Written by 3:40 am Crónica, Narrativa

El dolor de volver

David Lara Ramos

 

El dolor de volver es la crónica que da título al último libro del escritor colombiano David Lara Ramos. Nos narra la historia de Rafael Fuentes, un desplazado del conflicto armado de Colombia que vuelve a su tierra en busca de ese lugar que abandonó. Con este texto Abisinia Review inaugura su sección de Crónica y le da la bienvenida a David Lara Ramos como editor de este género.

 

 

 

 

 

 

En 2010, Rafael Fuentes regresó a su tierra, luego de ocho años como desplazado. Al llegar al mismo lugar que abandonó, buscó su casa, pero lo único que encontró fueron pedazos de láminas de zinc oxidadas; el corral donde encerraba sus bestias estaba cubierto de maleza; los senderos que conducían a su roza se habían borrado, y repetía ofuscado: «Por aquí había uno, y por acá otro»; igual sucedió con las guardarrayas a lado y lado de las cercas.
…..Se quedó en silencio por un instante, y recorrió con sus ojos ese espacio. Exhaló y soltó en voz baja un: «¡Carajo!», como intentando hallar la razón de su desconcierto.
…..Le sacó un nuevo filo al machete y comenzó a limpiar la maleza, la que con fuerza fue acomodando con su gancho a un costado del terreno. Con cada machetazo que daba, además de ir aclarando el terreno, iban apareciendo pedazos de objetos que construían recuerdos guardados en su mente. Hierros oxidados de una mecedora, las piedras de un viejo fogón, pedazos de una tinaja. Se dio cuenta de que ese retorno que iniciaba, también traía sus pesares. «Lo golpea fuerte compañero —dice— uno sufre aquí dos dolores: el dolor cuando se tiene que ir, y el dolor de volver». Se queda pensando, y al instante sentencia: «Ni sabe uno cuál de los dos es peor».
…..Al final de la tarde, Rafael había limpiado «un buen pedazo», como explica, gracias a la ayuda de otros amigos cercanos que retornaron con él. «En ese claro, colocamos las pocas pertenencias que trajimos: las hamacas, las ollas, los cántaros de agua, las herramientas, y ahí nos sentamos a reposar. Hicimos unos cambuches para pasar la noche, mientras pensábamos en cómo levantar la casa otra vez».
…..Lo que Rafael relata después, lo cuenta en voz baja como si quisiera que nadie se enterara de sus pesares: «En la noche, compañero, prendía un mechón, me iba aparte, me agachaba y comenzaba a tocar el suelo con las manos… ¿Qué hacía? —él mismo se pregunta y responde sin interrupciones—: buscando los cimientos de la vieja casa, y nada que los encontraba. Así me la pasé tres noches seguidas, hasta que me tropecé con una piedra del cimiento, y ahí comencé a poner unas estacas. Sobre esos cimientos que encontré construimos esta nueva casa, que es un mocho de casa, como digo, porque no tiene las mismas comodidades, ni es tan amplia como la vieja, pero aquí podemos vivir ahora que hemos retornado».

 

«Cuando esa carta vil nos llegó…»

La nueva casa de Rafael tiene dos pequeños cuartos, uno donde duerme con su esposa Neyla, y otro que usa de acuerdo a las circunstancias: «Viene una visita y ahí se queda, o los nietos que se pasan una temporada con nosotros; también guardo las herramientas… es para todo». Al salir de los cuartos, hay un hall cubierto de láminas de zinc. No hay paredes. Es una especie de sala con dos sillas de aluminio, un taburete, una mecedora, un mueble viejo, y dos sillas plásticas azules. El hall se une con la cocina, que Neyla mantiene en impecable orden y limpieza. Al final, un fogón de leña. A un costado, hay dos grandes tanques que recogen agua lluvia, alimentados por un canal que baja del techo.
…..Rafael tiene 77 años. Mide 1.78 metros de estatura. Su piel es blanca, ahora oscurecida por pecas morenas en manos y brazos. Su voz es fuerte y recia. En medio del silencio del campo, retumba como si estuviera amplificada. Neyla dice tener como 10 años menos que Rafael, su voz es suave y delicada, y sus palabras, por muy tristes o dramáticas que sean, van siempre acompañadas de una suave sonrisa que tranquiliza. Mide 1.66 metros de estatura, su piel es café oscuro. Profesa un profundo amor y respeto por Rafael, a quien dice admirar por ser muy inteligente, respetuoso y trabajador. Neyla tiene claro que ni los males del conflicto pudieron reducir sus fuerzas. «El señor (lo llama así) es muy valiente, un hombre fuerte, lo que pasa es que cuando vinieron los hombres armados por aquí, nos cogieron en una edad que ya uno no está para problemas y nos tocó irnos», aclara Neyla con ese discurso sonriente que mantiene.
…..En 2002, el nombre de Rafael apareció en una lista, cuyas copias se regaron por toda la región de Guamanga, vereda del Carmen de Bolívar, al norte del Caribe colombiano. En el documento, firmado por el grupo armado ilegal, Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, se establecía que los enlistados debían salir de esa tierra. El mensaje, en los códigos del conflicto armado que ha vivido el país, significaba el abandono inmediato del lugar o la muerte. «Es que teníamos que irnos —dice Neyla—porque vea, ya habían matado a unos vecinos de aquí mismo, inocentes. ¿Es que acaso usted se va a poner a pelear con hombres armados? Las armas que uno tiene… si acaso un machete pa’ picá’ (cortar) el monte, eso no es suficiente, ellos portando toda clase de armamento de combate, estábamos en desventaja… Si los uniformados entran en su tierra, ¿Qué puede hacer uno? Dígame, la verdad es que en esta guerra uno ha llevado la peor parte y cuando esa carta vil nos llegó, tuvimos que salir».
…..Le pido que me aclare cómo era la situación en la zona y quiénes eran los actores armados, y su discurso se llena de generalidades y evasivas, como si pusiera en funcionamiento una forma de protección aprendida. Rafael, mira a su mujer y agacha la cabeza como quien ha comprendido una señal: «Qué le digo compañero, era una situación insostenible, nos fuimos por la inseguridad que ya estaba insoportable, y se nos dio un término no tan prudente para que desalojáramos este lugar. Decían que todo aquel que tenía una lancha para transportarse, como teníamos nosotros en la cooperativa de ganaderos, éramos colaboradores de los grupos indeseables. Eso obligó, no sé a quiénes y a quién, gente uniformada, eso sí, a dar esa orden de desalojo inaplazable, así fue la cosa compañero, y nos tocó salir».
…..Rafael recogió lo que pudo y se fue con su mujer, hacia el municipio de María la Baja. «Dejamos las gallinas, los muebles, los puercos, las vacas, la casa, los cultivos. Todo lo que habíamos construido Neyla y yo, en más de 50 años se perdió, se lo robaron… fue terrible, salimos, eso sí, sanos, con nuestras vidas, que eso cuenta mucho», remata Rafael con su tono grave y elocuente.
…..Durante esos ocho años como desplazado, Rafael asegura que pasó como esos perros que no tienen dueño: «De un lado para otro, comiendo cualquier cosa, durmiendo donde se pudiera. Estábamos en un pueblo, que a pesar de ser el nuestro, no teníamos nada qué hacer en él. Usted me puede preguntar ¿Qué hice en 8 años?». Se queda pensativo, y repite una frase que usa con frecuencia al iniciar su discurso: «Ahora verá usted compañero». Y enseguida plantea una reflexión sobre perder o ganar. Dice que ocho años es mucho y es poco para perder o ganar, que todo depende de la vida, que en ocho años se pueden hacer o no hacer las cosas, o se pueden perder o ganar esas mismas cosas. Que si él hubiera hecho mucho, sería bueno, pero si no hizo nada, entonces fueron ocho años perdidos. ¿Qué perdió entonces en esos ocho años? —le pregunto, tratando de ser coherente con sus reflexiones— y responde: «Ahora verá usted compañero… Hasta la juventud, que tenía todavía un poco, la perdí por completo. Allá en María la Baja nos abrieron sus casas el compadre Sacramento, Ismael, Jesús Manuel, muy queridos, y ahí vivimos como dos años, porque la cosa nada que se componía por estos sectores. El clero nos ayudó después, y los padres nos regalaron una casa chiquita en San José de la Pradera, y ahí nos metimos. Eso era como unos cambuches. Ahí pensé, que hay algunos delincuentes, que le dan la casa por cárcel, y a nosotros sin haber cometido delito, nos dieron fue una cárcel por casa. En esos cambuches estábamos muy limitados, a dormir apretados, fueron años de mucho sufrimiento, hasta que en 2010, la cosa medio se compuso, y nos dimos a la tarea de regresar, y aquí estamos, compañero, ya organizados, empezando de nuevo».

 

«Ahora que no tenga na… me como la mierda seca»

Al llegar la noche, Rafael coloca tres mechones en la casa. Uno, muy cerca del fogón donde se cocina un caldero de arroz blanco, otro, cerca de una mesa donde conversamos y un último, en el mesón de la cocina donde Neyla coloca algunos utensilios. La oscuridad es tan espesa que es imposible ver más allá del perímetro de la casa. Neyla ofrece un plato de arroz blanco, con huevos criollos y un vaso grande de agua de panela con limónmandarina.
…..«Va a llover esta noche», asegura Rafael, mirando hacia un cielo que no puede ver, pero lo huele con certeza. «Es lluvia lo que va a caer compañero, así que vamos a prepararnos».
…..Rafael rememora historias de abundancia que reconstruye con un pesar que la noche acentúa. Las luces de los mechones crean una atmósfera mística, y su voz, que en el día sonaba fuerte y ceremoniosa, es arrastrada ahora por un pesar que es mejor acompañar de silencios: «Aquí sacaba cinco cántaros de leche diarios, en épocas de verano la cooperativa me daba una bonificación porque ponía más leche en verano que en invierno, eran los pastos que yo tenía, eran una bendición por aquí. Un ganao (vacas) seleccionado. Trabajamos con Manuel Domingo, que nos ayudó en todo para conformar la cooperativa, era un gran ganadero. Tuvo que vender una finca al Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, INCORA, porque tenía muchas tierras. Vendió la finca Versalles, que era tan grande que pegaba con las calles de María la Baja. Cuando el INCORA se dio cuenta que nosotros estábamos trabajando la tierra, optó por titularlas y seguimos progresando. De una canoa que teníamos, pasamos a uno de esos que llaman johnson, con motor, y ahí cargábamos hasta 17 calambucos de leche entre todos los vecinos de por aquí. Salían 20 niños al colegio, diariamente, sin pagar un solo peso. Duramos más de 25 años con ese transporte gratis para que los niños fueran a sus colegios, allá en Guamanga Abajo. Eso lo hicimos desde 1972, hasta que el profesor de por aquí, lo amenazaron de muerte, y se tuvo que ir, como nosotros, era un tipo instruido en distintos asuntos, un tipo que también retornó con nosotros».
…..Para llegar a esa región que Rafael llama Guamanga Abajo, hay que atravesar la represa de Playón, la que en los años setenta, inundó el pueblo de Palo Alto, y sus moradores se fueron a vivir cerca al corregimiento de Playón, y formaron un sector que es conocido hoy como Paloaltico. En Guamanga Abajo, quedaba el colegio que, diariamente, recibía a más de 30 niños. El profesor abandonó el colegio, cuando recibió el anuncio de que lo iban a matar si seguía enseñando.
…..En ese mismo lugar donde el profesor daba sus clases, se ven los hierros retorcidos de los pupitres, cubiertos de óxido, monte y maleza. Al escarbar la zona, parece estar uno en medio de un ejercicio arqueológico, en busca de los restos de una escuela que fue arrasada por la violencia y que dejó sin rumbo el futuro de un grupo de niños y niñas de la región.
…..En el suelo de la tierra de Rafael, también puede uno ver la cosecha de mango esparcida por todos lados, en particular una especie enorme a la que Rafael llama «bota». Según su relato, «el bota» llegó a la zona hace más de 25 años, cuando un médico apareció con un grupo de esos mangos, y sembró las semillas en su tierra. Rafael comenta que todos esos mangos se pierden: «Es que con lo difícil y costoso que es sacar los productos, el campesino prefiere que se pierdan en el suelo. Así pasa con los aguacates, el melón, la patilla. La gente a veces los lleva al mercado de Cartagena, pero allí quieren pagar 500 pesos por un aguacate grande, así, ellos son los únicos que ganan, uno les explica que no se puede en ese precio, porque el transporte cuesta, porque uno es el que se jode trabajando la tierra, pero ellos no entienden, y le dicen que si no es a 500 que se los lleve de vuelta, y uno qué va a hacer con esos aguacates, o esos mangos, mejor que se pierdan», asegura Rafael.
…..Rafael, guiado por el pesar que le produce la conversación, recuerda que él se la pasaba llevando sus pocas vacas de una finca a otra en busca de mejores pastos. Componía en esos traslados de ganado, alegres cantos de vaquería que hoy amolda a los tiempos de escases: «Aeee, aheee… Cuando yo tenía mi ganaiiito, aheee, cuando yo tenía mi ganaito, me comía la mejor presa… aheee, ehaaa… y ahora que no tenga na… ahee, aheee… ahora que no tenga naaa… me como la mierda seca… aheee, aheee…».

 

«No se preocupe compañero, que la lluvia es bendición»

La noche avanza y Rafael comienza a organizar la dormida. Cuelga una hamaca en medio de dos de los horcones que dan sustento al techo y deja un mechón encendido en el mesón de la cocina. Camina hacia su cuarto acompañado de su mujer y se vuelve para comentarme que lo más probable es que llueva. Vuelve a anudar las cuerdas de la hamaca y se sienta en ella para probar que esté bien asegurada.
…..Sentado, me cuenta que cuando llueve la culebra se queda quieta, así que debo estar tranquilo. Le pregunto, si hay mucha culebra en el lugar, y responde: «Carajo, la cantidad de culebras que matamos el día que volvimos. Es que eso por aquí es muy común, hay de toda clase de culebras, compañero. A Mane Torres, vecino de Guamanga Abajo, una mapaná blanca le picó a un burro y ahí lo encontraron botando sangre por la nariz. Hace años, a una señora que estaba recogiendo arroz, una culebra se le quedó pegada en una pierna y la señora se murió, si se hubiera llevado rápido para Cartagena se habría salvado, pero por aquí la gente está atenida al curandero. Vea compañero, usted no se preocupe, yo he tenido bastante experiencias con culebras.
…..«He hecho mis contras y he salvado a mis animales. A un perro que yo tenía le picó una mapaná blanca y se estaba hinchando todo, estaba débil que ni podía caminar, entonces compañero, cogí unos limones, una picadura de hierbas de las de antes, lo mezclé con ñeque (alcohol) y sal y se lo puse en la herida y se salvó. Es que mientras el alma esté en el cuerpo, hay que hacer lo que se pueda para mantenerla adentro, pero vea usted, las plantas medicinales que uno usaba se han muerto con tanto químico, y con tanta fumigación de los cultivos, en especial los de palma. A veces esas contras que uno se inventa no funcionan. Cuando nosotros regresamos, matamos más de doscientas culebras, todas están enterradas aquí en este patio, así que eso también las ahuyenta, créame usted compañero, así que duerma tranquilo».
…..Rafael apaga el mechón que está en el mesón de la cocina, prende una pequeña linterna con la que se alumbra para llegar a su cuarto. Las centellas comienzan a iluminar la noche. Aparece el aguacero que golpea fuerte las láminas de zinc del techo. «No se preocupe compañero, que la lluvia es bendición», me grita Rafael desde su cuarto, iluminado con la luz de su linterna.

 

«Duele hasta no morir a tiempo»

Rafael espera que a final de año, todas sus matas de palma africana den sus frutos. Hace tres años, se le propuso que comenzara ese cultivo, que cada vez más se extiende hacia las partes altas de los Montes de María. «Ya todo el bajo de la región está cultivado de Palma —dice Rafael— ahora vienen subiendo por la montaña. Fue un cultivo que casi se nos hizo obligatorio al estar aquí, porque se nos ofreció una ayuda. Cultivé cinco hectáreas, pero entre dos compañeros más que también regresaron, suman 15 hectáreas. Ellos comenzaron primero a sembrar y ya están recogiendo, pero no tengo prisa, porque en carrera larga no hay ventaja». Desde las orillas de la represa de Playón, hasta Guamanga Abajo, el único cultivo que se ve es palma, un cultivo que ha generado todas las críticas, en especial porque pone en riesgo la seguridad alimentaria de la región, tales críticas también las ha escuchado Rafael: «Lo que pasa es lo siguiente compañero, uno regresó, y no tenía nada, aquí se presentó gente ofreciendo ayuda y préstamos para sembrar palma y no nos quedó otra opción sino sembrar palma».
…..En la zona se habla de Murgas como el gran benefactor de los campesinos. Murgas, según relata Rafael, consiguió créditos a bajo costo a través de Davivienda. Rafael prestó 36 millones que comenzará a pagar cuando recoja los primeros frutos de su cultivo, quizá a final de año. «El Gobierno subsidia el 40% del préstamo, ese subsidio es para los pequeños palmeros. Gente desplazada que ha retornado, gente sufrida, de todo tipo, como nosotros», dice Rafael entre la seguridad y la resignación.
…..Al dialogar con algunos moradores, muestran su descontento porque consideran que la palma arruina la tierra y no están de acuerdo con lo que hizo la comunidad. «Nosotros no teníamos otra cosa que hacer—aclara Rafael— porque eso de cultivar yuca, ñame, ha aumentado el número de pobres en Colombia, la agricultura tradicional es la que ha levantado la pobreza, y lo otro es que el Gobierno no aparta nada, por aquí vinieron con el cuento de los cultivos de cacao, y le hicimos caso, pero nunca volvieron ni a capacitar, ni sabe uno cómo va a vender ese cacao, ni nada, porque es un cultivo descuidado, sin atención del Gobierno, vea, del cacao que yo cultivé, no he comprado ni una libra de arroz, imagínese usted. Fíjese usted lo que hicieron las corbatas ilustradas del Gobierno pasado con el Agro Ingreso Seguro, no fue plata para los campesinos, sino para la clase más alta del país, si se la hubieran dado a los campesinos otra cosa sería. En cambio estos programas de la palma son permanentes, con capacitaciones, con fumigaciones, de todo, es un trabajo vigilado, supervisado, y esperamos entonces que vengan las ganancias, mientras tanto seguimos leyendo, sembrando una que otra mata de yuca para consumo, unas maticas de ajíes, y seguir esperando a que crezca la palma».
…..Rafael también espera la decisión de un proceso penal por desplazamiento forzado, el cual, está seguro, reparará los daños causados por el conflicto. «Eso sé que es en la Fiscalía de Cartagena, yo denuncié mi caso, después me llamaron para que hiciera unas declaraciones, dije todo lo que había perdido, más de setenta y cinco reses, los corrales, un rebaño de chivos, las cercas, los alambres, un bote que nos quemaron los uniformados indeseables. Era miembro de la cooperativa de ganaderos de Cartagena, con todos esos documentos, hice la denuncia, y después me pidieron otra cantidad de papeles para probar todo lo que yo decía. Hasta me felicitaron porque llevé todo los papeles que me pidieron: cartas de los veterinarios que me asistieron como ganadero, certificados de vacunación, cartas de conocidos… Ojalá ese proceso pueda reconocerme algo, pero lo que se perdió en ese entonces, compañero, ya no se recupera jamás, el respeto de los vecinos, la juventud, los planes que teníamos, la tranquilidad, la paz, las viejas amistades que se fueron y jamás volvimos a ver, los amigos y vecinos que mataron y que estaban en la lista de la salida forzada… Eso ya no se recupera, dígame usted si no es así compañero».
…..Rafael va bajando su voz, como si se tratara de una música que se va apagando, y lanza una sentencia final que se escucha suave en medio de la silenciosa mañana: «Duele hasta no morir a tiempo». Se frota sus manos para darse un poco de calor, y con su potente vozarrón pregunta: « ¿Quiere un café, compañero?». Se dirige a la cocina en busca de unos palos secos, que selecciona de una carga de leña que hay debajo de la estufa. Me gustaría saber qué es morir a tiempo, maestro Rafael, le digo, para retomar esa conversación que él ha dejado como finalizada. «Hay cosas, porque morir asesinado, no es fecha, se podría pensar si habría sido mejor otro camino… Hay una frase que dice que el dolor es peor que la muerte, es como una charada, porque si me va a tocar vivir con todas la dificultades para luego morir, uno se habría ahorrado tantos pesares».
…..Hay mucho dolor, le comento a Rafael en medio de su discurso. Él con pesar, me dice que todas estas historias le recuerdan un relato que es su preferido: «Son unos versos que leí en un periódico y la verdad me gustó la historia de ese personaje, es sobre un actor, tocayo suyo, David Garrick, que hacía reír a todo el mundo pero él no era feliz. Un día, fue al médico, y el médico le dijo, lea un libro, y Garrick le decía, he leído muchos, y el médico le dice viaje, ame a una mujer, y el paciente respondía que ya todo lo había hecho, ya preocupado, el médico le dice, entonces será que es usted pobre, y le dice, no, estoy lleno de riquezas, el médico desesperado porque no hallaba qué recomendarle, le dice vaya al teatro y vea a Garrick, que tiene mucha gracia y hace reír. Entonces él le dice, eso no me va a curar porque Garrick soy yo… ‘Cambiadme la recete’… esos son versos de grandes poetas», finaliza Rafael, con una risa larga y sonora.
…..La historia es contada en versos por el poeta mexicano Juan de Dios Peza, en el trabajo titulado Reír llorando, prometo, para un próximo encuentro, buscar el poema y traérselo a su casa, él agradece, y yo le pregunto, por qué le gusta tanto esa historia. Se queda en silencio, y con su mano derecha me hace una señal de silencio. «Allá viene sonando un motor, esa puede ser su lancha de regreso a Cartagena», me dice. Le recuerdo mi pregunta, y responde: «Es que estamos llenos de pesares compañero, hemos visto tantas injusticias con nosotros, tantas miserias humanas, que uno no sabe para dónde coger. Y ahora, fíjese esto que ha visto usted compañero, es terrible, regresar y encontrarse uno con tantos malos recuerdos por aquí, eso también da dolor».
…..El ruido del motor de la lancha es cada vez más cercano. Por una de las mangas de la represa aparece la embarcación hasta tocar la orilla. Me despido de Rafael con la promesa de regresar a traerle su poema sobre Garrick, me dice que la palabra es de quien la empeña y me regala su última sonrisa. Me embarco, y la lancha arranca enseguida. Lo veo solo en la orilla, con la inmensidad del paisaje a sus espaldas. Le digo adiós con la mano. Alcanzo a escucharlo con ese vozarrón amplificado: «Yo soy Garrick… Cambiadme la receta».

De El dolor de volver, crónicas. Editorial Collage, Bogotá, 2017.

 

 

 


David Lara Ramos es escritor, periodista y reportero gráfico. Abogado. Magister en Cultura y Desarrollo. Columnista del portal las2orillas.com. Fue editor de Dominical, suplemento literario de El Universal de Cartagena. Ganó el premio internacional de traducción literaria, organizado por la Universidad de Extremadura en España. Premio Nacional de Periodismo Ernesto McCausland. Recibió la beca de investigación periodística otorgada por la FNPI, hoy Fundación Gabo. Docente de narrativas de la Universidad de Cartagena y director del taller de escritura creativa Cuento y crónica. Ha publicado los libros de crónicas El dolor de volver (2017) y Pasa la voz, queda la palabra (2011). Sus textos han sido publicados en medios como Malpensante, Vice, Semana, El Heraldo, El Tiempo, El Espectador, entre otros. En 2020, ganó el premio de Crónicas de la Red Nacional de Talleres Relata, con el trabajo Cantos y luchas del sembrador.

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de un fragmento de la obra red and black de © Jorge Eduardo Eielson. Agradecemos a Martha L. Canfield, presidenta Centro Studi Jorge Eielson, Florencia, Italia.

 

año 1 ǀ núm. 7 ǀ septiembre – octubre  2021
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