Escrito por: 12:48 am Crítica, Entrevista

Los espejos donde se ve a la muerte trabajando

Entrevista a Jorge Boccanera

 

Por Miguel Martínez Naón

 

Gracias a la Agencia de Noticias Paco Urondo y al poeta Miguel Martínez Naón reproducimos esta entrevista  al poeta y periodista Jorge Boccanera en el marco de la publicación de la Suma Poética Tráfico/Estiba y la concesión del Premio Honorífico «José Lezama Lima» de Casa de las Américas de La Habana, Cuba, 2020.

 

 

 

Hay un aire
que viene de la boca roja del puerto.
Escribamos bailando
una carta de adioses y de regresos
JORGE BOCCANERA

 

El nombre que lleva esta Suma Poética es Tráfico / Estiba, ¿Por qué elegiste ese título? ¿A qué nos remite?

Le doy bastante importancia a los títulos de los libros. En este caso, soy consciente de que el término «tráfico» carga mala fama… negocio ilegal, contrabando, etc. Pero yo exploro sus connotaciones en línea con las correspondencias subterráneas, allí donde transitan las ambigüedades del poema, sus destellos. Y «estiba» remite directamente a la tarea de armado; yo corrijo mucho; a veces tengo hasta veinte versiones de un mismo texto. Ahora justamente estoy escribiendo uno que quizá explique mejor lo que quiero decir:

 

Tráfico estiba

Cargo vuelco descargo
Deslizo tachaduras
Trato de hacer lo propio (me apropio), acopio
copio y acarreo… 
¡Ay la espalda del alma estibando los fardos de palabras!
¡Ay la lengua extraviada entre costales de lo incierto!

 

En diversas entrevistas has contado sobre tus primeros contactos con la poesía, a partir de tu infancia en el puerto de Ingeniero White ¿Cómo fue el tránsito de una infancia vivida entre los barcos de aquel puerto y la llegada a Buenos Aires?

Lo he dicho más de una vez. Mi infancia en White, en Bahía Blanca, estuvo marcada por ese mar con algo de confín, y el tránsito por sus calles de pescadores, marineros, forasteros, camioneros, vendedores ambulantes y personajes del tránsito portuario-tabernario. Y todo aquello me llenaba de interrogantes: emigrantes que hablaban otras lenguas, venían de países desconocidos y de seguro les aguardaba un destino incierto. No tengo duda de que ese puerto con un pasado anarquista y con un corazón de aventura fue el detonante de mis primeros versos. Después, a mis once años,  mi familia se mudó al conurbano bonaerense, y ahí se da un corte. Pasé a una de barrio de ciudad en la que continué escribiendo, pero ya soñaba con ser futbolista o dedicarme a la música (mi Viejo, Roberto, había cantado tangos con dos orquestas de Bahía Blanca con el nombre artístico de «Roberto del Mar), pero pronto, como a muchos jóvenes de mi época, me interesó la política. A la distancia pienso que agarré los buenos años del puerto (hablar del puerto hoy con una petroquímica que lo convirtió en una especie de Chernobyl, sería largo), con mucho movimiento, mucha vida, muchos personajes cruzando el bullicio de las cantinas, los cabarutes, los restaurantes griegos, los cafés y esos corsos populares en los que participaban también los marineros extranjeros que se disfrazaban. Esa época posterior de Buenos Aires, entre más o menos mis diez y mis veinte años, las veo como un interregno entre dos tembladerales: una especie de insularidad en White y el extrañamiento del exilio. Porque ya que en el ’76 me había echado al camino y en el 79 limpiaba barcos en el puerto de Amsterdam con compañeros argentinos exiliados en Holanda, y chilenos y surinameses.

En Buenos Aires, en los años 70 fundaste con otros poetas el grupo «El Ladrillo», ¿Cómo fue esa experiencia?

Muy intensa. Sentíamos que estábamos viviendo un tiempo de cambios profundos que atravesaban la vida, la cultura; en fin, la relación entre la gente, la solidaridad, la experiencia política y la experimentación artística, vale decir: el debate, el diálogo, la interacción entre escritores, pintores, músicos, gente de teatro, y una mirada crítica sobre el devenir social de un país disciplinado «a golpes» (de estado) y palizas económicas a cargo de la especulación financiera. A esa ebullición que implicaba juntarse, militar, dar pasos por fuera de la normativa férrea del sistema, fue a lo que le apuntó la dictadura militar, precedida por los asesinatos de la Triple A.

El «El Ladrillo», que fundamos con el poeta Oscar R. F. García cuando yo estaba en el servicio militar —el pivote del grupo era él, veinte años más grande que el resto, todos jóvenes—, tuvo una composición inusual te diría en el país, ya que lo integrábamos un panadero, una ama de casa, una secretaria, García que era operario en una fábrica de cartón corrugado y yo que trabajaba en una pequeña fundición de aluminio. Como todo grupo por momentos sumó gente y finalmente con los debates internos sobre política o estética, y luego el desbande que provocó la dictadura, quedó formado por aquellos que estábamos definidos ya por el camino literario. Conservo el único número de la revista El Ladrillo que llegamos a sacar en agosto de 1974 con García, Vicente Muleiro, María del Carmen Colombo, Adrián Desiderato y el artista gráfico Jorge Sposari. Lleva un editorial bastante combativo y un lema del manifiesto de Sacerdotes del Tercer Mundo: «No se trata de tener más, sino de ser más en un tener común». En ese número publicamos varios poemas de nuestro amigo Roberto Santoro, desaparecido unos años después.

El grupo hizo publicaciones, lecturas, muestras de poesía gráfica, edición de afiches, juntadas con otros grupos y con intelectuales y artistas varios de distinto palo —Olga Orozco, Cátulo Castillo, Máximo Lubrano Zas, Agustín Cuzani, Michelle Bonefoux, Gelman—; con Juan tuvimos una reunión medio clandestina en 1975 cuando lo perseguía la Triple A y ya estaba por salir del país. Es para contar largo.

Formás parte de una cofradía de poetas (de distintas épocas) que apostaron y apuestan fuertemente a una poética cargada de pasión. Como si hubiesen exprimido toda su experiencia de vida sobre sus páginas. Hablo de Tuñón, de Gelman, de Cardoza y Aragón, de Idea Vilariño, entre muchos otros. Este ímpetu, esta entrega ¿Sentís que sigue vigente entre los poetas más jóvenes, o forma parte del pasado? ¿Por qué? ¿Seguirá siendo posible esa pasión?

Bueno, la palabra «pasión» tiene pétalos de muchos colores; sus significados van del padecer de la crucifixión para los católicos a un ejercicio de vehemencia. La etimología remite a la palabra griega «páthos» y de allí, con algo de esfuerzo semántico, a los elementos del texto que buscan conmover al lector. Creo entender que te referís a la carga emocional del poema, a la intensidad, al afán, al espíritu que lo anima. Y ahí tenés razón, aunque soy consciente de que eso sólo no constituye el poema, ya que interviene también el mundo de las ideas con figuras de pensamiento como «la paradoja» y otras que amplifican los caminos del texto. La pasión o la falta de pasión en los poetas jóvenes es un asunto a estudiar en profundidad. Quizá el tema tenga que ver en la actualidad con el deseo y la ausencia de estímulos que vayan por fuera del mero consumo, y que sí estaban en el horizonte de mi época. Hay que tener en cuenta que el sistema busca modelar individuos neutros, indiferentes, individualistas y fragmentados en sus vínculos afectivos. Lo que los críticos llaman la «subjetividad enajenada». Ahora, ¿podemos hablar de una imaginación domesticada, alienada?

¿Cuáles son las obsesiones que rondan tu poesía?

Es una pregunta compleja porque los ejes temáticos de cada uno vienen en una especie de entramado, pero hay núcleos que persisten, por ejemplo el amor-desamor, una poesía que se interroga a sí misma y una angustia existencial que va de lo íntimo a la coyuntura social. Aunque hilando más fino te diría que se discurre sobre lo que transcurre, que fuera de un mero juego de palabras me llevan a la idea de que la poesía tiene un único núcleo: el tiempo, la finitud, o como dijo Bacon, los espejos donde se ve a la muerte trabajando.

Leyendo algunos poemas tuyos como «Los milongueros», «Marimba» u «Oración para un extranjero» noto una impronta tanguera que impregna toda tu obra; una relación subterránea y familiar con el tango. Si es así ¿De dónde proviene? ¿Nunca pensaste en escribir tangos?

Sí. Sí. Entre las canciones que hice compuse algunos tangos. Con mi hermano Marcelo, con Alejandro del Prado, con Raúl Carnota; a «Los Milongueros» le puso música Carlos Porcel de Peralta, con quien hicimos «Será posible el sur». Lejos de ser algo ocasional, el tema de la canción en mi caso está enhebrado a la respiración del texto, al fraseo, al ritmo, la cadencia, que para mí es, lejos de la recitación, la oratoria o la altisonancia, parte sustancial del poema. Eso viene de los cancioneros que leí en mi infancia como El Alma que Canta y el Cantaclaro —las coleccionaba mi Viejo el cantor— junto a las revistas de historietas desparramadas en la mesa de revistas de la peluquería de mi abuelo.

Hubo entonces una frecuentación de poetas de la canción entre tus lecturas y sonidos iniciales…

Exacto. Entre los poetas que me formaron, que me influyeron, hay muchos que vienen del ambiente festivo de mi casa, donde juntarse era sinónimo de «cantata». Por ese coro familiar pasaban temas de Manuel J. Castilla, Homero Manzi, Ariel Petrocelli, Discépolo, Tejada Gómez, Cátulo Castillo, Homero Expósito (a estos tres últimos los llegué a conocer en los 70).  El hecho de que varios de estos poetas —de Atahualpa a Spinetta— figuren desde hace rato en las más serias antologías de poesía argentina, marcan una diferencia con el resto de la región, respecto al lugar que le otorgamos al poeta de la canción. No pasa lo mismo en compilaciones de otros países latinoamericanos, salvo contadísimos ejemplos en Chile (Violeta Parra y más acá en el tiempo  Mauricio Redolés, pero no aparece mucho la figura Patricio Manns), o en Brasil (desde ya Vinicius de Moraes y más acá en el tiempo, Fernando Brant). En Argentina hasta Borges se metió en la canción, ahí están sus milongas en un trabajo —a veces a regañadientes— con Piazzolla; y los discos de Gelman con el «Tata» Cedrón. Pero además María Elena Walsh, Mario Trejo, Nicolás Olivari, Juan Carlos Lamadrid, y una larga retahíla de nombres que llegan a Raúl Carnota, Jorge Fandermole o al Indio Solari, entre tantos. La presencia e importancia de auténticos poetas de la canción. Ahí están además las obras de Bob Dylan, Silvio Rodríguez y Leonard Cohen.

El hecho de haberte exiliado por tierra, durante la última dictadura cívico-militar, de cruzar a pie otros países siendo tan joven, te permitió conocer y establecer una relación de profunda amistad con muchos poetas, y también en ese itinerario recibiste el premio Casa de las Américas ¿Cómo viviste ese contraste, ese contrapunto, entre la Argentina de los verdugos y aquella América que ibas descubriendo y abrazando, y en la que al mismo tiempo te iban conociendo como poeta?

Es difícil abreviar una experiencia que lleva cuarenta años, porque ese viaje aún, para mí, no termina. Podría decir que a medida que fui descubriendo el resto de América Latina —el viaje a México del 76 lo hice a dedo y me llevó seis meses— me fui descubriendo. Y ese adentrarse en otros países, su historia, su vida cotidiana, sus paisajes, su peculiaridad lingüística, sus alegrías y tristezas, me nutrió y por ende pasó no solo a mi poesía, sino a mi vida en general. Tu frase «siendo tan joven», me permite hacer una referencia sobre el tema etario, que conversé con un exiliado emblemático Augusto Roa Bastos, que también se fue joven de su país. Porque no es lo mismo el destierro de una persona ya formada y con medio siglo encima, que un veinteañero en formación, como era mi caso. No es que eso aflojara el torniquete de la nostalgia, pero te pone en otro lugar. Sobre el contrapunto entre una América Latina a descubrir y una Argentina ocupada por asesinos, qué decir, la explicación sale sobrando. Como también la polémica que se pretendió instalar entre exiliados internos y externos. Afuera siempre fuimos conscientes que los peligros y la vida dura padecida por los compatriotas que vivían adentro, por eso valorábamos cada acto de resistencia. Respecto al premio Casa,  debo decir que me abrió espacios que aproveché, como otros exiliados, para denunciar las desapariciones, las torturas de tantos compañeros.

Suma Poética hoy se encuentra disponible en las librerías bajo el sello de Hemisferio Derecho ¿Cómo fue este proceso de edición? ¿Se puede decir que es tu obra completa?

No tenía en la cabeza sacar una reunión de mis libros publicados; me convenció el poeta, editor y librero bahiense Diego Rosake, a través de su trato y su sabiduría temprana. También su paciencia, ya que nos tardamos cuatro o cinco años entre idas y vueltas, correcciones, etc. La de Hemisferio Derecho es una apuesta fuerte —y de riesgo, en estos tiempos tan difíciles para la industria editorial— que agradezco, ya que se trata de una edición cuidada. Todo el mérito es de Diego. Y me emociona que esta antología aparezca en el lugar donde nací. Sobre la última parte de tu pregunta, siento que el rótulo de «Obra Completa» indica un cierre, un «hasta aquí»; por eso preferí «Suma Poética», porque ya estoy escribiendo un nuevo libro.

¿Estás trabajando sobre otros proyectos?

A mí cada libro me lleva años, no soy de resolución rápida ni tengo la capacidad de trabajar con la presión de una fecha de entrega.  Además tengo el defecto de que escribo varios libros a la vez. Hecha esta salvedad te confieso que hace más de una década estoy escribiendo un libro sobre un García Lorca inmerso en el ámbito latinoamericano y un ensayo sobre las voces de ruptura de la poesía de nuestra América, algunas tan poco conocidas entre nosotros. Este trabajo recoge mucho de las clases que di en la Universidad Nacional de San Martín durante diez y seis años. También estoy corrigiendo un nuevo libro de poesía y tengo en escabeche algunos borradores que aspiran a concretarse en novelas cortas y piezas de teatro. Y por si fuera poco, como dicen los vendedores ambulantes que suben a los trenes, por el mismo precio intento una crónica de viajes que se inicia justamente el día que salí de Argentina en junio de 1976 y que, como te dije, siento que no ha terminado.

 

Publicado por primera vez en la Agencia Paco Urondo, 25.04.2020

 

 

Jorge Boccanera (Bahía Blanca – Argentina, 1952). Poeta, crítico y periodista. Su extensa obra poética, que comenzó a publicar en 1973, se expresa en varias antologías: «Marimba», de 1986; «Servicios de insomnio«, de 2005; «Tambor de jadeo», de 2009; «Libro del errante», de 2009; «Sombra de dos lugares», de 2009; y «Cartas de nadie a nunca», de 2013. Obtuvo numerosos premios, entre ellos el Casa de las Américas de Cuba, en 1976; el Nacional de Poesía Joven de México, en 1977; el Premio Internacional «Camaiore» de Italia, en 2008; el premio Casa de América de España, en 2008; el Internacional de Poesía «Ramón López Velarde», en 2012; y el Premio a la trayectoria «Rosa de cobre», otorgado por la Biblioteca Nacional en 2014. También es autor de prólogos y estudios sobre Raúl González Tuñón, Federico García Lorca, Augusto Roa Bastos, Ernesto Cardenal, Pablo Neruda y Juan Gelman. Impartió cursos, charlas y seminarios en universidades de diversos países de América Latina y España. Fotografía: José Ángel Leyva.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una fotografía tomada por Fredy Yezzed

 

año 1 ǀ núm. 2 ǀ noviembre – diciembre 2020
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