Escrito por: 10:30 pm Crítica, Entrevista

«La sombra de Orión», escribir sobre la violencia colombiana es meter la cabeza en lo oscuro

Entrevista a Pablo Montoya

 

Por Carlos Andrés Jaramillo

 

Presentamos, como una edición especial, la siguiente entrevista realizada al escritor Pablo Montoya con motivo de la publicación de su última novela «La sombra de Orión» (Penguin Random House, 2021), que indaga sobre la violencia y los desaparecidos en Colombia. Agradecemos al poeta Carlos Andrés Jaramillo la diligencia y las preguntas de esta aguda y sensible entrevista.

 

 

 

En su nueva novela, el escritor colombiano compara La escombrera con un «agujero negro». Y vaticina que, tal «como esos hoyos que se desparraman por el universo, se podría devorar tarde o temprano a la ciudad». Tal es la fuerza perniciosa y desmedida de La escombrera, un vertedero de desechos en las montañas de Medellín, el lugar en donde los grupos armados de la ciudad iban a arrojar los cuerpos de los asesinados y que habla de la intensa degradación de la guerra urbana en Colombia.
…..La novela, que transcurre en Las comunas de Medellín, reconstruye de manera minuciosa la conformación de los barrios marginales, el surgimiento de las bandas que disputaron su control, de las milicias guerrilleras que lo ejercieron durante un tiempo, y del intento sangriento de retoma por parte del estado y los grupos paraestatales. …..Finalmente, narra las consecuencias para sus habitantes. La más visible es la incertidumbre por el número de desaparecidos que puedan estar enterrados en el lugar.
En este relato también quedan consignadas las voces fantasmales de las víctimas, el sufrimiento de los familiares y el padecimiento psíquico del escritor que intenta desentrañar esta historia donde las clases políticas, empresariales y criminales de una ciudad parecen ensañarse contra su población.
…..No es nueva la preocupación de Montoya por la violencia de la ciudad. Desde sus primeros textos, el tema atraviesa su narrativa y varios de sus poemas. Ya, en Hombre en Ruinas, su último libro de poemas, dice de sí mismo que es «el lugar de todas las exhumaciones». Realmente, este libro es ese lugar donde los muertos vuelven a hablar.

 

¿Por qué era importante, al narrar la historia de la comuna, continuar con la historia de Pedro Cadavid? ¿Por qué debía verse a través de los ojos del profesor-artista? ¿Por qué la historia no podía contarse sólo desde los que padecieron y padecen la vida en La comuna?

«La sombra de Orión», junto a «Los derrotados» y «La escuela de música», conforma la trilogía de mis novelas donde Pedro Cadavid es su protagonista. Incluso podría decir que él es quien las escribe. Son de algún modo novelas que proponen juegos metaficcionales. Todo obedece, entonces, a un proyecto literario que busca confrontar a Pedro, lo cual equivale a decir a mí mismo, a diferentes períodos de su vida y a las maneras en que la violencia colombiana lo ha signado. Ahora bien, en los asuntos de escribir sobre los padecimientos humanos provocados por las instancias del poder, siempre me ha interesado introducir la figura del artista. Personajes que hacen obras de arte en medio del horror que vivimos en tanto que seres históricos y naturales. Y esto lo he planteado desde una posición de crítica, de denuncia, de querer incomodar, de no tragar entero las versiones o interpretaciones oficiales de la realidad. La recreación de una circunstancia social, como la que ha vivido Medellín a través de sus grupos armados en los últimos años, en «La sombra de Orión» se hace a partir de un escritor porque es desde la literatura que yo he vivido esas circunstancias. Sé, sin embargo, que la historia de las víctimas también puede contarse desde la perspectiva de ellas mismas. De hecho, hay muchas obras testimoniales, textos periodísticos o acciones de memoria que le han dado la voz a quienes han sido golpeados por la violencia. Lo que yo hice, de algún modo, fue pasar esas voces, esos testimonios que recogí, o leí en informes, o que vi en videos, por el cedazo de la literatura. Porque «La sombra de Orión» no es solo una novela sobre la violencia de Medellín, sino una reflexión de su protagonista en torno al asunto de cómo narrar algo que, en ciertos momentos y por su complejidad y enrevesamiento, le parece de una dificultad suprema.

 

Hay varios tonos en la novela. ¿Qué expresan? ¿Una duda acerca de cuál sería el mejor o, por el contrario, una aceptación de que todos son válidos, necesarios incluso, para narrar esta violencia?

Me atrevería a decir que son pesquisas de la violencia de orden estilístico y, por supuesto, todas me parecen válidas. La manera en que se narra La operación Orión, al inicio de la novela es vertiginosa, casi cinematográfica. La parte de la Sonoteca está afianzada en los diálogos. Las tres partes dedicadas a contar la historia de La Comuna es un ejercicio literario mediado por una tercera persona que se apoya en una cierta opulencia de la lengua. La parte de La escombrera es una mezcla de informe periodístico y poesía. En realidad, lo he hecho así porque pienso la novela, y sobre todo «La sombra de Orión», como una especie de bodega donde pueden caber todos estos tonos.

 

No dejo de pensar en ese capítulo llamado La escombrera. Tiene tanta fuerza ¿Por qué no se convirtió él solo en la novela? ¿Por qué había que contar la historia completa de La comuna, desde su fundación hasta la operación Orión?

Este parte puede leerse independientemente, como puede leerse así el capítulo de Los derrotados dedicado a las fotografías de guerra, o el fragmento «El exterminio» de «Tríptico de la infamia», que aborda los grabados de Théodore de Bry sobre las crueldades cometidas por los conquistadores españoles sobre los indígenas. Estos tres fragmentos novelísticos gozan de una cierta autonomía, lo reconozco, pero también son como los puntos ígneos de la trabazón que proponen estas tres novelas con respecto al horror de la violencia. Frente a «La sombra de Orión», en la medida en que fui investigando sobre la guerra urbana en Medellín, sentía que todo tenía una correspondencia fatídica. Que para dilucidar la operación Orión había que rastrear las diferentes formas en que los barrios populares de Medellín han sido agraviados por los grupos armados, tanto los ilegales como los legales. Que esa operación era como un espejo en donde se reflejaban las grandes fincas de los ricos antioqueños de inicios del siglo XX, y una consecuencia de la conformación de los barrios populares de invasión, hacia finales del mismo siglo. Que el hip hop y el rap tenían una relación profunda con los éxodos del campo a la ciudad y con la poesía marginal que se escribe y canta en La comuna. Que los desaparecidos de la Escombrera eran la siniestra consecuencia de la pacificación lograda por la política de seguridad democrática tan celebrada por las autoridades. Que esa mitología, encarnada por el guerrero Orión, se proyectaba tan nítidamente en Medellín, que es su sombra la que ha terminado por regir nuestros destinos. La parte más dramática y quizás más conmovedora de la novela puede ser La escombrera, la más veloz e intensa puede ser La operación, las más reveladoras desde el punto de vista de representar la violencia desde el arte pueden ser El mapa y La sonoteca. Pero todas estas formas de acercamiento a la violencia provocada por los militares surgen de ese fondo social que significa, en la novela, la historia de La Comuna.

 

Respecto al mismo capítulo pensaba en el método que usó Yourcenar para escribir Las memorias de Adriano. No sólo investigó. Repetía el nombre del emperador como un mantra. Lo invocaba. Trataba de reconstruirlo desde adentro. En uno de sus apuntes dice que es grosero pensar que Adriano es ella. Pues al invocar, son otras voces, más sabias y más dignas de atención que sus gritos, las que hablan. ¿En qué estado escribiste este capítulo? Que, por demás, es el más poético de todos.

A algunos lectores les parece la parte de la novela más periodística. Pero creo que así esté enraizada en un trabajo de campo propio de ese oficio, está atravesada por un aliento poético. Una poeticidad que pretende hundir al lector en la desolación que provoca el fenómeno de la desaparición forzada. La verdad es que escribí algunos borradores de este catálogo durante un viaje que hice por el norte de África y por algunos países de Europa en octubre de 2019. Hablaba de «Tríptico de la infamia» en mis conferencias universitarias en las ciudades por donde pasé, y escribía los fragmentos de La escombrera. Luego, en mi casa del Retiro, escribí la mayor parte del catálogo y lo corregí muchísimas veces. Recuerdo que lloraba mucho cuando los estaba elaborando. Era un llanto de completa impotencia. No tuve rabia, ni resentimiento, pero sí un abatimiento profundo. Recuerdo, por ejemplo, que escuchaba mucho la banda sonora de «The Revenant» de Ryuichi Sakamoto mientras iba escribiendo esta parte. Pero, a diferencia de Yourcenar, no sentía que invocaba a nadie. Siempre me acompañó la impresión de que con mi escritura no me comunicaba con ninguno de los desaparecidos, que no rescataba a nadie de la escombrera, ni de las numerosas fosas comunes que hay en Colombia.

 

¿Por qué sientes necesidad de explicar, de contar, el proceso de escritura de la novela mediante el personaje de Cadavid? ¿Por qué recordarnos que lo que leemos es una obra literaria? No creo que se trate de un tema de verosimilitud, de recordarnos que el narrador es un escritor.

Cuando comencé a publicar mis escritos, me parecía imprudente escribir directamente sobre mí mismo. Sentía pudor al saber que se iba a leer algo que me pondría al desnudo. A partir de Los cuentos de «Réquiem por un fantasma» y de la novela «Los derrotados» fui superando esta suerte de prejuicio. Entonces fue cuando inventé a Pedro Cadavid, que es un personaje de ficción pero que tiene mucho de mí. Y un poco, siguiendo lo que han hecho muchos escritores del siglo XX, decidí a través de sus peripecias contar las mías. «La sombra de Orión», en la perspectiva de mostrarle al lector cómo se escribe la novela, tiene además muchos lazos con «Los derrotados» y con «Tríptico de la infamia». Es verdad, por lo demás, que los juegos metaficcionales pueden malograr esa verosimilitud que busca todo texto literario. Con todo, es un riesgo que asumo cuando decido abrazar al narrador con el autor del libro.

 

Me interesa mucho el papel que le das a las mujeres en la novela. No sólo padecen la violencia. En realidad, son aquellas que pueden enfrentarla, que tiene la capacidad de sobreponerse a ella. Pienso en Doña Elsa, en Alma, en la hermana Rafaela, en algunas madres de los desaparecidos. Me recuerdan a las mujeres fuertes de García Márquez: Úrsula Iguarán, Fermina Daza. ¿De dónde crees que sacan esa tenacidad, esa fuerza? ¿Por qué la violencia no logra doblegarlas?

En mis recorridos por la comuna 13 y en las conversaciones que tuve con algunas personas del colectivo «Mujeres caminando por la verdad», encontré seres humanos extraordinarios. Llenos de una fortaleza y una resistencia física y anímica que me dejaban perplejo. A mi juicio, son las mujeres quizás las más agraviadas en estos fenómenos de la violencia urbana en Medellín. Son humilladas, golpeadas, violadas, asesinadas por ese machismo brutal que hemos forjado a lo largo de los años. Por ello me atreví a crear los personajes que nombras. Mujeres que se enfrentan con la palabra y con acciones pacíficas a los guerreros. Mujeres humildes como el pan, frescas como el agua y poderosas como árboles. Son ese tipo de mujeres las que muestro en «La sombra de Orión», y no las que una cierta literatura muy exitosa presenta como putas, asesinas, paridoras, feas y alegonas. Tal vez la resistencia de las mujeres que mencionas venga, y me apoyo aquí en la Antígona de Sófocles, de su capacidad de defender, por encima de cualquier riesgo, la dignidad que hay en los seres que ellas aman.

 

En algún momento describes el padecimiento psíquico que sufre el escritor por cuenta de su investigación de La escombrera. Él mismo se asume «como una fosa, como el lugar de las exhumaciones». ¿Es ese el precio de escribir? ¿Habría que escribir hasta identificarse, hasta enfermarse con el tema? ¿Es una estética lo que propones?

Más que una estética, se trata de una poética personal. Escribir sobre la violencia colombiana, y particularmente sobre los desaparecidos, es meter la cabeza en lo oscuro, como proponía Roberto Bolaño, o hallar la luna atroz y el sol amargo que tanto reclamó Rimbaud para la poesía. Y de estas aventuras de la literatura jamás se sale ileso. La idea de convertir a Pedro Cadavid en una fosa común me pareció clara cuando me daba cuenta de que las personas con las que yo conversaba estaban perturbadas. No dormían, tenían pesadillas, se les iba el apetito y las ganas de vivir. A Cadavid le pasa algo parecido cuando se sumerje en las tinieblas de La escombrera. Pero así el país esté sembrado de fosas comunes y Colombia, a través de los miles de desaparecidos que tiene, muestre su fallas profundas como proyecto nacional, lo que yo encontré fue una indiferencia tal que me pareció evidente que fuera este desdén el que contribuyera a que la enfermedad de Pedro alcanzara límites insoportables. Cadavid, en realidad, termina convirtiéndose no solo en un enterrado vivo, sino en el lugar de todas las exhumaciones. Ese es el precio por haber descendido al infierno de la desaparición forzada. Es el precio de vivir en medio de una sociedad amnésica y des-almada como es la colombiana. Pero, igualmente, es expresar que esos muertos que no encontramos no pueden pertenecen al dominio de las cloacas, sino que deben ser urgentemente exhumados.

 

Hablas, en otro momento, de la violencia como «un elemento crucial para la construcción de la identidad colombiana». Eso determinaría, según tú, los gustos y demandas literarias en el país. Ello explicaría el porqué buscamos recrear la realidad a partir de historias violentas. ¿Hay una salida para esa determinación? Tú mismo representaste una alternativa al narrar épocas antiguas. Sin embargo, también sentiste la necesidad de repasar la violencia en libros cruciales como: «Los derrotados» o «La escuela de música». E incluso en tus poemas y cuentos. ¿Es un círculo del que no podemos y no debemos evadirnos?

La nación es una estructura social que hemos creado de manera equívoca porque está anclada en la violencia. Lengua, religión, educación, política, cultura, deporte, todo ello está fundado, cuando abordamos a Colombia, en las armas. Por tal razón, creo que la única manera de salir de esa determinación violenta que nos moldea desde hace más de dos siglos es desmontar esa circunstancia colectiva e inventarnos otra. Es difícil hacerlo, como es difícil crear otro árbitro para resolver nuestros problemas humanos que no sea la guerra. Pero para mí, que soy antinacionalista y pacifista y creo en la desobediencia civil mas no en las revoluciones armadas, es fundamental hacerlo. Se trata entonces no solo de cuestionar a la nación, sino al imperio, al reino y, en este sentido, buscar un camino que sea más perfectible desde el plano de la ética y nos vuelva creaturas sociales más dignas y respetables. Ahora bien, como escritor colombiano he tratado de salir de la circunstancia de la violencia nacional en varios de mis libros. He intentado, al menos, ser extraterritorial como lo planteó Borges y cómo lo interpretó Steiner. Es decir, pensarme y sentirme, en tanto que ser humano y escritor, como un ciudadano del mundo y un habitante del cosmos. Este poder escribir en completa libertad imaginativa sobre el exilio del poeta romano Ovidio, sobre Francisco de Asís y Giotto, o darle la voz a viajeros, pintores y músicos de varias épocas y de varios lugares del planeta, me ha permitido salir del círculo al que te refieres. Con todo, no es una actitud de escape, pues en otros de mis libros no he vacilado en entrar en el centro mismo de la violencia nacional. En realidad, el asunto de esta violencia lo he trabajado desde el primer libro que publiqué en París, en 1996, llamado Cuentos de Niquía». Y ha estado presente en «Habitantes», en «Réquiem por un fantasma», en «El beso de la noche», en «Los derrotados» y en «La escuela de música». Desde esta perspectiva, «La sombra de Orión» culmina ese recorrido. Y esto lo señalo porque alguien que haya seguido mi obra, encontrará en esta última novela vasos comunicantes con esos libros pasados. «La sombra de Orión», así lo espero, es el cierre de este itinerario creativo. Y la verdad es que no creo que vuelva a meterme en la violencia colombiana. Como el Pedro Cadavid de «La sombra de Orión», he quedado literalmente agotado.

 

Al leer el libro, es inevitable reflexionar sobre los fines que buscaban con las desapariciones. No sólo encubrir el crimen de los asesinatos. Hay un ensañamiento con los supervivientes, un deseo de prolongar su sufrimiento, y con la victima misma, a la que se le niega un entierro digno ¿De dónde crees que viene esa perversidad, esa maldad que no se detiene en el asesinato?

Somos una nación anómala. La enfermedad de su violencia nos roe minuciosa e implacablemente desde hace tiempos. Como ciudadanos somos afectados de pies a cabeza por esa anomalía. El nuestro, como lo he dicho varias veces, es un país fallido y cruel. Y solo los populistas de diferentes raigambres se empeñan en decirnos lo contrario. Yo creo que esa perversidad que dices viene desde las mismas fundaciones del Estado-Nación. Y es ese Estado, a través de sus diferentes instancias, el que presenta la desaparición forzada como una suerte de parafernalia del horror. Mientras escribía «La sombra de Orión», y en la medida en que hablaba con las víctimas y los victimarios, y asistía a los sesiones de la JEP y leía las fichas «ante morten» de los desaparecidos, y hablaba con investigadores y académicos y presenciaba el desdén del grueso de la sociedad, y constataba que la mayor parte de los desaparecidos siguen extraviados en la oscuridad, sentía que todo era como un montaje espantoso. Montaje donde unos sufren la mayor de las vejaciones y las torturas, otros intentan consolarlos y otros más, los grandes culpables, siguen pavoneándose por ahí sin castigo alguno. Y era consciente además de que, de algún modo, con la escritura de mi novela yo entraba en ese tinglado terrible. Habría que preguntarse, y creo que la novela lo propone en ciertos momentos, si esa escenificación de estos dramas no es una cara más de la crueldad humana.

 

En algún momento dices que La escombrera terminará por engullir a la ciudad. ¿De qué manera? ¿Todos terminaremos ahí? ¿Es el lugar de una llaga visible en nuestra moralidad y que terminará por extenderse?

Es probable que nos termine devorando como sociedad. Por ello La escombrera, esa inmensa fosa común colombiana ubicada en una ciudad que sueña con ser el gran centro financiero de América Latina, funciona como una metáfora de nuestra degradación moral. Pero eso lo piensa Pedro Cadavid, que es como un Atlas que termina cargando sobre sus espaldas la mole innombrable de los desaparecidos y el peso de una colectividad anestesiada frente al sufrimiento de los más humildes. Ya sabemos que hay otros que dicen que La escombrera es una mentira, una hipérbole, una extravagante fantasía de los resentidos. Y otros más que consideran que esos desaparecidos ―recordemos que hay más de cien mil en el país― hay que echarlos en el olvido y seguir para adelante. ¿No hay, incluso, unos empresarios muy pujantes de Medellín que han hecho al lado de La escombrera un ecoparque para que, visitándolo, podamos gozar de nuestra naturaleza prodigiosa?

 

 

 

Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963) Premio Rómulo Gallegos 2015 por su novela Tríptico de la infamia. Profesor de literatura de la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de cuentos Cuentos de Niquía (Vericuetos, París 1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (El propio bolsillo, Medellín, 1997), Habitantes (Índigo, París1999), Razia (Eafit, Medellín, 2001) Réquiem por un fantasma (Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2006) y El beso de la noche (Panamericana, Bogotá, 2010); los libros de prosas poéticas Viajeros (Universidad de Antioquia, Medellín, 2007) y Sólo una luz de agua; Francisco de Asís y Giotto (Tragaluz Editores, Medellín, 2009); los libros de ensayos Música de pájaros (Universidad de Antioquia, Medellín, 2005) y Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (Universidad de Antioquia, Medellín, 2009) y las novelas La sed del ojo (Eafit, Medellín, 2004) y Lejos de Roma (Alfaguara, Bogotá, 2008). Ha participado en diferentes antologías de cuentos y poesía colombiana y latinoamericana. Sus traducciones de escritores franceses y africanos y sus ensayos sobre música, literatura y pintura han sido publicados en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una fotografía de Henry Agudelo

 

año 1 ǀ núm. 3 ǀ enero – febrero  2021
Last modified: febrero 20, 2021
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