Stella Higuera

«Las páginas del poemario Una mujer en el huerto de Stella Higuera Díaz se despliegan entre grietas y fulgores que revelan la danza sinuosa de la memoria. Desde la cercanía con el silencio, la contemplación y la introspección, los lectores somos testigos de la voluntad de la autora de «cosechar palabras» luego de «preparar el surco con [sus] propias manos», para dejar al descubierto los secretos de su «jardín» (que es en esencia la vida, con todo y sus duras contradicciones). De este modo, es posible transitar por diversos territorios y sumarse a la nostalgia por la infancia y los seres perdidos, mientras se consigue tejer la luz, apartar las piedras, perder el miedo a la muerte y renacer «entre relámpagos»». Nos comenta la poeta colombiana Sandra Uribe Pérez sobre Una mujer en el huerto, libro perteneciente a la poeta de Santander, Colombia, Stella Higuera. Compartimos cinco poemas, de esta semilla de la alegría publicada por Abisinia Editorial (Bogotá, 2025) en su colección de poesía Concierto Animal, Homenaje a Blanca Varela.

Santuario de Iguaque
Te pierdes entre encinas y helechos de monte, te topas con verdes amuletos, te sumerges en tu propia voz. Faras y venados te defienden del mal. Solo escuchas el bramido de la fuente y el lento deslizar de la quebrada, en su canto la angustia se evapora. Montañas, frailejones y nubes agolpados como piedras calizas. Te cerca el silencio. El paisaje compone la enramada de la alegría, el mundo se expande y se contrae, la historia se devuelve, se detiene el viento entre las hojas. Instante monumental y diminuto. Mi vida se reduce a la contemplación.
Viejas casas de campo
[Vincent Van Gogh]
Paseo por el lienzo, persigo en secreto el salto juguetón del humo de las chimeneas. Dentro borbotea la llama donde se cuece la ternura. Las fantasías se asan a fuego lento en el brasero de leña. …..Presiento los carbones que pertenecen al pasado. Una paz incierta picotea los tejados, me da los buenos días en las praderas.
…..Las piedras me ayudan a tomar altura, me alejo del cuerpo y lo envuelvo en el viento de la sierra. Desde allí observo cómo los techos pajizos protegen las tapias de adobe. Las puertas y las ventanas permanecen cerradas, las llaves se quedaron por dentro aguardando las historias de un anciano. Muros de color violeta protegen los armarios llenos de vestidos rotos y de zapatos gastados que regresan de los caminos.
…..Una casa de techo rojo se aísla entre sus hermanas, protesta con pasión, quiere seguir allí preservando su aliento de bahareque. La de techo naranja es solidaria y está alerta para avisar si el tornado se acerca.
…..En esas viejas casas alardeaba el fuego, el viento las peina sin apagarlas. Ahora se agotan en el miedo. Las derrumba el tiempo, la furia de los ríos, las torres de cemento que quiebran el paisaje.
Cadena con el dije de la paciencia
Necesitas con urgencia desenredar la cadena. Te detienes, te suspendes, miras las distintas entradas y salidas. Incómoda y enojada te vuelcas en esa telaraña de posibilidades. Después de mucho calcular al fin arriesgas y procedes. ¡Vaya decepción! Tu alboroto te enreda y pierdes la señal. Ahora la telaraña parece un nudo ciego y la paciencia te manda a retornar. Te sientas y te tomas la cabeza. Respiras una y otra vez, te metes en el nudo como si ya no te importara la delicadeza de los aros. Te dejas ir en una balsa. No comprendes los ovillos del alma, todo se desenreda, navegas en finísimos hilos sobre el espejo del mar.
El águila
Te diviso desde la orilla y te veo más osada que el mar. Te contemplo en mis adentros con estupor y ni siquiera lo presientes. Tus alas están hechas de suspenso y de furor .
…..Escuchas y planeas entre las sombras. Esperas con impaciente calma a que llegue el momento de la claridad, para despegar y rasgar los espacios.
…..Algún día seré también del aire, amiga mía, dime qué sientes al rozar aquella nube. Dime cómo se ven los campos de maíz, las azoteas pobres de Bogotá, las calles empedradas de Girón.
…..Te he visto ascender en mis sueños. Una serpiente amenazaba tus polluelos en la higuera. Y tú los defendías con las garras.
…..Mensajera, agradezco tus señales en la arena de mis días. Mañana domingo vendrán Coral y Adriana a cenar conmigo. Les hablaré de ti, de tus acrobacias, del trozo de sol que traes en el pico.
Viaje para Inés
Las montañas asaltan mi memoria y a tu pesar tenemos que madrugar mañana. Preparamos un viaje y te afanas porque haya recordado doblar tu vida cuidadosamente en la maleta. Me adviertes que si guardé tu pantalón rojo, que el vestido de baño no lo necesitas, que no se me olvide la crema de durazno para las arrugas, que no embale la noche.
…..En el avión te asomas con timidez a la ventana. Cierras los ojos y ves las terrazas ascender a las nubes. Como una garza blanca te aletargas mientras avanza el vuelo.
…..Gozas el olor de la piña, la guayaba y el abrazo. Ya no te importa tu morada, pero sí las niñas de tus afectos. Preguntas por Merceditas y su plato de carcajadas.
…..Tienes en tu memoria las calles que transitabas con tus collares de fantasía y tus blusas germinadas de siemprevivas. Sentada en la mesa del restaurante, en medio de la ceremonia de los encuentros, disfrutas las manos olorosas del cabrito y la pepitoria.
…..Traes a la memoria el día en que te encontraste con un primo de mentiras que se apiadó de tu generosidad y después de tomar café gualilo te dejó esperando con la cuenta.
…..En el parque de San Pío un admirador viene de lejos y te canta: «Inesita, sigues como una manzana recién tomada del jardín». Sueltas tu sonrisa colorada. Se despide y le deseas con emoción que se le aumente la fortuna.
…..Recuerdas, entonces, con picardía, aquel piropo lejano del Padre Ignacio en Zapatoca: «¡Quien fuera novillo para comerse esa ternera!».
…..Ya de noche, en el banquete de los afectos, tu voz se afina al calor del vino tinto. Eres la solista invitada y nos maravillas con «La ley del monte», que hace vibrar tu sangre.
…..Retornas a la capital con mantecados y envueltos de mazorca para deleitar a tus hijos. Disfrazas el cansancio con la alegría de verlos y te vas al sueño con el azul de tus montañas. Ingresas a la inocencia.
…..Mi mayor fortuna, te lo susurro al oído, es seguir viajando en tu regazo, cascada de luz y tiempo.

Stella Higuera nació en Zapatoca, Santander, Colombia, 1951. Poeta, gestora e investigadora cultural. Publicó los libros de poesía Fábrica de asombros (2005), Puñado de nueces (2018). En coautoría publicó las investigaciones Del Maíz, la Chicha, la Vida y la Dicha (2008), Impresiones y expresiones del Hip Hop (2010) y Mi ciudad en tus ojos (2011). Ha sido incluida en las antologías El libro del polen (2022), Yo vengo a ofrecer mi poema. Antología de resistencia (2021) y Cosechar la palabra (2020). Su proyecto La poesía y la vida fue ganador de la Convocatoria de la Secretaría de Cultura de Bogotá, Localidades Culturalmente Activas, 2008. Su tercer libro de poesía, Regresar a la dicha. Diario de una sobreviviente (2022), fue premiado como quinto libro en el Concurso Ediciones Embalaje 2021, organizado por el Museo Rayo.
La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de una obra del poeta, pintor y crítico de arte venezolano Juan Calzadilla ©





















































