Written by 3:37 am Narrativa, Novela

Ayer terminará mañana

Santiago José Sepúlveda Montenegro

 

Tenemos el gusto de compartir el capítulo Ocho de la novela Ayer terminará mañana (Editorial Escarabajo, Bogotá, 2017) del escritor Santiago José Sepúlveda Montenegro (1991), quien, además, es librero y gestor cultural, magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Según Juan Diego Mejía: “Ayer terminará mañana es la obra delicada de Santiago Sepúlveda sobre la que ha reflexionado durante años. Un juego de tiempos y hechos que viajan de una época a otra, del pasado al futuro, como un hilo invisible que une a los hombres con sus antepasados. Una bella novela escrita con la fuerza de quienes marcaron las piedras con pinturas de denuncia y con la ternura del que hereda una causa y decide dotarla de poesía”.

 

 

 

Ocho

Reviso mis archivos. La literatura tiene la costumbre de hablar de lo plural desde lo singular. Cuando se habla de la soledad de un hombre, se habla de la soledad más que del hombre. La vida puede resumirse en un acto significativo porque la literatura está libre del tiempo que marchita la piel de las flores y de los humanos. En la escritura encuentro refugio, un refugio íntimo, y es allí donde hallo la libertad de las palabras con las que construyo el mundo. Es allí donde me pregunto por la Historia y por el tiempo. Entre mis papeles hay un pequeño escrito. Dice:
Caminé durante años para recorrer todos los caminos,
una pretenciosa búsqueda de lo que nunca había podido encontrar.
Dormí en todas las casas, comí de todas las cocinas,
supe del nombre de todas las cosas y caminé entre legos y sacerdotes.
Aprendí el color de todas las flores y toqué la corteza de todos los árboles.
Transformé todas mis dudas en certezas y dudé una vez más de cada una de ellas.
Mi piel se formó de sol y lluvia, enfermé y sané mil veces.
Besé todas las bocas.
Recé en todos los templos y adoré a todos los dioses.
Fui inmortal hasta que supe de la muerte.
Destrocé ciudades enteras, construí los mayores imperios.
Lo hice todo.
Todo estuvo bajo mis pies y a todo renuncié.
En mi jardín las flores se siguen marchitando.

 

Ana

Verá la cima desde la entrada del Peñón. Se detendrá junto a Víctor, sintiendo vértigo por el vasto horizonte a sus pies. Ana descargará su maleta y sacará las botellas de agua. Tomará un poco. Guardará las cobijas entre las grietas y colgará los binoculares de una de ellas. David mirará alrededor. Ve a Carlos adentrarse en el bosque con los perros, en dirección a las torres de ladrillo entre los árboles. En el bosque hay leña seca. Irá por ella para poder encender una fogata en la noche.
…..Ana se sentará con Víctor a mirar el paisaje, aquel horizonte de pinos, ganado, invernaderos y cabañas. Cerrará los ojos para sentir cómo sopla el viento, cómo suena entre las grietas y cómo puede, pese a tener los ojos cerrados, sentir la inmensidad de lo que les rodea. El aire huele distinto allí arriba, el sol calienta con cariño, como si fuera una caricia, a diferencia de como lo hace en Bogotá. Aquella sensación de paz calmará a Ana, que respira ahora con un ritmo lento, permitiendo al aire recorrerle los pulmones cuidadosamente, cargado del olor de los pinos y de las flores, de la frescura del río y las rocas.
…..Se concentrará en esas sensaciones tan antiguas como el hombre, olvidándose del tiempo y del Peñón. Tan solo sentirá su cuerpo en el mundo. Entonces imaginará a su bisabuela vestida de ruana y sombrero, azadón en mano y alpargatas, arando la tierra, plantándola, regando la huerta, recolectando. Sentirá sus manos gruesas, sus arrugas, la textura de la tierra impregnada en la piel. Recordará su olor a leña y la tranquilidad de abrazar aquel cuerpo entre sus pequeños brazos de niña.
…..Pero el viento dejará de soplar y Ana recordará el desplazamiento, recordará a su bisabuela llevando a su hija bajo la ruana, pisando el suelo de cemento con sus alpargatas, sin azadón ni tierra que cultivar. Abrirá los ojos. Víctor está asomado al borde del Peñón. Lo agarrará de la chaqueta y le dirá, Ten cuidado. Víctor la invitará a mirar. Ana gateará hacia el borde. Allí hay una piedra que sobresale. Víctor querrá bajar. ¿Prometes no acercarte al vacío?, preguntará Ana. Lo prometo, responderá él. Ana bajará con cuidado y recibirá a Víctor en brazos para ponerlo sobre la roca. Lo sentará entre sus piernas para cuidarlo.
…..Las nubes se mueven con lentitud, los pinos bailan con el viento y el agua de la quebrada brilla entre los arbustos. Verá entonces una pequeña polvareda que avanza por el camino de tierra. Toma los binoculares. Ya vienen. Es una mancha verde que se detiene frente a la cabaña. Dos hombres se acercan a la puerta, la patean. Entran con sus armas en alto. Arrojan fuera de la cabaña libros, ropa. Ana no escucha ningún sonido. Los ve manoteando, esculcando bajo las órdenes del comandante. Uno de los hombres saca unos binoculares verdes y mira hacia el Peñón. Ana se agachará cubriendo a Víctor como si la mirada del hombre fuese un disparo, como si fuese la muerte misma.

 

Chaicu

Panichota se separó de él después de pasar la entrada. Chaicu fue hacia la hoguera de su familia. Ven, le dijo Fitatá. La llevó hacia el bosque, alejándose del mensaje que daría Panichota. Caminaron hacia el río. Chaicu guardaba silencio. Fitatá supo por ese silencio, por la tensión de sus manos y por la velocidad de sus pasos, que algo había pasado con los zuhás. Supo que se acercaba la batalla.
…..Caminaron hasta el río. Chaicu enjuagó su rostro y respiró profundo. Miró a Fitatá. Iba a hablar, pero supo que ya no había necesidad. Se abrazaron en silencio, cómplices, para no tener que decir nada, como si el silencio estuviera por encima del tiempo y del espacio y les diera un refugio lejos del lugar en que todos gritaban al unísono ante las palabras de Panichota.
…..Fitatá se agachó para beber agua y mojó la cabeza de Chaicu. Con sus pulgares masajeó su frente y sus sienes, bajando luego al cuello y a los brazos. Recorrió su espalda y pudo sentir cómo Chaicu comenzaba a respirar y a relajarse. Lo llevó dentro del río. Siéntate, le dijo.
Fitatá bebió del cuello de Chaicu las pequeñas gotas de agua. Lo rodeó y le besó los ojos. Lo abrazó con las piernas y los brazos y, como una flor, abrió los labios. Como un árbol, meció el cuerpo. Como una serpiente, tensó cada uno de los músculos alrededor de él.
…..El río volvió a sonar constante. El viento recorrió de nuevo sus pieles. Chaicu la abrazó con fuerza. No quería que sus labios se cerraran nuevamente. No quería que el tiempo volviera a correr como corría el río, sin detenerse, y que terminara aquel abrazo.
…..Se quedaron así un momento, sumergidos en el río hasta la cintura. Lo último que sintieron antes de salir fue el mordisco de los peces. Caminaron de vuelta con cuerpo y alma tranquilos. El bosque les dio la calma que pudo. El viento sopló con suavidad, llevando hasta ellos el olor de la carne en las hogueras. Fitatá avivó el fuego mientras Chaicu golpeaba la carne para suavizarla. Su hijo los miraba.
…..Se sentaron a comer. Los hombres hablaban acerca de la guerra. Los niños escuchaban las conversaciones de sus padres. Las mujeres escuchaban también, mientras desgarraban la carne para dársela a sus hijos. Los guardias fueron relevados y las mujeres trajeron agua del río en las ollas de barro.
…..Se escuchó un grito. Chaicu reconoció la voz de Panichota. Tomó la lanza y corrió hacia la cima. Un hombre sostenía una roca sobre la cabeza. Chaicu miró hacia abajo. Un zuhá se cubría con el escudo, acurrucado. Se descubrió lentamente y corrió hacia abajo con sus compañeros. Chaicu ayudó al hombre a bajar la piedra. No había sido capaz de arrojarla, y estaba pálido y débil. Las piernas le temblaban.
…..No sería fácil para los zuhás atravesar el sendero sin ser emboscados por las rocas. Panichota pasó corriendo. Chaicu vio el miedo en los rostros de las familias que los miraban. Vio también el rostro de su propio hijo. Caminó hacia él. Rodeó su cuerpo con un abrazo y lloró porque su hijo también lloraba mientras le decía, Tengo miedo, no me quiero morir. Chaicu recostó la cabeza de su hijo contra su pecho. No tengas miedo. Yo te cuidaré.

De Ayer terminará mañana, Editorial Escarabajo, Bogotá, 2017.

 

 


Santiago José Sepúlveda Montenegro (1991) es librero y gestor cultural, magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Fundador de la Librería Hojas de Parra en Bogotá. Actualmente coordina la franja de literatura colombiana Entre cordilleras de la Librería Carlos Fuentes en Guadalajara, y el programa Tómese un tinto con… en su propia librería. Ha publicado cuentos y poemas en diferentes medios impresos y digitales, además de haber sido finalista del VI premio de La Cueva. Ha dictado talleres de escritura. Foto autor: Jhasmin Ruiz Montes

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de la fotografía «When The Soul Dances» del artista © Juan Sebastián

 

año 2 ǀ núm. 12 ǀ julio – agosto  2022
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