mozo, sino más bien bajo, morocho, pero tenía una personalidad atractiva. No era el tipo de Mercedes, que hasta entonces los había preferido rubios, de ojos claros y bohemios. La cuestión es que, entre pitos y flautas, vivieron un largo romance interrumpido por peleas, abandonos y regresos. A Manuel le costó asimilar que Mercedes por fin lo dejara y unos meses después se casara con otro.

 

Patricia

Hoy me enteré de que murió Manuel. No era santo de mi devoción, pero me dio pena. Busqué una foto donde apareciera él para compartir con el grupo, pero no encontré ninguna. En esa época, no disparábamos el obturador ante cualquier pavada, lo pensábamos dos veces. En una reunión convocábamos a todo el mundo y esperábamos con paciencia que se acomodaran y posaran. Después de terminar el rollo y llevarlo a revelar, si alguna toma valía la pena, hacíamos varias copias para repartir. Tampoco existían los disparos automáticos. Manuel siempre se ofrecía a sacar las fotos, por eso de él no tengo ninguna. En la que encontré estábamos todas las chicas que alguna vez pasamos por la casa de calle Urquiza. Algunas se habían casado, otras se habían recibido. Nos reunimos un viernes a la noche en el departamento donde me mudé cuando tuvimos que desocupar la casa histórica porque los dueños querían venderla.
…..La última en responder el mensaje fue Mercedes, justamente ella. Cuando la conocí me cayó muy mal: una gringuita que me enrostraba su amistad con Virginia. Enseguida dejó sentado que la amiga del alma era ella y no yo. Y al poco tiempo encima cayó con ese novio desagradable, que festejaba sus propios chistes con carcajadas estruendosas, que se creía vaya a saber qué porque venía de Europa y su estudio de arquitectura se estaba poniendo de moda en la ciudad. A mí nunca me impresionó Manuel. Me di cuenta enseguida de que no quería compromisos, por eso evitaba salir en las fotos, para que no quedara registro de sus andanzas. Con Mercedes iba y venía. La tenía domesticada, vestida a la antigua, tapadita, hecha una señora a los veinticinco años. Le coartaba todos los programas donde él no tenía cabida o no se sentía el centro de atracción. Usaba el éxito en la profesión para encubrir su chatura. Ella sí tenía intereses, varios en común conmigo. Los fuimos descubriendo y, con el tiempo, nos tomamos mucho cariño. Es una buena mina, nada que ver con la primera impresión que tuve de ella. Por eso no me animé a contarle lo que pasó una de las tantas veces que se dejaron y ella fue a su pueblo a refugiarse en casa de sus padres. Manuel fue a buscarla a calle Urquiza y terminó invitando a salir a mi prima Adriana. La muy tonta se creyó la historia de incomprensión y desamparo del otro caradura. Y cayó en la trampa del galán maduro que la llevaba a cenar a restoranes caros y le hizo creer por un rato que era la elegida, mientras él seguía buscando sin descanso a la mujer ideal, aprobada por la madre y toda la parentela. Estoy segura de que mi prima lo sintió como un fracaso cuando Manuel, por supuesto, volvió con su presa favorita, Mercedes.

 

Adriana

¿Así que murió Manuel? Bueno, tenía unos cuantos años, después de todo. Mirá vos, Mercedes ya sería viuda si lo hubiera atrapado. Nada fácil cazar al rey de la trampa. Mi prima Patricia se enojó conmigo porque salí con él en una época en que estaba distanciado de Mercedes. ¿Por qué no? Si con ella se llevaban muy mal, cada vez se peleaban más seguido y era evidente que tarde o temprano eso iba a terminar. Lo pasé muy bien esas semanas. Me llevaba a cenar, conocí su departamento modernísimo. ¡Y qué hombre! Con razón Mercedes siempre volvía con él. Pero no le puedo contar a la mojigata de Patricia que para Manuel no había lugar prohibido donde pasarla bien. Mi prima no entiende de picardías y de cuestiones de piel. A ella le dije que fue una simple salida que no pasó a mayores.

 

Mercedes

Quedé largo rato petrificada, mirando el mensaje que mandó Patricia. Bajaba la mirada, leía el frío comentario de dos palabras y volvía a escudriñar la foto. Dos mesas juntas, algunas botellas de cerveza, platos de postre vacíos. Era el final de una cena. Sobresale en el medio, parada, Teresa y debajo de ella, estoy yo, sobre la falda de Virginia. A un costado, Adriana, con la cabeza baja, secreteando con su prima Patricia, que está sentada. Están también los maridos de las chicas. Ocho personas, ninguna de las cuales es Manuel.
…..Mi querida Patricia me odió apenas verme. Quizás antes, cuando supo que Virginia me había invitado a vivir con ellas en la casa de calle Urquiza. Cuando me mudé, Virginia y Patricia llevaban unos meses estudiando y compartiendo cuarto. Pronto se notaron los casi veinte años de ventaja —que por entonces equivalían a toda una vida— que yo llevaba de amistad con Virginia, mi vecina de siempre. Patricia se enfermó de celos. Me hacía la vida imposible, criticaba todo lo que yo decía, hacía o pensaba. Y más odió a Manuel cuando lo conoció. Siempre con indirectas hirientes de todo lo que le molestaba de él: que era agrandado, que era mujeriego, que era mentiroso, «si hasta se quitó unos años de encima cuando te conoció, ¿no te acordás?», insistía Patricia. No soportaba que yo, además de todo, tuviera un novio exitoso.
…..Manuel la caló al vuelo y tampoco la quería mucho. Con el tiempo, Patricia fue deponiendo la resistencia y encontramos ciertos gustos en común. Tomamos un curso de fotografía juntas. Después, nos anotamos en clases de yoga, lo que derivó en otras búsquedas, como seminarios de cocina saludable o de cultivos orgánicos. Nos fuimos acercando hasta descubrir que teníamos mucha afinidad y nunca dejamos de estar en contacto. Por eso, además de compartir la drástica noticia con todo el grupo, Patricia me mandó un mensaje privado que decía: «vos esa noche estabas con Manuel, él fue el que tomó la foto». No pudo con su genio, y agregó: «no quiso aparecer en ninguna». Sin duda, una chicana de mi vieja amiga, que siempre trató de hacerme ver que Manuel no era hombre para mí, que no me daba el lugar que yo merecía.
…..Cuando conocí a Manuel no me gustó en absoluto. «Miralo con otros ojos», me decía Virginia. Y le hice caso, y poco a poco me fue ganando. Caí lentamente en la red de gestos cálidos que me halagaban y me contenían. Me pasaba a buscar por la facultad, cocinaba para mí, me elegía la ropa que mejor me sentaba. Terminó de conquistarme esa manera paternal de tratar a mis sobrinos y lo cariñoso que era con mi familia. Cuando se desarmó la casa de Urquiza y me fui a vivir sola, él estuvo en todo. Negoció el alquiler, pintó paredes, restauró muebles, arregló un pequeño jardín en el balcón. Era conmovedor verlo trabajar sin descanso a la par de los albañiles que dirigía. Finalmente, impuso su buen gusto en todo y logró hacer de mi departamento una escenografía del simulacro de lo que sería nuestra vida en común, una página de revista de vanguardia, tan lejos de las bibliotecas hechas con cajones de manzanas de las que estábamos orgullosas cuando estudiantes.
Con el tiempo, sus actitudes protectoras se fueron volviendo asfixiantes. Fui dejando de hacer todo lo que le molestaba para estar disponible para él. Las peleas por celos y su desconfianza eran cada vez más feroces; las rupturas, cada vez más frecuentes y las reconciliaciones duraban poco y nada. Tardé en deshacer los nudos de dependencia que me ataban a Manuel, hasta que todo cayó por su propio peso.
…..Sin embargo, la noticia de su muerte me impactó más de lo esperado. Me parecía increíble que no hubiera quedado una sola imagen de su omnipresencia en el grupo en aquella época. Repasé una y otra vez la foto. Por encima de las cabezas retratadas aparecía el rebote del flash y entonces descubrí —duplicada en el vidrio de la puerta— la mano derecha de Manuel que atravesaba la correa de la cámara. Sondeé el encuadre en busca de más detalles y distinguí, perfectamente nítida, la forma varonil de su cabeza, su pelo oscuro, las entradas de su frente. Ya nada en el entorno tuvo importancia, no pude apartar la mirada del reflejo de Manuel. Antes de borrar el mensaje, cerré los ojos y me dejé acariciar por última vez por las manos expertas del hombre que tomó la foto. Llamé a Virgina, pero no me atendió. Su celular estaba apagado.

 

Virginia

Cuando me llegó el mensaje de Patricia, pensé que era un alivio que Manuel estuviera muerto. No pude creer a lo que había llegado. Ese hombre, tan importante para Mercedes, logró sacar lo peor de mí, convertirme en un monstruo. Pensar que fui la impulsora de ese romance. Mercedes —quizás más intuitiva que yo— sabía que se estaba metiendo en problemas. Después, a la luz de lo que fue pasando, empecé a aconsejarle en contra de Manuel y hasta tuve la hipocresía de sugerirle que lo mejor que podía hacer era dejarlo. Qué egoísta fui, qué bajo caí.
…..Aquel diciembre fue muy movido. Estábamos desocupando la casa de calle Urquiza porque iban a ponerla en venta. Patricia había alquilado un departamento. Adriana, la prima de Patricia, que fue la última en llegar, nunca se integró al grupo y se había mudado hacía unos meses sin dar demasiadas explicaciones. Teresa volvía a su ciudad. Mercedes, recibida y con un buen trabajo, se iba a vivir sola. Yo me casaba a fin de mes. Había muchos motivos para festejar y despedir una etapa; en mi caso, la más feliz de mi vida.
…..Mercedes no estaba acostumbrada a tomar y le pegó mal la cerveza. Entre Manuel y yo la llevamos a su cama. Terminamos de levantar la mesa y de hacer desaparecer los vestigios de la fiesta. Cumplida la tarea, destapamos una última botella y nos pusimos a charlar. Eran las cinco y media de la mañana y Manuel me propuso ir a ver amanecer a la costanera. Me pareció un buen plan. Estacionó en la playa, puso música. Me tomó la mano. Murmuró cuánto le había gustado yo siempre pero nunca se había atrevido a confesarlo y demás preámbulos. Ahora supongo que lo hizo por reflejo condicionado, casi como una obligación moral: si una mujer se sentaba en su coche, tenía que intentar llevársela a la cama. Lo cierto es que terminamos haciendo el amor, si es que a ese juego de incómodas resistencias y avances, movimientos acotados sobre las butacas de cuero reclinadas se le puede llamar amor. Empezaba a clarear. El efecto del alcohol había dado paso al placer irracional y, ahora que se desvanecía, afloraba la sorpresa por la traición. Al menos en mí, que nunca pude perdonarme mi vergonzosa despedida de soltera, porque diez días después, con Mercedes como testigo de civil, me casaba con Martín.
…..Miré de nuevo la foto que acompañaba el mensaje. Después de todo, Patricia había elegido muy bien la imagen que resume la esencia de la historia, el peso específico de aquel momento: los hombres en la suya, hablando entre ellos, ajenos a todo; las mujeres pendientes de Manuel, sonriéndole, coqueteando con él, ocultándonos de él. Todas nosotras atentas al gran ausente en la foto, el dueño de la situación.

De La ventana de Edimburgo, Editorial 400 Golpes, Santa Fe, 2022.

 

 

Mónica Brasca nació en Rafaela, Santa Fe, Argentina. Actualmente reside en la ciudad de Santa Fe. Es traductora de inglés y cuentista. Sus trabajos obtuvieron premios y fueron publicados en numerosas antologías y revistas literarias nacionales e internacionales. Es coordinadora de la sección Minificción hispanoamericana de la revista literaria digital Abisinia Review. Colabora en el taller de ficción breve de la editorial mexicana Ficticia. Publicó el libro de microrrelatos Lugares vedados (Kintsugi Editora, Buenos Aires, 2018) y el libro de cuentos La ventana de Edimburgo (Editorial 400 Golpes, Santa Fe, 2022).

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de una obra del artista español © Juan Carlos Mestre

 

año 3 ǀ núm. 16 ǀ abril – mayo – junio  2023
Etiquetas: , , , , , , , , , , , , Last modified: julio 2, 2023

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