Written by 1:19 am Artículo, Crítica

La poesía se vende

Eugenio Montale

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Rescatamos este ameno artículo de Montale aparecido en el diario italiano Corriere della Sera (11 de noviembre de 1949) como una de esas joyas que todo poeta y editor de libros de poesía debería leer.

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Hace muchos años, cuando hacía furor la Compagnisima Galli-Guasti-Ciarli-Bracci, se representaba en Italia una pochade en la que el cómico Amerigo Guasti rechazaba el regalo o la adquisición de libros en paquetes cerrados, diciendo: “No me fío, pueden ser versos”. Y el público estallaba en carcajadas. ¿El público actual reiría al oír una frase semejante? Quién sabe. Dejando aparte el hecho de que el público en 1949 tiene necesidad de un humor más burdo o de drogas más excitantes, nuestro tiempo ha destruido cuanto había de solemne y, por lo mismo, de lo posiblemente ridículo en el concepto de poesía. En la actualidad la poesía no hace reír ni se queda sin vender en los anaqueles de las librerías;  es más, la poesía se vende tanto o mejor que los otros géneros literarios.

Hasta hace unos veinte años, los poetas más vendidos eran los que se prestaban para ser regalados –pero no leídos–. Poetas que se vendían realmente en paquetes cerrados; Carducci completo, en una fuerte cajita de cartón; un poco menos, Pascoli, no empaquetado pero bajo un capelo de vidrio con los adornos liberty de De Carolis, y ciertos clásicos llamados modernos, que vendían en cajitas muy monas. Recuerdo una “cantinita” que contenía –en la conocida traducción de Maffei– a Moore, Klospsock, el peor Byron (Childe Harold, etcétera) y el Hermann y Dorotea de Goethe. Preciosos los libritos que, probablemente, jamás tuvieron lectores; libros para regalar en Navidad y otras fechas festivas. En esos tiempos cuando se imponía un autor moderno, acababa uno por compra hasta sus poemas – es el caso de D´Annunzio–; pero fuera como fuere, los libros de poesía siempre ocupaban los últimos lugares en las estadística de las ventas. Habían excepciones, rara vez motivadas por razones de efectivo mérito poético.  Se vendieron mucho los libros de Stecchetti, por razones conocidas de sobra; se vendieron los libros de Ada Negri cuando el “mensaje de Ada” todavía era tomado en serio; pero Vinaria Aganaoor, tan superior a los anteriores, tuvo que morir en circunstancias trágicas cuando ella también se convirtió, en la edición completa de sus poemas, en objeto más o menos “regalable”.

Con Gozzano empieza otra época. Quizá los Colloqui también fueron libros para regalo, pero no para las hijas al hacer su primera comunión; y, desde entonces, los poetas que se venden o que se han vendido bien, ya cuentan muy poco. Este fenómeno no es típicamente italiano, pero es nuestro de modo muy particular. En Francia, en Inglaterra y en los Estados Unidos, los libros de versos –salvo alguna rara excepción– son considerados todavía como libros que “no jalan”. Y es natural que esto suceda en el país de los best sellers; donde una novela exitosa puede vender en pocos meses dos o trescientos mil ejemplares. Pero en Italia, donde son siempre bajos los tirajes de los libros afortunados, la distancia entre la prosa y los versos es mucho menor a los aspectos prácticos y comerciales. En Italia, un libro de versos puede venderse tanto o más que una novela; con un ritmo más lento, es verdad, pero más constante.

He indicado una de las primeras causas del éxito de los poetas en nuestro país; una razón mercantil; por llamarle de algún modo. Pero no me atrevería a decir que es la única razón. Y antes de buscar otras, es preciso preguntarse quién compra los libros de los poetas recientes y quién forma parte de su público.

¡Ay de mí!, no cabe ninguna duda al respecto: en un público formado en gran parte por poetas desconocidos y hasta clandestinos. Una clientela de “especialistas”, por desgracia. Un público que, también por desgracia, no tiene por qué ofender a nadie, ni a los autores ni a quien los compra. La pintura moderna y la música de vanguardia se difundieron y mantuvieron gracias a la activa labor de algunos iniciados, de algunos especialistas que, tiempo después formaron legiones. En la poesía –que ha precedidos las demás artes en los senderos de los ismos–, el proceso de proselitismo ha sido más lento, debido a que la poesía no tiene, o que muy raras veces tiene, intereses propios de su oficio, de un mercado. Los pintores que no venden, los músicos abucheados o con obras que nadie toca, luchan por la vida, por la subsistencia. Ellos desempeñan el oficio del pintor o del músico. Por eso hay en torno suyo una lucha organizada, con bases sólidas, razones impelentes. Quien ayer poseía un cuadro del aduanero Rousseau o de Modigliani; quien tiene en su casa un óvulo de Henry Moore o una hirsuta madrépora de Zadkine, está interesado realmente en que viva o sobreviva el mundo que los hizo posibles; en cambio, quien tiene en su propia biblioteca los Cantos de Maldoror de Lautrémont, o el Igitur de Mallarmé, se siente infinitamente menos comprometido cuando cambia el rumbo del viento. Por lo tanto, en este sentido, es verdad que carmina non dant panem (la poesía no da pan); ni a quien los escribe, ni a quien los conserva entres sus libros.

Al señalar tan enorme diferencia –misma que podemos resumir en esta fórmula; existe el oficio de pintor o de músico pero no existe el oficio de poeta–, es menester darse cuenta de que este cuenta ya con un gran público sensible a la poesía moderna gracias a que ésta ha procedido a las demás artes por vías afines y las ha hecho posibles.

Hace unos años, fui jurado del Premio de Poesía Renato Serna. El concurso contó con escasa publicidad y el monto del premio era exiguo. Pese a todo, llené una caja, toda una caja, con poemas que los concursantes enviaron a cada uno de los jurados. Sin tomar en cuenta a los participantes más rezagados –a los que todavía desembuchan sus resentimientos personales en culebrones escritos en tercetos, y la receta fue buena, sólo que hace siete siglos–, resultó que la gran mayoría de los aspirantes al laurel estaba compuesta por poetas modernísimos, difíciles y abstrusos, no inspirados por las musas, sino, respecto a las intenciones, perfectamente à la page. ¿Quiénes eran ellos? Sólo en algunos pocos casos era posible identificarlos: maestros de escuela, curas, madres de familia, comerciantes; también industriales, que ponen a temblar a sus dependientes, pero que ellos mismo tiemblan, temerosos de que los demás descubran “su pequeño vicio” poético; médicos, contadores, suboficiales del ejército; todo un mundo que produce –clandestinamente– y que compra libros de poesía (cuando puede).

Estos son, pues, los principales clientes de los poetas; pero no son los únicos. Compra poesía (moderna) el amante de picotear un texto; quien quiere abrir de vez en cuando la llave de agua de lo que llaman lírica. Si existen amantes de las novelas largas y aburridas, que desean encariñarse con los personajes y convivir con ellos durante meses, ¿cómo no habrían de existir aquellos para quienes el arte no es más que sobresalto, sacudimiento, breve excitación? Además, los poetas –sobre todo los poetas extranjeros cuyos textos originales aparecen frente a las traducciones– permiten realizar en poco tiempo un viaje cultural que en otros tiempos sólo podrían hacer unos cuantos. Si se cuenta con algunos rudimentos del inglés, se puede encarar con provecho voluminosas antologías dedicadas a la poesía estadounidense, como la preparada por Gabriel Baldini, o la otra, muy rica, hecha por Carlo Izzo, que permiten recorrer todo un siglo escogiendo las flores más raras y soslayando la oscura labor que posibilitó ese florecimiento. Quien quiera conocer a algún poeta español –suspendido entre la poesía popular y el cubismo–, hallará su manjar en García Lorca, traducido por Carlo Bo, y que llevaría numerosas reediciones; o los poemas de Rafael Alberti –un español de distante origen italiano–, ofrecidos a nuestro público lector por vez primera, con textos originales al frente y en óptima versión de Eugenio Luraghi, por no hablar de antologías menos recientes, pero muy afortunadas (Hopkins, Eliot). Son útiles libros bilingües, que dan la ilusión de una ofrecer una llave capaz de abrir muchas puertas. Pero en esta ilusión se oculta el peligro. Muchos lectores de este tipo de libros se creerán poetas y tendrán la ilusión de que la poesía es realmente un descubrimiento de nuestra época; tomarán en serio el ya viejo hallazgo de la iluminación lírica y estarán convencidos de que cuatro palabras aisladas en el vacío neumático –pero alentadas por no se sabe qué inefable sensibilidad– son en verdad el alfa y el omega de toda poesía posible. Se formará –ya se está formando– en este campo una especialización tan absurda como gratuita. Desde luego, mientras se propaga en Italia y en otros países el gusto por la poesía lírica, es difícil sustraerse a la impresión de que los verdaderos competentes en este campo son muy pocos, y que los mejores de ellos los son sin saberlo ni quererlo. Ante la percepción y la creación del arte, no hay atajos; no pueden existir manuales, cátedras, ni cursos intensivos que permitan el aprendizaje de lo que sólo puede aprenderse con una labor de muchos años y el auxilio de una vocación inequívoca. Por tal razón hay suficientes motivos para desconfiar de la fortuna de lo que se llama poesía nueva. ¿Cómo es que ha podido parecer repentinamente divertida la lírica, el género que hasta hace poco era considerado el más serio –y el más aburrido– de todos?

Volvamos a la precedente consideración; time is money y nuestro tiempo busca un arte que nada tenga que ver con el proceso formativo del arte mismo; busca el fruto sin querer saber nada del árbol; es una búsqueda que durará –podemos presumirlo– muchos años todavía si no cambian radicalmente las condiciones de vida del hombre occidental, pero ya es previsible su resultado. Y no se tratará precisamente de la muerte del arte (muchos han  contradicho ya la profecía de los arúspices), sino de la apertura de un limbo, desde el cual deberá resurgir el arte con sus viejos atributos: fruto del hombre entero y no de una sola aptitud particular que marche por su cuenta. Ese día, todas las artes y los géneros intentarán diferenciarse con base en el común denominador (el lirismo)  ya logrado. Así tendremos un nuevo clasicismo destinado a vivir algunos años, algunos siglos, según los acontecimientos que nos prepara el buen o mal genio de la Historia, ese deus ex machina –siempre refutado y siempre vencedor– que mangonea los asuntos del  arte para recordarle al hombre la inanidad y fugacidad de sus mejores trabajos…

 

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Eugenio Montale nació en Génova en 1896 y falleció en Milán en 1981. Era poeta, periodista y crítico musical. Interrumpió los estudios secundarios para estudiar canto, y luego sirvió como oficial de infantería en la Ia Guerra Mundial. Cuando decidió dedicarse a la poesía ya era un intelectual de vasta cultura que alternaba el gusto por la lectura de los grandes novelistas del siglo XIX, con  la pintura y la música. En 1939 sus manifestaciones antifascistas le valieron la suspensión por parte del gobierno como director del Gabinete Vieusseux. Durante la Segunda Guerra Mundial, hospeda en su casa a escritores perseguidos, como Umberto Saba y Carlo Levi. En esos años de guerra, se dedica a la traducción de autores como Miguel de Cervantes, Christopher Marlowe y William Faulkner. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1975. Sus últimos títulos son Sulla poesia (Sobre la poesía, 1976), Quaderno di quattro anni (Cuaderno de cuatro años, 1977) y Altri versi (1980).

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración del artista Simon Rea

 

año 1 ǀ núm. 1 ǀ septiembre – octubre 2020
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