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De Maqroll a su Católica Majestad don Felipe II. El giro copernicano de la poesía de Álvaro Mutis

Rómulo Bustos Aguirre

 

 

Abisinia Review conmemora los cien años del natalicio del poeta Álvaro Mutis (Bogotá, 25 de agosto de 1923-Ciudad de México, 22 de septiembre de 2013) con este lúcido ensayo del maestro Rómulo Bustos Aguirre. Mutis es novelista y poeta, es considerado uno de los escritores hispanoamericanos contemporáneos más destacados del siglo XX. A lo largo de su carrera literaria recibió, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1997, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1997 y el Premio Cervantes en 2001. El ensayo de Bustos Aguirre pertenece al libro Muerte de Dios y poesía moderna en Colombia. Héctor Rojas Herazo, Jorge Gaitán Durán y Álvaro Mutis. Los rostros de Dios en tres poetas de Mito (Editorial Universidad de Cartagena, Cartagena de Indias, 2017).

 

 

 

De Maqroll a su Majestad don Felipe II.
El giro copernicano de la poesía de Álvaro Mutis

 

RESUMEN: hay dos momentos en la poesía de Álvaro Mutis: un primer Mutis, en el que el protagonista es el emblemático Maqroll: desesperanzado, agónico, errante, cabal expresión del ser humano en el marco de la modernidad, y el lento desleimiento de los valores occidentalistas que apareja («La creciente» es un símbolo de esa devastadora modernidad, que tanto alarma a Mutis). Este primer Mutis corresponde a sus cuatro primeros poemarios, al final de los cuales muere Maqroll. A partir del quinto poemario: Los emisarios (1984), esta poesía da un giro copernicano: desaparecido Maqroll hace su aparición un imaginario del Orden, en contraste con el desorden del universo maqrolliano. Surge así un segundo Mutis y el escenario se llena de personajes anti-maqrollicos, que representan un orden espiritual conquistado: Felipe II, Santiago Apóstol son los más característicos… y la figura misma del «autor».

 

1. Ciclo poético maqróllico: El primer Mutis

El grito del «204»: «¡Elí, Elí! ¿Lemá sabactaní?» (Mateo, 27: 46)

El poema «204», que abre el poemario Los elementos del desastre (1953), instala la obra de Mutis bajo la irradiación de ese drama existencial de Occidente conocido como muerte o eclipse de Dios. El grito de la inquilina del «204» viene a ser como piedra angular de este universo literario:

Escucha Escucha Escucha
la oración matinal de la inquilina
su grito que recorre los pasillos
y despierta despavoridos a los durmientes,
el grito del «204»:
¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!
(«204», ED; Mutis, 2002b, pp. 40-41)

…..El verso final remite a las enigmáticas palabras proferidas por Cristo en la cruz según la tradición evangélica de Mateo (27: 46) y Marcos (15: 34), constituyendo lo que se conoce como la «cuarta palabra» o frase, de las siete que habría pronunciado; corresponden, igualmente, a la primera frase del versículo primero del Salmo 22, titulado «Sufrimiento y esperanza del justo», que estaría en los labios del Cristo desfalleciente. El poema de Mutis, en principio, oblitera el aspecto esperanzador, mesiánico del salmo. El último verso se yergue como una pregunta que pareciera llevar a su último extremo la Kenosis¹ de Jesús, que ahora se identifica, es uno, con el hombre sufriente; el desconsuelo de la mortalidad de Jesús ante el silencio del Padre se reduplica históricamente en la modernidad con la muerte o eclipse del Padre mismo. Ante el hueco que ha dejado la divinidad ejerce su inútil reclamo la inquilina del «204». El tercer texto de este poemario, la «Oración de Maqroll», hay que leerlo a la luz del grito suplicante de la inquilina ante el abandono. Se trata de una oración en el vacío, una oración fracturada, en tanto el polo de tensión trascendente no existe. De este modo, la orientación vertical de la oración se anonada, se desploma sobre sí misma; resulta así el balbuceo, las ruinas de una oración, sus escombros se erigen en nueva forma —ya no estrictamente litúrgica sino poética— signada por el heteroclitismo y el afantasmamiento y enigmatización del sentido, tal como opera en la estética surrealista, de la cual es tributaria la poesía de Mutis. El texto se inicia anunciando su carácter incompleto: «No está aquí completa la oración de Maqroll el Gaviero»; pero el más profundo significado de su incompletud se revela en la configuración del poema mismo. En efecto, esta oración desflecada es lo que resta de la oración cuando su destinatario ya no está allí:

¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable
de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en la mitad del mar donde los peces
copulan sin lograr reproducirse.
Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros pecados del centinela.
Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras
y el dolor de viejas mujeres sin piedad.

(…)
Desarticula las muñecas
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡oh, Señor!
(…)
Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside, ¡Oh, fecundísi-
mo!, la bendición de las piscinas públicas y el subsecuente baño
de los adolescentes sin pecado.
¡Oh, Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele
la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las
graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del
firmamento
Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes
de la manada. No olvides su rostro.
Amén.
(«Oración de Maqroll», ED; Mutis, 2002b, pp. 45-46)

…..Las invocaciones sacras, las formulaciones devotas se deshacen en las profusas incongruencias de las imágenes; la ironía que recorre el texto esperpentiza a su destinatario en los extraños, contradictorios, inanes o irrisorios roles que le adjudica. Mientras el destinatario se volatiliza en las desconcertantes y desconcertadas súplicas de que es objeto, su contraparte, el suplicante, se postula como «avizor» (condición connatural a su ya lejano oficio de gaviero, pleno de simbolismo, que sigue acompañando como «apodo» al viejo Maqroll, que es como aparece en la poesía, ya trabajado por los años²), es decir, lúcido suplicante, condición que comporta, en principio, una insobornable contradicción: el rol del suplicante implica humildad y prosternación ante el suplicado; pero el suplicante que escenifica este ritual oracional destila un solapado veneno que lo pervierte en su médula. Sin embargo, el recurso poético a la forma oración revela una desazón, una incurable nostalgia del Dios muerto.

 

Nihilidad y movimiento incesante de Maqroll como consecuencia de la pérdida del Centro.

El nihilismo de Maqroll, su desesperanza, su errancia sin tregua son hijos de este desconsolado grito del «204». Maqroll es un «hijo del limo», un «huérfano de Dios», pero que a diferencia de la apocalíptica orfandad de Dios que traza Jean Paul Richter en su Discurso de Cristo muerto…³ el sujeto poético no se anula en la angustia sino que asume con aparente entereza la posibilidad de vivir en un mundo sin Dios. Quizás antes que nihilismo habría que ver como sustancia de Maqroll, más bien, una herida conciencia de la nihilidad del ser humano. Es esa conciencia de la nihilidad del hombre, corolario de la ausencia de trascendencia (garantía ante la muerte), lo que hace a Maqroll —en principio— una figura ejemplar del desesperanzado, tan nítidamente dibujado por Mutis en su conocida conferencia titulada La desesperanza⁴.
…..Aparece así Maqroll como una encarnación de un pleno inmanentismo. La ausencia de un centro trascendente y la posibilidad de cualquier sustituto lo enfrentan a un mundo carente de sentido y regido por el azar (sujeto a las fuerzas de destrucciones y nacimientos sin designio que rigen la Naturaleza y el Universo). Es en esa ausencia de orden, de cosmicidad en donde encuentra su raíz la marca más distintiva de Maqroll: su errancia, el movimiento perpetuo sin centro ni horizonte, sin punto de reposo posible; al respecto resulta pertinente la observación de Louis Panabiere: «Describir a Maqroll (…) sería como inmovilizar un impulso (…) como fotografiar un movimiento»⁵. Ciertamente, Maqroll es ante todo impulso de desplazamiento; Maqroll sería así un arquetipo de la errancia: la errancia (modalidad pervertida del peregrinaje como expresión litúrgica del converger por múltiples caminos a un centro sagrado) que detona una vez que se ha producido el desplome del punto fijo, del centro trascendente (Dios), errancia que se pone en escena dentro de la pura inmanencia, pero que no olvida, a la vez que oculta secretamente, su origen; este origen puede permanecer oculto para el mismo Maqroll o el sujeto poético, en general. La pulsión de un Centro inmóvil es, paradójicamente, lo que provoca el movimiento incesante de Maqroll.

 

2. Ciclo poético post-maqrollico: el segundo mutis

Una «nueva» mitología: el Apóstol Santiago, San Luis de Francia, Felipe II

Un horizonte espiritual en torno al Orden es lo que Mutis despliega ahora en una nueva mitología o, más bien, en la exhumación y actualización de una vieja mitología. Los nuevos héroes míticos que reemplazan al destechado, al expulsado de la gracia del mito, Maqroll, y en esa medida se yerguen como contrafiguras de este, serán los soportales, las referencias tutelares, el telón de fondo de esta nueva puesta en escena de la imaginación. Todos ellos, íconos de la Iglesia militante: El Apóstol Santiago, San Luis de Francia y Felipe II, la gloria de los Austrias, en tanto figuras históricas transfiguradas por la ficción. Los dos primeros reúnen la santidad y la espada. El primero de ellos reconvierte la condición migrante de Maqroll en tanto santo peregrino, que exhibe el báculo del caminante y la espada aniquiladora contra los infieles. El Apóstol es la evangélica errancia del que porta la Verdad la disemina y la respalda con el furor de lo santo. El último de esta tríada es el Trono y la Espada, santificados por la gracia de Dios: Felipe II. Es éste el trípode terreno que sirve de basamento al sol fijo de la Trascendencia que a su vez enraíza a aquel, fundando el triple mito en que se sostiene esta espiritualidad, emergida de las ruinas, que recorre esta fase poética (arrojando además claridad sobre muchos aspectos del ciclo o fase anterior): el mito de la Monarquía consagrada, el mito del Guerrero o el Héroe consagrados y el mito matriz de los anteriores, el mito de la Sangre, de la Estirpe, del Linaje consagrados. Es esta, por cierto, la piedra angular de la mitología personal obsesiva que siempre ha estado presente en Mutis. Con esto, adquiere cabal sentido su entronización de Los emisarios como «mi libro». No hay que perder de vista que al morir el alter ego, la interpuesta persona de Maqroll, toma más protagonismo en el yo textual, el yo autorial y biográfico.
…..Hay que advertir que estas referencias míticas que irradian este ámbito poético no lo lastran de un reduccionismo maniqueo. Ellas son ciertamente el ancla, pero la palabra, autoconsciente de su don y de su límite, de su debilidad y de su fuerza, fluye, se repliega, avanza movediza, se remansa o agita en las aguas abismales del misterio que nunca acaba de entregarse, solo que ahora una íntima luminosidad las hace flotar, las levita. Esto se puede ver, particularmente, en el final del poema:

Imposible saber en qué parcela del azar
agazapada esa música destila (…)
(…) No sabemos y en nuestra conquistada resignación
tal vez está el secreto de ese instante
otorgado por los dioses
como una prueba de nuestra obediencia
a un orden donde el tiempo ha perdido
la engañosa condición de sus poderes.
(«Homenaje», HN; 2002b, p. 251)

…..La palabra se detiene con cautela en un titubeante no saber, en el umbral del misterio que lo envuelve todo en ubicua resplandecencia.
…..En el primero de los siete nocturnos, que discurre en medio de un simbolismo de combate entre la luz y la sombra, el texto resuelve el aparente dualismo en una misteriosa cíclica de la cual también es partícipe, de alguna manera la oscilante fosforecencia del poema:

La tenue luz de esa lámpara
en la noche débilmente
se debate con las sombras (…)
(…) Al alba termina
su duelo con la noche (…)
(…) De su terca vigilia
de su clara batalla
con la sombra solo queda
de esa luz vencida
la memoria de su vana proeza
Así las palabras buscando
presintiendo el exacto lugar
que las espera en el frágil
maderamen del poema
por designio inefable
de los dioses.
(«Nocturno I», HN; Mutis, 2002b, pp. 252-253)

…..Frágil polémica del ser humano y la palabra ante la ominosa y siempre en retorno asechanza poderosa, infranqueable de las tinieblas, polémica inmersa en el cósmico ¿combate?, ¿diálogo?, de la luz y la sombra. Solo queda entonces la «conquistada resignación» o confianza en el inescrutable designio que a hombre y palabra trasciende.
…..El segundo de los nocturnos o «Nocturno de Compostela» se centra en la figura del Apóstol Santiago. Resulta interesante ver cómo se entretejen los atributos de Maqroll con los dos personajes, el Apóstol y el yo lírico —que es una trasposición poética del autor—⁶. El movimiento agónico e incesante de Maqroll se bifurca e invierte en ambos formando un rico entramado de desplazamientos y reversiones. El yo lírico se presenta como un peregrino que concluye el Camino a los pies del Apóstol; este peregrinar y conclusión del mismo se abre en doble sentido: en el sentido literal del peregrino convencional y el de conclusión de una errancia en el sentido maqrolliano, es, pues, un peregrino que ha sido iluminado por la stella de Santiago y en ese sentido su movimiento sin sosiego ha alcanzado el reposo:

En la plaza del Obradoiro,
pasada la medianoche,
termina nuestro viaje
y ante las puertas de la Catedral
saludo al Apóstol:
Aquí estoy —le digo—, por fin (…)
(…) aquí estoy Boanerges, solo para decirte
que he vivido en espera de este instante
y que todo está ya en orden.
Porque las caídas, los mezquinos temores,
las necias empresas que terminan en nada (…)
(«Nocturno II», HN; Mutis, 2002b, p. 254)

…..El nombre Boanerges, con que se dirige al Santo, es otro de sus nombres («Hijo del trueno»). La última línea lo asocia inevitablemente con Maqroll, así como la espera del instante. La asunción de un orden en su vida habla de una mutación radical que evoca por contraste la ausencia de un norte en el errabundaje del Gaviero. …..El yo lírico es una especie de Maqroll reconciliado cuya peregrinación hasta el Santo borrara las huellas de su otrora peregrinar errático. El Santo, por su parte, invierte en sí los atributos de Maqroll, es la otra cara de la moneda, en tanto su peregrinar es otro, el de quien posee la esperanza y la verdad:

(…) con la esperanza
sin sosiego de los santos
que han caminado todos los senderos,
con la esperanza intacta (…)
(«Nocturno II», HN; Mutis, 2002b: 253-254)

…..Es más, su función como peregrino es detener el peregrinaje errante (como la muerte de Cristo que mata la muerte), pues como santo peregrino es:

(…) de los que
andando el mundo, han aprendido
a detener a los hombres en su huida,
en la necia rutina de su huida,
y los han despertado
con esas palabras simples
con las que se hace presente la verdad.
(«Nocturno II», HN; Mutis, 2002b, p. 254)

…..Maqroll, ya se sabe, ese fugitivo de sí mismo que en su interior portaba el esplendor de la Verdad que al fin, girando sobre sí mismo, encuentra en el cañón de Aracuriare⁷. De este modo, si el yo lírico es un Maqroll reconciliado, exorcizado del vértigo de sus demonios, el Apóstol es el inverso de Maqroll en el espejo: sus atributos son los mismos pero de signo contrario. En la fascinación de ser un espejo inverso del movimiento incesante, se explica, en gran modo, su lugar en la renovada imaginación de Mutis-Maqroll. Este nuevo orden hallado (vivido por el yo lírico, paradójicamente, en tanto certero presentimiento), en el grandioso enigma que encarna, subsume, integra el desorden —acaso la vía regia para llegar al orden, o acaso solo un aspecto del Gran Orden arrancado de su totalidad por la mirada inevitablemente diminuta del hombre que no ha tenido su «Aracuriare» y que por tanto no puede verlo sino como desorden— y lo dota de un sentido, porque ese caótico trasegar en la errancia, sin una Verdad que la conjure,

(…) es, también, o solamente
el orden; porque todo ha sucedido
Jacobo visionario, bajo la absorta mirada
de tus ojos de andariego enseñante
de la más alta locura.
(«Nocturno II», HN; 2002b, p. 254)

…..Sin duda la más alta locura de la imaginación humana: el sueño de la Trascendencia, que ampara de la pesadilla de la vida. Y a toda esta sublime «resignación», no puede sino contestar el Apóstol, aquiescente y consolador:

Sí, todo está en orden,
todo lo ha estado siempre
en el quebrantado y terco
corazón de los hombres.
(«Nocturno II», HN; Mutis, 2002b, p. 255)

…..En este delineamiento del Apóstol no aparece su rostro militar. Todo en él está constelado y radioso por el estandarte en alto de la palabra que guía, por la eterna vigilia del pastor de almas que con «su bastón de peregrino, / espera (…) por nosotros / con paciencia de siglos» («Nocturno II», HN; Mutis, 2002b, p. 253). Lo que interesa al yo lírico es escenificar el sello del pacto con la Trascendencia y, para ello, nada más adecuado que, en la tierra de radical religiosidad que le fuera tan pródiga en momentos epifánicos —Cádiz, Córdoba, la Alhambra—, eligiera su emblemático centro espiritual: Compostela, la plaza del Obradoiro, esa Meca de la cristiandad presidida por su numeroso Patrono: Yago, Jacobo, Boanerges, Santiago, y —por siglos— espacio de la liturgia del arribo de los peregrinos que han hecho el Camino desde distintos puntos de Europa, del mundo, trazando, proyectando en la tierra que pisan la incandescente vía láctea. Las múltiples rutas del Camino, presentes en el caminante lírico, se convierten así en un envés purificador de los derrotados caminos del Gaviero. Tal vez sea este pacto, ahora sí, la muerte definitiva de Maqroll⁸.
…..Para el dibujo de San Luis, Mutis escoge otro rostro, el de la Iglesia militante —furor sacro convertido en martirio por la derrota, en manos de los «infieles»— el de la Cruzada por el Santo organizada y dirigida:

Por virtud de la palabra encendida del Rey Santo, caballeros y siervos
burgueses y campesinos, gentes de a pie y de a caballo
acudieron de todos los rincones de Francia.
Ahora quedan en el campo ración para los buitres,
o gimen en las galeras del infiel.
Solo algunos grupos en derrota consiguieron
embarcar rumbo a Malta y a Chipre.
Tal fue la batalla a orillas de Bar-al-Seghir.
(«Nocturno VI», HN; Mutis, 2002b, p. 264)

…..Unción espiritual, heroicidad y mitologización de la Sangre se trenzan en este Trono en que convergen paradigmáticamente poder de lo Alto y poder terrenal, del que fluirán estirpes de tronos que regirán vastos momentos de la historia europea. Aquí está Luis IX de Francia:

(…) con la clara sonrisa de los bienaventurados
y la austera gentileza del abuelo de Borbones y Trastámaras.
La brega de varios días de incesante batallar
lo ha dejado sin más fuerza que la de su alma
señalada por la mano del Altísimo.

(…) De ese cuerpo desmayado y sin fuerzas
se desprende la energía de los santos:
sin armas, con las ropas desgarradas, sucias de lodo y sangre,
es más sobrecogedora aún y más patente
la augusta majestad de su presencia.

(…) Reza el Rey y pide por su gente, por el orden de su reino,
porque se cumpla en él la promesa del Sermón de la Montaña.

(…) Luis de Francia, noveno de su nombre, mueve apenas
los labios en callada plegaria y se entrega
en manos del que todo lo dispone
en la vasta misericordia de sus designios.
Su pecho se alza en un hondo suspiro
y comienza a entrar mansamente en el sueño de los elegidos.
(«Nocturno VI»; HN; Mutis, 2002b, pp. 264-265)

 

Dos registros en el nuevo sujeto poético mutisiano

En este segundo ciclo del universo poético mutisiano, caracterizado por el hallazgo de un Centro cosmizador, soporte de un Orden trascendental que instaura un orden humano y aún ilumina el desorden aparente de las cosas, se puede hablar de dos registros espirituales: el uno, que se abre a una trascendentalidad que no pierde la rica ambivalencia de los símbolos; el otro, en que la remitologización espiritual adopta un sesgo ideológico claramente cristiano; es en este en donde más exactamente operan los tres grandes relatos míticos ya nombrados, y que constituyen las referencias últimas del primero; o, tal vez, sea más justo afirmar que este doble registro constituye dos voces del yo textual, que coexisten en trenza. Del primero, son ejemplo los poemas Homenaje y la mayor parte de los Nocturnos contenidos en Los emisarios. Del segundo, del que me estoy ocupando ahora, además de los centrados en el Apóstol y en San Luis, vale poner el foco en los poemas que tienen como eje la ficcionalización de la figura de Felipe II.

 

Felipe II como anti-maqroll

Dentro de esta pendulación de la poesía de Mutis, Felipe II es el personaje que representa más cumplidamente la figura de anti-Maqroll. Al movimiento incesante, agonismo, actitud escéptica ante el poder y toda empresa humana y nihilismo, que convive con una alta moral del solitario, opone la quietud y el desasosiego pleno de esperanza de quien está regido por una moral del solitario sostenida en un designio venido de lo Alto. Son dos polos que se unen en el fondo por el horror de la Muerte de Dios o la amenaza de su muerte, en uno y otro caso. Esto los anuda como dos aspectos de un mismo sustratum ideológico. Respectivamente, emblematizan la caída del hombre y el mundo en la nihilidad y la recuperación del sentido obliterado por la modernidad.
…..En la majestad de Felipe II, concurren de modo privilegiado los mitos de la Trascendencia, del Héroe o Guerrero, y el mito de la Sangre. Un texto que lo testimonia de modo categórico es «Como un fruto tu reino»:

Como un fruto tu reino, Señor.
convergen sus gajos, el zumo
de sus mieles y la nevada autonomía
de su idéntico dibujo
hacia el centro donde rige
un orden que pertenece
por gracia y designio
del Dios de los ejércitos
(«Como un fruto tu reino», CR; Mutis, 2002b: 233)

…..El reino está nimbado y penetrado de luminoso Ser en sí, por sí («nevada autonomía», «idéntico dibujo») que habla de aquello que rebasa lo puramente contingente. La alusión al ‘reino’ y el tratamiento de ‘Señor’, enunciados en el poema, se deben entender en el sentido del Señor y Reino de lo Alto y el Señor y Reino de lo Terreno. Esta doble resonancia se mantiene de modo continuo en todo el decurso del poema:

Solo a ti fue concedido el peso
de tan vasta tarea, solo en ti
gravita el peso de tan vasta gestión
de un mundo que te nombra
como el más cierto fiel de su destino.
Como un fruto tu reino. Protegido
cercado en el límite estricto
de su dorada corteza impenetrable.
(«Como un fruto tu reino», CR; Mutis, 2002b, p. 233)

…..La impenetrabilidad es sobre todo un atributo que apunta al Reino de lo Alto, devenido en su manifestación terrena de la mano de su gestor, condición que lo hace depositario de una gracia indecible.

Así es tu deseo que se muestre
tu reino: ajeno al infame comercio
con los señalados por el demonio
del examen con su huella de cieno,
con los mancillados por el tributo
al efímero afán de la razón.
(«Como un fruto tu reino», CR; Mutis, 2002b, p. 233)

…..Adviértase que el yo textual no se distancia del deseo que anima doblemente al gestor y al Dios de los ejércitos que encomienda desde su voluntad inefable la santa gestión, se funde con ellas, es su vocero. Esta voz textual se manifiesta demonizadora y militantemente anti-ilustrada.

Como fruto en plenitud quieres tu reino
en la sazón de sus más puras esencias
destiladas por siglos en la augusta
sangre de tus antepasados,
confiando a tus pálidas manos lusitanas⁹
para que se cumpla, al fin, la promesa
del Apóstol que reposa al amparo
de tu corona tres veces santa.
Por eso tus palabras sin cuartel:
«prefiero no reinar a reinar sobre herejes»
(«Como un fruto tu reino», CR; Mutis, 2002b, pp. 233-234)

…..Se trasluce aquí la aristocrática devoción del autor por la estirpe, su acendrado culto de la sangre («la augusta sangre de tus antepasados»). El Apóstol asoma su rostro militar (que había permanecido oculto en el anterior poema), bajo cuya insignia se expulsó a los «infieles» de la península. Bajo su sombra tutelar, en identidad con él, como máscara de él, ahora, eleva su grandiosidad el último cruzado: Felipe II, el paladín de la cristiandad, el brazo armado de la desfalleciente Iglesia ante el empuje de los viejos y los nuevos «infieles» en la Europa del siglo.

(…) como ese fruto sueñas tu reino
y en ese sueño se consume tu vida
para gloria de Dios y ante la estulta
inquina de tus allegados que, como siempre,
nada han sabido entender de esas empresas.
(«Como un fruto tu reino», CR; Mutis, 2002b, p. 234)

…..El juicio de las líneas finales es una valoración del yo textual que, de este modo, se confirma en una mirada ortodoxa de la historia. Valga no perder de vista el contraste de esta santa empresa bendecida desde las alturas y las siempre catastróficas e inútiles empresas del Gaviero.
…..En los «Cuatro nocturnos de El Escorial», el acento se desliza metonímicamente hacia el entorno físico de Felipe II, el palacio-monasterio de El Escorial, que es proyectado míticamente como fortaleza de Dios, casi como una potencia o atributo de la Divinidad. Templo, espacio de la autosuficiencia de lo santo, que expulsa el mundo para, incontaminado, velar por él:

El aire que recorre estos patios y que palpa
las figuras de reyes y evangelistas, es ajeno
a todas las distancias y regiones del mundo.
Se diría nacido en las columnatas, corredores,
galerías, portales y salas de esta fábrica
sin término. Su misma temperatura mana
de la cantera pulida en la gris rutina
de su reverente superficie. Nace y muere
sin franquear jamás el augusto espacio
que su Católica Majestad prescribió como morada
para conocer y velar los asuntos del Imperio
y acoger las absortas vigilias de su alma sin sosiego.
(«Cuatro nocturnos de El Escorial», CR; 2002b, p. 238)

…..Suprema expresión de la Inmovilidad del punto fijo trascendente en contrapunto con el movimiento incesante que representa Maqroll. El aire se diría el aliento de Dios que recorre santificando en este sutil elemento su propia morada. Quietud santa, dice la mirada ortodoxa. Parálisis inquietante, enfermiza claustrofilia que cifrará el destino de España, diría la mirada heterodoxa. El «sin sosiego» de Felipe II es, desde luego, de raíz contraria al «sin sosiego» de Maqroll. Es el sin sosiego de quien se «sabe» la mano de Dios y por ello debe batallar contra sí mismo, contra el mundo y por el mundo, prisionero de las asechanzas, las insidias y las servidumbres que exige el Poder a quien lo ostenta; y el sacrificio, pues batallar contra el Mal contamina del Mal, aun cuando este último pueda estar santificado por el Bien en los casos en que sea una manifestación justificada y necesaria (violencia legítimada); pero, en todo caso, difícilmente deja de ser una forma «perversa» del Bien.
…..El «Nocturno III»¹⁰ de estos cuatro nocturnos contenidos en Crónica regia es una variante magnificada del «Nocturno I» de Un homenaje y siete nocturnos: el combate de la luz y la sombra; pero ya no se trata del hombre y la palabra tratando de arrancar una migaja al misterio en la precariedad del poema sino de un instante epifánico del combate entre la luz y la sombra en una dimensión cósmica. La fortaleza de Dios milagrosamente vence entonces su propia pesadez arquitectónica y en aérea suspensión condensa, comenta y ratifica la promesa del triunfo de la luz:

La noche desciende por la sierra, (…)
(…) acumula sus fuerzas, agazapada, preparándose
para la contienda que la espera. Pone cerco
al Palacio Monasterio, por sus grises muros
repta una y otra vez y en vano intenta
tomar posesión del Real sitio (…)
(…) y apenas logra,
tras porfiar con ciega energía, instalar
su tiniebla en los jardines, (…)
(…) y resistir por cierto tiempo en los patios,
poca cosa. Entretanto, por obra de la nocturna
brega sin sosiego, ocurre la insólita sorpresa:
los muros, la columnas, las fachadas, los techos,
las torres y las bóvedas, la obra toda adquiere
esa leve consistencia, esa alada ligereza
propias de una porosa substancia que despide
una láctea claridad y se sostiene en su ingrávida
mudanza frente a la vencida sitiadora
que cesa en su estéril asalto.
Por breves horas, entonces, el sueño del Rey
y Fundador recobra su prístina eficacia
su original presencia ante la noche,
contra los ingratos hombres y el olvido.
(«Cuatro nocturnos de El Escorial», CR; Mutis, 2002b, pp. 238-239)

…..La imaginación se goza en la fantasía triunfante de la anticipación escatológica del definitivo vencimiento del Mal; en una paradojal dialéctica de la sombra y la luz esta parece emerger de la sombra misma, como si la energía maligna se transmutara en luz volviéndose, en su derrotada porfía, contra sí, provocando el instante mirífico. Sin embargo, la voz lírica no puede evitar el tributo al tiempo presente introduciendo una nota pesarosa ante la ingratitud de los hombres y la labor menesterosa del olvido.

 

 

Notas:

  1. Sabido es que todo el papel mesiánico de Cristo es una kenosis, esto es, un vaciamiento de su divinidad en la medida en que se abaja al encarnarse y participar de la condición del hombre, sin por ello dejar su condición divina. Cristo en la cruz, tal como en el episodio del Monte de los Olivos, parece flaquear en su potestad divina y en esa medida aparece más humano, más cerca del hombre; es a esto a lo que me refiero.
  2. Como se sabe, el Maqroll del ciclo poético es, esencialmente, un personaje envejecido. En su juventud, fue gaviero, hombre de mar; así recuerda: «Y yo que soy hombre de mar para quien los puertos apenas solo fueron transitorio pretexto para amores efímeros y riñas de burdel, yo que siento todavía en mis huesos el mecerse de la gavia a cuyo extremo más alto subía para mirar el horizonte y anunciar las tormenta (…)» («Cocora», C; Mutis, 2002b, p. 163). Ahora es un desolado marinero en tierra lleno de achaques y desolación, su día a día son sus «plagas» ‒»Mis plagas» llamaba el Gaviero a las enfermedades y males que le llevaban a los Hospitales de Ultramar («Las plagas de Maqroll», RHU; Mutis, 2002b, p. 129)‒ , sus hospitales de ultramar, sus «refugios» donde se guarece de la compañía de los hombres.
  3. El Discurso de Cristo muerto desde lo alto del techo del mundo en que dice que Dios no existe (Jean Paul Richter, 1796) es considerado el texto fundacional del desasosiego o angustia existencial ante la muerte de Dios.
  4. Mutis, Álvaro (1981). «La desesperanza». En Poesía y prosa (pp.283-302). Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura.
  5. Panabiere, L. (2001). «Lord Maqroll». En Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero (pp. 165-172). Ruiz Portella, J. (Ed.). Barcelona: Ediciones Áltera.
  6. Mutis se refiere a este poema, así como a «En Una calle de Córdoba», como experiencias vividas; de éste último señala en entrevista (Canfield, 2005a, pp. 225-226): «Es uno de los pocos que relatan fielmente un hecho acabado de vivir. Ahí no hay nada inventado ni que responda a especulación o elaboración poética. Por eso, al final, digo que esta es mi verdad, incluso acabo diciendo que eso es el orden». Al «Nocturno II» o de Compostela alude, en otro momento de la entrevista: «Orden que después se me va a dar nítidamente en Santiago de Compostela». Sigue la observación de Canfield: «Como lo dices en ese Nocturno hermoso de la serie del 86», en lo que Mutis conviene rotundo: «Que lo viví también. Tal como lo cuento».
  7. Es en el cañón de Aracuriare, en el texto homónimo en Los Emisarios, donde Maqroll se reconcilia consigo mismo y muere espiritualmente el Maqroll desesperanzado.
  8. Maqroll muere físicamente en el texto «En los esteros» (Caravansary, 1981 )
  9. Felipe II llevaba sangre lusitana por vía de la Casa de Aviz, de la cual era vástago su madre, la infanta Isabel, hermana de Juan III de Portugal, casada con Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico.
  10. El origen de este poema es comentado por el autor en la entrevista concedida a Inmaculada García y Samuel Serrano (2002, p. 43): «—Estamos aquí frente al Escorial, que quizás es el edificio más emblemático de España, del cual ha escrito usted cuatro hermosos poemas. El que más nos sorprende es el tercero, en que la noche lucha contra el edificio hasta acabar vencida por su láctea claridad. ¿Nace este poema de una observación directa o es producto de la evocación? —El poema nace, en efecto, de una experiencia real, una tarde que tuve la oportunidad de contemplar el atardecer sobre El Escorial desde una finca que tiene un amigo arquitecto, en la parte alta del pueblo. Miraba El Escorial con la emoción y la devoción que siempre me suscita y cuando entró la noche me di cuenta de que, en todo momento, la arquitectura del edificio fosforecía ligeramente. No tenía una claridad deslumbrante, pero titilaba toda la noche de manera constante. Me levanté luego a verlo cuando eran las tres y media de la madrugada, todavía estaba oscuro y era admirable seguir viendo esa maravilla de piedra que parecía respirar luz».

 

 

Rómulo Bustos Aguirre nació en Santa Catalina, Bolívar el 5 de septiembre de 1954. Es poeta y ensayista. Realizó estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Cartagena, Literatura hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo y estudios doctorales en Ciencias de las religiones en la Universidad complutense de Madrid.  En 1993 le concedieron el Premio Nacional de Poesía del Instituto Nacional de Cultura. Se desempeña en la actualidad como profesor de literatura en la Universidad de Cartagena. Ha publicado en poesía, entre muchos otros, La pupila incesante, Obra poética: 1988-2013 (2013, 2016) y Casa en el aire (Pre-Textos, España, 2017).

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de la obra Maqueta,
material y técnica: hierro pintado, 2017,
del artista venezolano © Daniel Suarez

 

año 4 ǀ núm. 18 ǀ octubre – noviembre – diciembre 2023
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