Escrito por: 1:17 am Crítica, Ensayo

La pasión según Georg Trakl, poesía y expiación

Hugo Mujica

 

Uno de los principios de Abisinia Review es generar pensamiento y reflexión con profundidad, por tal motivo, nos llena de orgullo inaugurar nuestra sección de ensayo con una joya sobre el poeta Georg Tralk. Agradecemos al poeta Hugo Mujica y a la Editorial Trotta, por permitirnos compartir el primer capítulo del libro La pasión según Georg Trakl, poesía y expiación (Madrid, 2009).

 

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Nada poseemos en el mundo —porque el azar puede quitárnoslo todo—, salvo el poder de decir yo. Eso es lo que hay que entregar a Dios, o sea destruir. No hay en absoluto ningún otro acto libre que nos esté permitido, salvo el de la destrucción del yo.

Simone Weil

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A MANERA DE PRÓLOGO

 

Como un ángel pálido

entra el hijo en la casa vacía de sus padres.

 

Tal como uno de esos pálidos ángeles de mármol que se emplazan sobre los sepulcros, como un pálido mensajero sobre las ruinas del fin de una época, Georg Trakl se alza como el testigo —testigo, partícipe y víctima—,  de la imposibilidad de nuestro tiempo: encarnar el alma en el mundo.

Trakl miró la vida y vio la muerte, por eso escribió, para vivir. Para dejarnos lo que fue esa vida: su obra.

Hace años, decenios, que convivo con ella, que me dejo herir por la belleza de la poesía de Trakl. De esa convivencia —vivencia con lo fascinante y lo terrible, la belleza y la revelación de su poesía— surgieron estas páginas.

Este libro, sinceramente, ni explica ni sabe: cuenta. Dice mi hablar de Trakl hablando con Trakl. Narra lo que me pasó, me pasa, encontrándome una y otra vez con él. Dice qué pasó entre mi escucharlo y su decirme, lo que me dio a sentir y lo que me hizo pensar.

Ese entre es este libro, desde ese entre nació. Este libro y mi gratitud por la lacerante belleza que Trakl nos dejó.

 

 

PRIMERA PARTE

 

Pero a nosotros nos toca,

bajo la tempestad de dios,

¡Oh poetas! permanecer con la cabeza descubierta.

Pues los que nos prestan el fuego del cielo,

los dioses, también nos dan el sagrado dolor.

¡Aceptémoslo! No soy sino un hijo de la tierra.

Así el hombre; cuando la dicha está a su alcance

y un dios en persona se la trae, no la reconoce.

Pero desde que sufre,

entonces sabe expresar lo que quiere,

y entonces las palabras justas

se abren como flores.

Hölderlin

 

 

  1. UN DESTINO

 

I.

 

Georg Trakl vivió tan sólo veintisiete años, todos ellos, cada uno, más que vivirlos los padeció.

Desde, y en ese padecimiento, ahondó: creó.

Se abismó.

 

El dolor fue su camino, y ese camino fue el de su fidelidad: nunca se apartó de él.

Nunca renegó: nunca dejó de crear.

 

Detrás de esa breve vida, ese relámpago de roja lucidez, quedaba un único libro, Poesías. Cuando póstumamente se edite su obra completa, serán dos pequeños volúmenes: Poesías y Sebastián en sueño; ambos suman poco más de cien páginas. Más tarde se agregarán poemas publicados en revistas y diarios, guardados en cajones, conservados por amigos… Todos ellos apenas doblan ese escaso número de folios, esas páginas que bastaron para crear una obra inconmensurable.

 

Trakl, como todo gran artista, hizo de su vida una mitología, una configuración poética del mundo, de los hombres, de sí mismo y de Dios… También del infierno.

 

Más que una perspectiva del mundo nos dejó una visión del abismo humano donde se cumple el perenne y siempre irresuelto combate entre el bien y el mal.

 

El abismo de lo oscuro, las prietas entrañas de la tierra o el abismo azul de lo que se abre sobre ella…

El poder que nos divide o la compasión que nos reúne.

También la vida o la muerte, el ser o el no ser.

 

Eros o Thanatos.

Y muchos otros nombres, otras polaridades, otros tajos para decir humanidad.

 

Trakl asumió, en definitiva, la tarea más humana, la de separar

la claridad de las tinieblas, el día de la noche.

 

El cosmos del caos.

La palabra luz de la noche anterior a las palabras. A cada palabra, a cada alba.

 

La tragedia de retomar el combate divino, de repetir el rito inaugural, el que nunca se termina de consumar porque no es historia sino destino.

No es de todos sino de cada uno.

Es el mismo, pero nunca igual.

 

La tragedia inicial, también su primer milagro: la creación.

 

Para Heráclito, como nos lo enseña uno de sus aforismos, este agón —este combate—, «ciertamente es el padre y rey de todas las cosas. A algunas ha convertido en dioses, a otras en hombres; a algunas ha esclavizado y a otras ha liberado».

 

El mundo, desde esa agudeza, llega a ser por la separación, la diferencia que no disocia ni destruye, sino que constituye.

La unidad jamás completa porque continuamente está referida a lo otro.

Cada uno es gracias a lo que no es.

 

La lucha es eterna, el conflicto es creación.

Engendramiento.

 

Este agón, este combate, es la vida misma, la agónica tensión entre los opuestos, opuestos que, en el lenguaje, es polémica, pólemos: discusión y diálogo.

Diferencia y creación.

 

La vida, en verdad, es el entre de los opuestos, el lugar anterior a cualquier división, el vacío.

La poesía.

 

Suelen ser los creadores los que hacen de ese vacío morada, de ese combate creación.

Los que creando se liberan.

Se libran de la unilateralidad de lo mismo, del mecanismo de lo idéntico, de la repetición sin creación.

Del infierno de lo siempre igual.

 

Pelear el combate, nos dicen, es un riesgo, pero sin ese riesgo no se llega a ser humano.

 

Trakl se arriesgó.

Ese riesgo lo fue quebrando.

 

Sobre esa desgarradura radical, desde el trágico desequilibrio de toda su existencia, construyó el texto que fue su vida.

 

Desde esa quebradura fue brotando su creación. Su lenguaje del creer, su confesión y su buscar salvarse.

La poesía, solitaria y grandiosa, que nos abisma.

Su tragedia.

 

Su don.

 

 

II.

 

¡Oh, el horror! que todo el que conoce su culpa avanza por sendero de espinas.

 

No hay tragedia sin culpa.

Ni poesía, en Trakl, que no haya sido la expresión de su culpa. La culpa que para él fue su vida. Fue vivir.

 

El rango de una obra dramática —escribe Walter Muschg— no depende ni de su tema ni de su forma, sino de la profundidad a que sitúa el problema de la culpa.

 

Y Trakl hubiese podido decir de sí lo que en ese mismo tiempo dijo Kafka de él:

 

Sólo yo tengo la culpa…

Este cántaro ya estaba roto antes de ir a la fuente.

 

La poesía es vida o no es. Consecuentemente resulta imposible separar vida y poesía en la obra de Trakl. En él no es cuestión de grados o matices, es su seña de identidad.

Su sangre es su tinta.

Y viceversa.

 

En Trakl, en su vida y en su obra, se representó el combate trágico entre culpa y expiación.

La pureza increada y la mancha, la culpa, que significó para él nacer.

 

No lo hizo elevando sus vivencias heroicamente, sino padeciéndolas pasivamente; pasividad que en él fue flexibilidad creadora.

Poesía, sin más.

 

Lo hizo penetrándolas hasta llegar a lo que ellas le decían de lo humano, de lo universal.

Desnudándolas hasta lo que ellas mostraban de abismal.

Entregándose hasta lo que en ellas había de salto, de trascendencia. De abertura, pero no hacia otro lugar, hacia adentro, como se abre una herida.

Como nos rebasa el dolor.

 

Inscripto en la más pura tradición órfica, Trakl canta la endecha de lo perdido. En el mito de Orfeo lo perdido, lo que busca rescatar del infierno, de la muerte, es el amor: Eurídice.

 

Como Orfeo, como la poesía toda, Trakl busca lo real en lo imposible mismo.

En su mitología busca lo que nunca estuvo: la pureza.

Sin nombre.

Sin ser.

 

 

III.

 

Todos nacemos desde un dolor ajeno. Un parir que duele, un dolor que alegra.

 

Se llega al mundo a través de un parto. Se nace partiendo, dividiendo la unidad, la vida.

Separando la propia de la otra, de la ontológica, la cósmica, la ajena.

La indecible.

 

Y desde ese parto —esa división y fisura— se parte: partida, alejamiento, deriva, errancia…

 

Libertad.

Encarnación.

 

Deseo del deseo. Trakl buscó lo imposible: el alma sin su carne; sin esa carne que respira, habla y desea; esa carne en la que el alma busca nacer.

Manifestarse, aparecer.

Llegar a ser gesto, acariciar.

Pertenecer.

 

Pero Trakl buscaba un alma, su alma, sin nacer.

No la encontró, por eso mismo nunca dejó de buscar.

De escribir.

 

Como camino, camino del deseo desnudo, buscó lo ausente.

Pero fue abismalmente radical: no buscó lo perdido, lo ido o lo que aún no llegó. Ni el illo tempore ni el adviento mesiánico.

Ni el arché ni el telos.

 

Buscó lo que nunca fue. Buscó lo que no es.

Lo que no será.

 

Trakl hace de esa imposibilidad su deseo, de esa imposibilidad su dolor. Ese dolor fue su relación con lo imposible.

Su religión.

 

Busca la pureza, busca la página en blanco, o más aún, busca la blancura sin la página. La anterioridad a toda escritura.

Pero la busca escribiendo.

Cubriéndola.

 

Orfeo abandonó el infierno, solo, pero lo abandonó; cuanto mucho se lo llevó con él.

Trakl no, Trakl, en esta vida, nunca salió de él.

 

Orfeo miró a Eurídice, la cosificó con su deseo de posesión, su necesidad de certeza. Después volvió a tornar la cabeza, siguió adelante. Salió.

 

Trakl nunca dejó de mirar atrás: hacia el no haber nacido. Hacia donde nunca estuvo él. Hacia los «nonatos» que poblarán con su ausencia su poesía, que con su ausencia la abrirán.

 

«El más puro padecer trae y arranca el más puro entender», condensó san Juan de la Cruz.

 

Si el mal en el mundo es la raíz de su misterio, el dolor es la raíz del conocimiento. Trakl vivió como un trágico: el sufrimiento fue el centro de su existencia; por medio de él, a través de él, percibió el mundo.

Un mundo que carecía de centro, un desierto sin eremitas, un espejismo que se comenzaba a cuartear.

 

Sufrir para Trakl fue conocer, conocer fue nombrar, nombrar fue revelar. Crear fue su vivir.

 

Poetizar su vida fue ir muriéndola en su poesía.

 

 

IV.

 

En gruesos trazos esta fue la corta vida de Georg Trakl, corta e intensa, como un pequeño tajo.

Como un tajo entero.

 

Como la vida cuando es carne viva.

 

La vida que poetizándola, vivificó más allá y más hondo que lo que una vida es capaz de encarnar.

Por eso, de alguna manera, se desencarnó.

 

Por eso al final, como final, se mató.

Recién entonces calló.

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Hugo Mujica nació en Avellaneda, Argentina, en 1942, en el seno de una familia proletaria. Es sacerdote, escritor, ensayista y una de las voces más originales y reconocidas de la poesía latinoamericana. Sus últimos libros de ensayos son: La carne y el mármol. Francis Bacon y el arte griego (Vaso Roto Ediciones, 2018), Dioniso. Eros creador y mística pagana (Ed. El hilo de Ariadna, 2016), El saber del no saberse. Desierto, Cábala, el no-ser y la creación (Ed. Trotta, 2014), La palabra inicial. La mitología del poeta en la obra de Heidegger (Ed. Trotta, 1995/Ed. El hilo de Ariadna, 2019). Su obra poética, que se despliega a lo largo de más de treinta años, está publicada en Poesía completa 1983-2004 (Ed. Seix Barral, 2005) y Poesía completa, tomo I de Del crear y lo creado 1983-2011 (Ed. Vaso Roto, 2012). Su último libro en Colombia En este asombro, en este llueve (Bogotá, 2019) se publicó en Editorial Escarabajo S.A.S.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una célebre fotografía de Georg Trakl en la playa

 

año 1 ǀ núm. 1 ǀ septiembre – octubre 2020
Last modified: noviembre 12, 2020
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