Written by 3:45 am Crítica, Entrevista

Darío Lemos eligió morir en Santa Elena

Entrevista a Sarah Beatriz Posada

 

Por Fredy Yezzed

 

Cuando la poeta Stefhany Rojas Wagner en Buenos Aires propuso con entusiasmo publicar en Abisinia Editorial a Darío Lemos, yo personalmente no sabía quién era, y recordé de inmediato el estigma con el que poetas y docentes de la academía se referían al Nadaísmo. «Es un poeta maldito desconocido y es lo que estamos leyendo los jóvenes», me dijo y me leyó cinco poemas que me bastaron para comprobar el acero y la sinceridad de este poeta, el más desconocido de su generación. En el camino para lograr los permisos de publicación recurrimos al poeta Jotamario Arbeláez, quien nos llevó a ubicar a Boris Lemos, su hijo, pero también nos llevó a la poeta Sarah Beatriz Posada, quien fue la persona que le extendió su amistad y generosidad a Darío Lemos los últimos meses de vida. Cuando hablamos telefónicamente con Sarah nos dimos cuenta de inmediato que tenía un retazo de la vida de Lemos que no se había contado antes, la concerniente a sus últimos meses de vida en Santa Elena; fue así, que decidimos entrevistarla a pesar de la distancia. Hemos omitido las preguntas para lograr un acercamiento más emotivo a su relato.

 

 

Darío Lemos nació en Jericó, Antioquia, Colombia, el 25 de marzo de 1942. Poeta que trascendió a la condición de leyenda. Para una parte de sus lectores, por su vida marginal, es considerado un poeta maldito; para otra, amigos y conocidos, es una especie de santo. A los 17 años ingresó al Nadaísmo, corriente artística y filosófica contracultural que nació a finales de los años 50 en Medellín y Cali de la mano de Gonzalo Arango. Entre sus lecturas de cabecera estaban Rimbaud, Vallejo, Michaux, Mayakovski, Artaud y Jean Genet, entre otros. A lo largo de su vida estuvo en centros de reclusión como cárceles, sanatorios mentales y casas de solidaridad. A comienzos de los 80 contrajo una gangrena en el pie derecho que lo dejó en silla de ruedas. En 1985 Colcultura publicó en Bogotá su único libro Sinfonías para máquina de escribir, obra integrada por poemas y cartas escritos a partir de sus 20 años. Murió el 13 de abril de 1987, a los 45 años, en Santa Elena. Fotografía: Archivos de la familia Lemos

 

 

EL POETA DE LA AVENIDA LA PLAYA

Conocí a Darío Lemos en una calle de Medellín, en la avenida La Playa, lo veía siempre caminando por las aceras hasta el Teatro Pablo Tobón y luego bajar… A veces se sentaba en La Arteria, que era el cafetín de moda para universitarios, artistas, escritores y todos los que hacían parte de la bohemia nocturna. Creo que la primera vez fue en 1981, aquel hombre era delgado y alto, de tez trigueña, con el cabello algo cobrizo y rebelde, ni lacio ni rizos, algo de melena tirada hacia atrás, caminaba muy erguido, recto, y se veía con un aura muy misteriosa ¿Cómo definir aquello que sentí al mirarlo pasar de largo, imponente y adusto? Yo tenía 22 años y estaba estudiando en la Universidad de Antioquia Español y Literatura, en las noches de jueves y viernes los estudiantes salíamos a bailar salsa a un bar en la calle Bolívar, llamado El Suave, allí conocí al poeta Omar Castillo, y fue él el que me presentó a Lemos. Yo sabía de Lemos por las historias que tejían en la ciudad sobre el movimiento nadaísta. Amo la poesía, así que cuando me presentaron a Lemos sentí alegría, a pesar de que ya conocía otros escritores, él era algo fuera de lo común, nos acercamos y fue así como empezó nuestra amistad que se prolongó hasta su muerte.
…..Mi primera impresión sobre Darío siempre se sostuvo, realmente estar frente a él significaba una especie de reverencia, un respeto que inspiraba en su silencio y en sus palabras, siempre era solemne, nunca caía en el coloquio o en conversaciones insulsas, aunque era dueño de un gran sentido del humor y de la ironía. Darío no hablaba desde lo corriente, es decir, la literalidad para él no existía, siempre había una figura, una creación o algo que obligaba a quien escuchaba a entrar a ese territorio de su lenguaje o solamente a quedarse afuera como sucedía frecuentemente con las personas que accidentalmente estaban cerca, como sus cuidadores, entre otros.
…..En la Universidad lo había leído, por fuera de la academia, en el aeropuerto como se llamaba a la zona deportiva, en voz alta leíamos sus poemas junto a los de Huidobro y Vallejo, disfrutamos conocer y leer poesía «extracurricular». Consideraba su escritura como una parte de su ser, sus «papelitos», como llamaba a sus poemas, eran viscerales, sangrantes, heridas de su costado, que brotaban en tinta, era realmente una forma de trasladar al papel su alma, eso es verdaderamente la poesía, estábamos ante un poeta mayor, sin duda.
…..Darío empezó a hacer parte de mis días, siempre había una razón para encontrarlo, para hablar, para acompañarlo en sus diligencias médicas que empezaban a ser frecuentes por la afección que tenía en su pie derecho. Él contaba con mi compañía, a pesar de que sabía que él era independiente, solitario, a merced de la calle, así se entendía con el mundo.
…..En los años que lo conocí, presencié su parábola, en el principio, según las historias y sus amigos, era un joven arrogante y hermoso, luego descocado y aventurero, en el derroche y los excesos. En ese vértigo experimentó el amor en los ojos de Puma, su esposa, y de ellos nació su hijo Boris, siempre presente en su poesía. Darío no los abandonó, sólo los dejó ir. Ellos serían más felices y vivirían mejor sin él, sin su sino, su predestinación de hombre condenado a ver más allá.

 

EN EL CAFÉ VERSALLES

En los últimos años, antes de ir a morir a Santa Elena, Darío pasaba sus días en el centro de Medellín, uno lo encontraba también usualmente en Junín en el café Versalles. Allí en una ocasión, llevé a Juan Carlos Villa y a Alejandro Díaz, dos jóvenes compañeros de mi hermana Gisela que vivían el furor por la poesía, los conocí como estudiantes del Inem, en una charla que dicté allí sobre poesía. Ellos tenían esa rebeldía y ese afán de beber de la literatura. Les presenté a Darío Lemos. Él vivía por aquel entonces en el refugio de Prado, en la calle Ecuador, donde el poeta y cineasta Victor Gaviria, a quien Darío apreciaba, le hizo el documental que hoy circula. Salimos de allí con Juan y Alejo y, mientras caminábamos, me dijeron: «Pensábamos que los poetas hablaban de otras cosas». Se echaron luego a reír. No entendí y les repliqué: «Hablan de la vida que somos». Ellos se referían a que nuestra conversación parecía trivial o llena de cosas cotidianas, realmente allí Darío no se había abierto a ellos dos, como lo hizo más adelante, no intuía aún que serían ellos dos los guardianes de su partida.
…..La condición física de Darío fue en declive y finalmente no pudo caminar más, se vió reducido a la inmovilidad por el resto de sus días. Empezó su tortuoso camino de albergue en albergue y de amigo en amigo, días y semanas de dolor. Luego la calle nuevamente, se iba deteriorando físicamente, pero crecía en espíritu, había fuerza en su mirada y en sus palabras. Mantenía vivos sus papelitos que por esa época le dedicaba a «Angelita». Angelita era amiga de Gustuvo Zuluaga, «El Hamaquero», los dos visitaban a Darío, de allí nació un amor platónico por ella muy evidente en su última correspondencia. Él sufrió ese amor que floreció solamente de su parte. Al menos fue un bálsamo ese sentimiento que alimentó por ella a sabiendas que no sería correspondido.

 

LA LEYENDA

Conversando con el poeta Mario Correa, él sostiene que hoy se tejen muchas historias sobre la vida de Darío Lemos, algunos lo llaman «maldito», otros dicen que fue el auténtico nadaísta, como el mismo Lemos lo dijo pasó a ser una leyenda, y así es. Mario considera que todos le ponen, le quitan, lo embellecen, lo afean, es una creación colectiva. Para Mario, en palabras textuales, es enorme, sideral y va cumpliendo el pensum de lo legenDarío; un fondo de especulaciones le viene bien a su carácter de nadaísta. Coincidimos en que todos son especialistas en Lemos, lo vamos engrosando con una que otra mentira. Lemos es un poeta intocable, incandescente, tanto que ni el mismo Mario, quien lo ayudó a enterrar, tiene una manera de entenderlo, es la leyenda, más allá del bien y del mal. Todos estamos contribuyendo a esa leyenda, eso es atributo de los grandes, de los grandes poetas nadie sabe realmente nada.
…..Una de las características del genio es que él se sabe como tal, reconoce su dimensión y la expresa en la contradicción misma de su mísera condición física, pero en la misma dimensión de otros como Rimbaud, Maiakovski, Artaud, Genet; a quienes él consideraba parte de su vida y sus compañeros de camino, nadie podrá establecer ya la verdad. Alguien dice que el caso de Darío es una predestinación, un sino; tal como ahora está sucediendo, como para que una sensibilidad como la de Stefhany Rojas Wagner, lea y valore la obra de Darío. Nos parece maravilloso que una muchachita de 28 años tenga esa clarividencia de encontrar esta obra poética majestuosa y densa, y decida emprender la tarea de reunir en una publicación de manera amorosa la vida, la leyenda y la obra.
…..El pathos es el sino de Darío Lemos, dice Mario Correa, y recalca que así es la leyenda, más allá del bien y del mal. Si le preguntas a todas las personas que lo conocieron, estoy segura de que dirán una cosa diferente y no es de mala fe, solo que así es el fenómeno. Dice Mario Correa que Darío miraba con los ojos de la memoria, sus pupilas se extraviaban en los recuerdos y en sus divagaciones filosóficas que terminaban en sus papelitos amarillentos, escritos a mano, su escritura era su necesidad visceral no una pose artística.

 

EL MENDIGO O EL MAGO

Para algunos, en medio de la multitud y el agitado movimiento de los días en el centro de Medellín, Darío podría parecer un mendigo, un habitante de la calle, como le dicen a las personas sin hogar. Muchos lo miraron así, despectivamente, pero para otros, ese ser humano, en esa condición de despojo, era «el poeta». Esa sensibilidad nadaísta que había hecho parte de una generación que marcó un hito y creó una brecha en la linealidad del acontecer social y cultural de su momento. Ese Darío de la calle, al que algunos amigos cercanos le ayudaban a veces, ese me inspiraba un respeto profundo y un gran cariño, porque cuando estaba cerca de él, sentía que hablar era una fiesta. Quién se imaginaría que en ese, mal llamado habitante de calle, se guardaba aquella grandeza de alma, ese mago, esa gran cabeza que había errado sus pasos hasta la devastación.

 

LA COMUNIDAD DE SANTA ELENA

Por nuestra cercanía, labrada en medio de tantas dificultades y siendo Darío un hombre reticente a la amistad femenina y en general a la multitud que «no dice nada», lo llevé a vivir a la casita de la Media Luna, en Santa Elena. Convidé a Juan y a Alejo para que lo acompañaran. Era una precaria construcción situada a la orilla de la carretera que forma una «S», con el frente hacia el occidente, en la curva antes de la Cascada, la vía principal al corregimiento. Media Luna sigue ahí, algo transformada, en un montículo, frente a las montañas. Era una modesta vivienda rural con corredor y en aquella época tenía una habitación independiente, solo un pequeño rectángulo con una puerta al paisaje. Allí, una cama pequeña, una mesita y un fogón de leña de dos puestos con una ollita y dos tazas. Ese fue el hogar de Darío en sus últimos meses. Allí se deleitaba viendo el atardecer. Sentado en la cama mirando hacia la montaña o en su silla de ruedas en el corredor escribió sus últimas cartas y poemas, sintió tranquilidad y respiró amor.
…..Cuando decidí llevar a Darío a vivir a Santa Elena, él ya estaba anunciando su muerte desde hacía por lo menos dos años, como una especie de noticia anticipada. Lo dijo hasta en entrevistas y documentales, y eso que por su espíritu era ajeno a la vitrina o la publicidad. Era, al contrario, amigo de guardar sus papelitos o de escribir directamente sus epístolas que más que correspondencia eran poesía. La verdad es que el tema de su muerte se había vuelto un lugar común en su conversación.
…..Juan creía que Darío, desde antes de llegar a la casa, tenía algo parecido a cáncer en el sistema digestivo, porque él no podía consumir alimentos tranquilamente. Muy pocas veces les aceptaba lo que ellos le preparaban. Lo que Juan puede recordar es que él mantenía un fogón donde cocinaba papas y huevo cocido. Eso era todo lo que consumía junto al cigarrillo y a la marihuanita.
Sin embargo, en mis visitas recuerdo cómo disfrutaba las sopas que le hacía y que tomaba en las cazuelas de barro que le tenía. Lo veía comer con gusto. Sentía que su sola presencia era una especie de magia que inundaba la atmósfera. Me parecía de verdad estar con un ser iluminado, un mago, una especie de maestro en su ya desgastada humanidad, pero con una elevada consciencia. Diría que tenía una gran erudición nacida no de la academia, nunca le llamó la atención la academia, sino de la manera visceral de entender la poesía y la vida. Con las citas de grandes poetas siempre acuñaba una frase suya categórica y rotunda que solamente podía escuchar en un silencio solemne.
…..Como yo trabajaba y tenía a David, mi hijo con apenas un año de nacido, mis hermanas Gisela, Piedad y sus amigos Juan, Alejo, Mila y Cata, fueron quienes acompañaron más a Darío allí en Santa Elena. A la casa iban además muchos artistas. Pasaron por allá el querido Jairo Guzmán, teatreros como Carlos Mario Aguirre y su esposa, el cineasta Víctor Gaviria. Iba mucho artista, mucho poeta a visitarlo. Juan, Alejo y Darío eran una comunidad un tanto anarquista, en el sentido de que ninguno trabajaba, trataban de imitar una vida Nadaísta al estilo de Darío. Totalmente contemplativos. Se levantaban a cocinar, a pasear por el bosque, a atender al poeta y de vez en cuando bajaban a Medellín por provisiones.
…..Después de mucho tiempo, Carlos Mario, por admiración y amistad, tomó la labor o el deber moral de llevarle cada mes un mercado a Darío. Él llevaba mil cosas. No todo era alimento: Darío se sentía como un niño con eso. Sin embargo, muy poco lo consumía realmente. Nunca comía nada porque eso le hacía mucho daño, no lo digería, le complicaba el organismo. Casi todo el alimento que llegaba era para el sustento de Juan y Alejo. El día que murió Darío, me contó Juan, le dijo en la mañana: «Juan, hoy sí como bandeja paisa». Al día siguiente nosotros nos reíamos de ese detalle gastronómico.
…..Sé que en Santa Elena sintió la paz y la armonía que necesitaba. Allí en su corredor, mientras veía la montaña me dijo con seriedad: «Quiero que mis cenizas sean esparcidas en estas montañas». Le repliqué: «Pero dices que te vas a morir y nada, Darío, llevas ya mucho en eso… dime ¿De verdad, cuándo te vas a morir?». Y me contestó: «La otra semana, creo que el miércoles».
…..Murió al lunes siguiente.

 

NO HAY ESPERANZA PARA EL HOMBRE

Juan y Alejo con una religiosidad y una devoción única, como a un santo, lo asistieron y fueron quienes me avisaron de su deceso. Eran aproximadamente las once de la noche, cuando sonó mi teléfono fijo, era Juan, me dijo: «Sarah, Darío acaba de morir». Solamente esas cinco palabras y me quedé muda también. De inmediato llamé a Mario Correa, amigo médico, y en menos de una hora me estaba recogiendo en el apartamento situado en el Palo, cerca a San Diego, nos fuimos en su volkswagen rumbo a Santa Elena.
…..Darío murió de un conjunto de males, una falla multiorgánica, como dijo Mario Correa, aunque recuerdo leer en el dictamen de su defunción: «Enfisema pulmonar». Me corroboró Mario al respecto que los médicos pueden dictaminar cualquier enfermedad visible, pero que realmente la muerte del poeta fue un cúmulo de fallas orgánicas.
…..Dicen que antes de morir, caminó desnudo por el corredor de la casita y luego se sentó y dijo: «no hay nada». Me cuentan que repetía: «no hay esperanza para el hombre, no hay nada», y mientras se iba hablaba que «viene en un ritmo», «esperen, esperen… cojo el ritmo».
Los muchachos lo desvistieron y comprobaron que él ya no tenía gangrena. Que se había curado, aunque tenía parte de una de las extremidades muy destrozada, roída. Uno podría deducir que él se curó de la gangrena. Y gracias, probablemente, a «Cachifo».
…..El cuerpo de Darío yacía solitario, hermoso como ninguno, tendido en la pequeña cama bajo una sábana blanca. Su rostro parecía sereno y su cuerpo en paz, armonioso. «Parece un Nazareno», dijo Mario mientras le tomaba algunas fotos, «¡qué cadáver más hermoso!». Sí, parecía un Jesucristo, de verdad, era impresionante ver ese rostro que nunca olvidaré: cetrino, y esa barba y cabellos con una forma que asemejaba un santo.
…..Busqué unas flores amarillas, se las puse en su cuarto y en la pared un poema de Emily Dickinson:

He visto un ojo moribundo
rodar y recorrer un cuarto
como buscando alguna cosa,
después oscurecer
después cerrar
sin revelar que era, lo que visto
lo hubiese sosegado.

Medellín-Buenos Aires, abril de 2023

 

 

Sarah Beatriz Posada. Licenciada en Español y Literatura de la U. de A., poeta y escritora, empresaria, investigadora y asesora metodológica en ciencias sociales, Ha publicado los libros: “Espejismo y Eco”, “El pulso de la luna”, “Cantos al Amador”. “Las líneas de mis días”. Tiene varios libros inéditos, fue incluida en la colección Bicentenario de Antioquia con una compilación de su poesía. Hizo parte esencial de la dirección y puesta en marcha del Festival internacional de Poesía en Medellín ha sido incluida en antologías y revistas nacionales e internacionales. Actualmente dirige el Festival Internacional de poesía en Necoclí y hace parte del equipo de dirección del Encuentro Internacional Nadaísta desde Santa Elena.

 

ζ

 

Fredy Yezzed nació en Bogotá, Colombia, en 1979. Escritor, poeta y activista de Derechos Humanos. Después de un viaje de seis meses por Suramérica en 2008, se radicó en Buenos Aires, Argentina. Tiene publicado los libros de poesía: La sal de la locura, (Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández, Buenos Aires, 2010), El diario inédito del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein (Buenos Aires, 2012), Carta de las mujeres de este país (Ed. Bilingüe español-inglés, Nueva York, 2019) que fue Mención de Poesía en el Premio Literario Casa de las Américas 2017, La Habana, Cuba, y la antología La orilla de los heterónimos (Bogotá, 2020). Como investigador literario escribió los estudios Párrafos de aire: Primera antología del poema en prosa colombiano (Editorial de la Universidad de Antioquia, Medellín, 2010), La risa del ahorcado: antología poética de Henry Luque Muñoz (Editorial Universidad Javeriana, Bogotá, 2015) y en coautoría Yo vengo a ofrecer mi poema. Antología de Resistencia (Editorial Escarabajo, Bogotá, 2021).

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de una obra del artista español © Juan Carlos Mestre

 

año 3 ǀ núm. 16 ǀ abril – mayo – junio  2023
Etiquetas: , , , , , , , , , , , Last modified: diciembre 17, 2023

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