Escrito por: 12:13 am Narrativa, Novela

El cuaderno de música

María del Carmen Colombo

 

Para Carmen Troncoso,
que me regaló la música

A Hugo Correa Luna, Maestro

 

 

Primeras notas,
primeros acordes

 

 

Tomó conciencia de sus manos antes de los cinco años. Antes de aprender a leer, de dibujar las primeras letras, los primeros números. Y fue gracias al piano.
“Soy una mujer de manos grandes” –dice ahora, segura, extendiendo los dedos en abanico sobre el teclado, más de una octava alcanza con la mano abierta.
Manos grandes: de palmas magras, dedos largos, delgados pero firmes. Ahí es donde estuvo siempre toda su fuerza, donde sintió latir su corazón, correr su sangre: la vida, su vida, en manos de sus manos.

 

 

 

Magdalena descubrió que cada objeto tenía un sonido propio, solo había que hacer silencio para distinguirlo. Con algunos, como la heladera, era muy fácil. Pero otros, como el caracol, había que llevarlos a la oreja.
Con el tiempo pasó con los libros, cuando no entendía qué decían, suponía que era por el volumen demasiado bajo de la voz que hablaba en esas páginas vuelto a sus oídos casi un bisbiseo. Entonces Magdalena acercaba su oreja a la página para escucharla mejor. Se quedaba dormida en el intento, sentada a la mesa de la cocina.

 

 

 

Ella soñaba despierta. En cuanto le decían “hoy es lunes”, se veía parada sobre la tecla do de un gran teclado imaginario, de anchas teclas blancas y alegres. Y así con el re para el martes y los días subsiguientes.
Después fue agregando a su teclado-calendario los colores del arco-iris: el lunes sonaba como un do y brillaba en rojo, el martes-re-naranja, el miércoles-miamarillo… Dejaba de lado las estrechas teclas negras, le parecían de sonido triste, hasta que las incorporó como nubes que se ciernen y acechan la claridad del día, opacando los colores radiantes, como pasaba con las tristezas que a veces le tocaba vivir.
Era un teclado-calendario-arco-iris más complejo, pero traducía mejor los distintos estados que arreciaban en su pequeña alma.

 

 

 

“¡Pobrecito!”, se dijo al verlo por primera vez. Como si se tratara de un animalito cojo. Porque era el único mueble de la casa con tres patas. Y, “¡pobrecita!”, se dijo después, pensando en ella, cuando lo sintió ondular debajo de sus nalgas, temiendo perder el equilibrio; porque el taburete era también el único asiento sin respaldo ni apoya-brazos, redondo como un plato y que giraba.
Como plato de madera encastrado en un cuello de metal acanalado. Cuello que se alargaba o se acortaba regulando su altura según las necesidades. Y por su altura ella necesitaba que ese plato ascendiera hasta el límite, casi hasta donde podía desprenderse. Por eso, ¡pobrecita!, murmuraba, y se sentaba agarrándose del piano.
Cuando aprendió a graduar la capacidad de giro pudo dar una vuelta completa. Tomaba envión apoyando la punta de sus pies en el piso o, sin apoyarlos, directamente con su cuerpo. Cerraba los ojos mientras daba vueltas hasta sentir en su boca el sabor dulce de las náuseas. El taburete se mantenía con sus tres patas en forma de pinza aferradas al piso como garras.
A veces, arrodillada, desenroscaba el plato a mano, y lo volvía a enroscar con paciencia. Hacía estas cosas cuando no tenía ganas de tocar.

 

 

 

Imposible no ver las pequeñas letras doradas escritas sobre el atril: Ritmüller-Gottingen. Magdalena las contorneaba con la punta de su dedo índice antes de empezar a tocar. Llamaban su atención los dos puntitos sobre la letra u y la doble letra t de la segunda palabra.
Con el tiempo pudo silabear Rit-mu-ller. “Miuler,nena, se pronuncia miuler –la corregía su hermano–, ¿no ves que tiene dos puntos sobre la u?, es un nombre alemán.” Ritmüller: ese nombre un día salió de su boca de un tirón, naturalmente, y eso que Magdalena todavía no sabía leer de corrido.

 

Del libro El cuaderno de música, 2016.

 

María del Carmen Colombo (Buenos Aires, 1950). Integró el Grupo de Poesía El Ladrillo. Algunas de sus publicaciones son: Bulín, poema ilustrado (Em Editora -Esteban Mellino-, 1976), El cuaderno de música, narrativa (Ed. Cienvolando, 2016). Además publicó: Santo y seña ( 1984) y Folletín (1998). La plaquette El país del miedo (Ediciones Penpress, Nueva York, 2017). Ha recibido, entre otros, el Primer Gran Premio de Poesía V Centenario (1992) y Mención Especial Premio Nacional de Poesía, Producc. 1996-1999 (2005). Colabora en diarios y revistas. Integra el Consejo Editorial de Hilos Editora. Desde 1980 coordina talleres literarios.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de la ilustración que acompaña el libro en su tapa.

 

año 1 ǀ núm. 2 ǀ noviembre – diciembre 2020
Last modified: marzo 18, 2021
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