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Tajo a tajo

Juan Sebastián Gaviria

 

Una novela intrépida y adictiva -con una prosa veloz y apabullante- que comienza con la escena de Adam, un joven norteamericano atrapado en la frontera mexicana cuando llevaba droga de una orilla a otra. Compartimos los primeros tres capítulos de la última novela del escritor colombiano Juan Sebastián Gaviria Tajo a tajo publicada por la Editorial Planeta (2021). Bienvenidos a leer la literatura de este outsider, como lo llamó el poeta Gonzalo Márquez Cristo.

 

 

 

 

1

Viajaba en el asiento trasero de un Chevy Caprice del 76. Tenía una funda negra sobre la cabeza, camiseta blanca y limpia, jeans percudidos y botas tejanas. La funda estaba ligeramente atada a su cuello con un cordel amarillo, y aunque le era imposible ver cualquier cosa a través de la tela, sabía que lo llevaban al medio de la nada; el aire arremolinándose por las ventanas era seco y caliente, el auto vibraba sobre el despavimentado, se oían las ruedas triturando terrones de arena y ramas de arbustos arañando la carrocería.
…..Adelante iban dos hombres. El piloto era Bruno, un cincuentón de barba larga, sombrero y gafas de aviador con los lentes sucios de polvo. Gonzalo, el copiloto, un mestizo de origen mexicano, más joven, llevaba el cabello encerado hacia atrás y chaqueta de cuero, a pesar del calor. Durante el largo recorrido desde que abandonaron el asfalto, se había volteado a revisar a Adam repetidas veces. La imagen aún era la misma. Un hombre repantigado en la mitad del asiento con la cabeza encapuchada, jugando con un cuchillo. Cada vez que lo lanzaba con un movimiento de la muñeca, el cuchillo destellante trazaba un giro de trescientos sesenta grados. Luego se oía el plaf del mango contra la palma de su mano. En los dedos de Adam podían verse algunos anillos de esparadrapo manchados de sangre.
…..Bruno repitió que ese jueguito del pasajero lo inquietaba. A Gonzalo también lo ponía nervioso, pero él no estaba autorizado para pedirle a Adam que dejara de jugar con el cuchillo. Todo lo contrario. En cierto punto el conductor ajustó el retrovisor central para ver la peligrosa evolución de la rutina de ejercicios del pasajero. Al principio, hizo girar el cuchillo horizontalmente en el aire, como una broca. Luego empezó a lanzárselo de una mano a otra; abría el puño y el cuchillo brincaba como si tuviera vida propia. Después vinieron las piruetas. Cada vez que el cuchillo se suspendía en medio de la cabina del Chevy, flotando en el aire como un clavadista olímpico, Bruno temía que todo acabara con un reguero de dedos y orejas mutiladas.
…..El plaf intermitente y rítmico continuó hasta que la voz de Adam se escuchó en el interior de la funda. Se detuvieron y le abrieron la puerta. Tras arreglárselas para descansar el cuchillo sobre el techo del vehículo, Adam se alejó con pasos cortos y dubitativos. Recostados contra la carrocería, sus custodios lo vieron orinar. Gonzalo, con los brazos cruzados, echó una mirada a la redonda, hacia el desierto. A lo lejos, pudo ver la mancha negra de un pequeño letrero. Adam regresó al auto, guiado por el sonido del motor. Cuando estuvo a un metro, estirando las manos hacia adelante para tantear el aire como un ciego, Gonzalo lo ayudó a encontrar el acceso. Arrellanado en el asiento trasero, Adam sostuvo su mano abierta con la palma hacia arriba por un rato, hasta que sintió el mango del cuchillo. Durante el siguiente tramo estuvo quieto, limitándose a recorrer la hoja con los dedos.
…..—Mierda —dijo Bruno, mirando por el retrovisor hacia el letrero que acababan de pasar. Era un aviso metálico, rojo y oxidado, cuyas letras desteñidas decían “cuidado: campo minado”—. Me tienes que estar chingando…
…..—Descuida —dijo Gonzalo con el dedo índice sobre los labios—. Tú solo conduce.
Negando con la cabeza, Bruno encendió un cigarrillo.
…..—Pero no te salgas del camino —añadió Gonzalo. —¿Cuál pinche camino?
…..—Lo que quiero decir es que conduzcas recto hasta que yo te diga. Sujeta firme el timón y todo va a estar bien.
…..El olor del humo alcanzó a penetrar la tela de la capucha de Adam, que pidió un cigarrillo. —Dale, gringo —dijo Gonzalo—. Tú sabes que no te puedo quitar la funda.
…..—Sobre la tela… —sugirió Adam.
…..Gonzalo se contorsionó para poner un cigarrillo encendido entre los labios de Adam, a través de la funda. Antes de acomodarse de nuevo en su asiento, se dio cuenta de que la punta del cuchillo de Adam estaba a escasos milímetros de su cuello. Adam, mordiendo el filtro, inhalaba hondo. Una especie de espantapájaros. Con cada exhalación, el humo brotando por toda la funda hacía pensar que su cabeza ardía en llamas. Por un instante, Gonzalo se preguntó si Adam formaba una sonrisa de sorna bajo la tela. Mirando fijo la hoja del cuchillo, se retiró a su asiento.
…..Viajaron hacia el esquivo corazón del desierto durante una hora más, hasta que una casa rodante apareció en la distancia. A medida que se acercaron, se hizo evidente su nivel de deterioro. La intemperie le había dado a la carrocería un tono de huesos secos, las ventanas estaban rotas, y el viento golpeteaba la puerta rajada contra el marco. El auto se detuvo lanzando una nube de polvo hacia la casa rodante y Bruno apagó el motor. Con el silencio, ambos se percataron de que el pasajero había comenzado a lanzar su cuchillo con ansiedad, y el mango a duras penas alcanzaba a tocar la palma de la mano antes de volver a levantarse en el aire. Gonzalo pensó en una serpiente agitando su cascabel.
…..Con el cuchillo en la mano y el piso arenoso bajo las suelas de sus botas tejanas, Adam oyó que el motor del auto volvía a encenderse. Diminutos granos de arena saltaron contra la piel de sus brazos. El sonido del motor se hizo vago con la distancia. Cuando todo lo que pudo escuchar fue su propia respiración, se quitó la funda de la cabeza. Encandilado y arrugando la cara, oteó hacia la distancia, donde el vehículo que avanzaba contra el horizonte no era más que una pequeña mancha de polvo. A sus pies había una bolsa de papel con alimentos y una nevera de fibra. Sonaron ruidos a su espalda. Al girarse, vio a Gonzalo salir del tráiler.
…..—Pon la bolsa sobre el mesón de la cocina. No muevas la nevera.
…..Gonzalo sacó un par de sillas plegables y una maleta de lona de la bodega trasera. Valiéndose de una varilla oxidada, pudo despegar la pérgola exterior, una gruesa tela agujereada y polvorienta que se templó en medio de dos brazos metálicos. Puso las sillas bajo la sombra. Sentado con la maleta sobre los muslos, abrió la cremallera para sacar un radio de baterías y unos binoculares.
…..Examinaba a Adam de arriba abajo, esbozando una sonrisa irónica. Adam era delgado, blanco, no muy alto, con una mirada que se debatía entre el terror y la determinación por vivir. Llevaba el abundante pelo recogido en una cola de caballo. Bajo su camiseta blanca, tenía una herida a la altura del abdomen que el mismo Gonzalo había remendado tres días antes.
…..—Siéntate si quieres —dijo Gonzalo sacando dos cervezas de la nevera. Adam se apoyó su lata contra la sien antes de abrirla—. Tú duermes en la cama de atrás —agregó, enfocando el desierto con los binoculares—. Yo, en el catre que está sobre la cabina. No hay agua en los tanques, así que si tienes que mear o cagar usa el desierto.
…..Mirando hacia la abismal extensión de arena y arbustos, Adam asintió.
…..—¿Quieres ver a la competencia? Ven, acércate. Usa estos binóculos. Ahora mira hacia allá, a las tres. Más hacia la derecha. Eso que ves es otra casa rodante como esta… Ahora mira a tus once. …..¿Ya viste? Otra. En total somos seis. Mañana, con la salida del sol, encendemos nuestros motores y arrancamos.

 

 

 

2

Un taxi lo llevó al taller de autos en las afueras de Ciudad Juárez, un lugar enorme con autos desvalijados y viejos buses sin ruedas. Los mecánicos reparaban escarabajos marchitos bajo un enorme techo de aluminio. Las herramientas, los radios y las botellas de cerveza formaban una enorme constelación sobre ese suelo de tierra dura y seca. Al fondo, una pequeña bodega con paredes de cemento y puertas de hierro. Adam atravesó el lote seguido por un perro sucio que renqueaba y olía sus botas tejanas con curiosidad y miedo. Lo chitó un par de veces, pero el animal siguió persiguiéndolo.
…..Adentro de la bodega estaba su jeep negro, y dos hombres con trapos húmedos en las manos terminaban de policharlo. Caminando en torno al jeep estaba Héctor, un tipo calvo y bajito.
…..—Entra —dijo.
…..Adam advirtió que el perro se sentaba al lado suyo. Parecía tener sarna. Y le faltaba el ojo derecho. —¿Qué tal el arreglo, gringo? —dijo Héctor, recibiendo un sobre blanco de la mano de Adam. …..—Bien. Se ve igual…
…..—Claro que se ve igual. Pero lo que nos importa no es si se ve igual, ¿cierto? ¡Lucas! ¡Trae el perro! Sonó un portazo metálico, y un hombre con un enterizo grasiento se acercó sujetando en su mano la delgada correa de un pastor alemán. Al primer avistamiento del animal, el perro tuerto y sarnoso que se había echado junto a Adam salió a perderse. —Este es un perro antinarcóticos —dijo Héctor—. De los de verdad. Mañana lo devolvemos al policía aduanero que nos lo prestó.
…..El hombre y el perro circundaron el jeep dos veces, y luego el animal se sentó de espaldas al vehículo. —Te ves muy nervioso —le dijo Héctor a Adam—. Te recomiendo que te tomes algo. Un calmante o un trago…
…..Antes de dirigirse al paso fronterizo, Adam regresó al hotel. Con las palmas apoyadas en el marco de la ventana, miró hacia abajo. Su jeep estaba en el borde de la calle en medio de una larga hilera de escarabajos Volkswagen y taxis.
…..Puso una navaja abierta sobre la mesa de noche, junto a un grueso rollo de cinta plateada de embalar. Se bajó los jeans hasta donde sus botas lo permitieron, descubriendo unas bragas rosadas con delicados encajes celestes y un minúsculo moño de seda en el elástico. Acostado boca arriba sobre la cama, se llevó las manos a la entrepierna para palpar con las puntas de sus dedos el escroto afeitado al ras, el pene y las ingles. Con su frente arrugada en un gesto de concentración, introdujo los testículos por el canal inguinal, aquella cueva natural de la anatomía humana. Al empujarlos con las puntas de sus dedos hacia el interior de su abdomen, entre sus manos quedó el escroto desocupado, una bolsa de piel gelatinosa y suave sin nada adentro. Se sentó en el borde del colchón para coger de un zarpazo el rollo de cinta plateada.
…..Después de envolver el escroto vacío alrededor de su pene, y fijarlo con un pedazo de cinta, se puso de pie. Con su navaja, cortó otro trozo de unas dos cuartas y media de largo, que acomodó sobre la cama. El segundo y tercer pedazo fueron de una cuarta. Unió los tres segmentos, formando una especie de tridente. Adhirió las tres puntas a ingles y vientre. Agachándose un poco, jaló su pene desde atrás para sepultarlo entre sus nalgas; entretanto, su otra mano tiraba del extremo largo de la cinta, que fijó en la parte baja de su espalda.
…..Entonces, finalmente, pudo cubrirlo todo con sus pantis. Había aprendido a ocultar y pegar muchos años antes, y ahora no le tomaba más de un par de minutos. Al principio lo hizo para evitar tanta repulsión al mirarse al espejo, y luego se dio cuenta de que con este arreglo se comportaba con más naturalidad, satisfecho de su desafío secreto. Ocultaba y pegaba, aún para cubrir la obra maestra con unos viejos y masculinos jeans.
…..Condujo erráticamente por las calles de Juárez. En un almacén de misceláneas, escogió cuatro piñatas al azar. Cuando el vendedor las puso en la parte trasera del jeep, y Adam vio espacio de sobra, pidió dos más. Luego desplegó el techo de lona para cubrir su pequeña arca de Noé. Tres jirafas, dos pequeños ponis semejantes a perros obesos, y un Angry Bird que no era más que una enorme bola roja.
…..Deambuló un rato más por las calles sintiendo el escozor de la cinta bajo sus testículos. Decidió entrar a un pequeño mercado a comprar un six pack de Tecate.
…..Durante la espera en la fila de la frontera, palió los nervios con un Valium. Atravesó el retén, saludando con una sonrisa al oficial. En el radio, una melodía de Motörhead que no oía hacía mucho tiempo y que le daba la sensación conocida de omnipotencia. Lo había logrado. Era momento de celebrar con una cerveza. Luego de estrujar la primera lata y abrir la segunda, subió el volumen y aceleró a fondo.
…..Al recobrar la conciencia tras el accidente se escurrió gateando hacia afuera. Aún estaba muy drogado. A esa hora de la noche la autopista se veía desolada. Intacto, salvo por una raspadura en su codo derecho, Adam pudo darse cuenta de la gravedad de la situación: una delgada capa de polvo blanco cubría el asfalto. Acuclillándose detrás del jeep volcado, sintió el penetrante olor. Del interior de la carrocería, detrás del guardabarros trasero, seguía brotando el polvo que formaba pequeñas pirámides en el suelo. Su jeep era un enorme reloj de arena roto.
…..A unos metros del jeep volcado sobresalía el techo de lona que se soltó durante el accidente. Aplastada bajo la puerta desprendida, se divisaba la cabeza de una de las jirafas. Sus entrañas multicolores, desparramadas por la berma. No había rastro de los ponis, ni del Angry Bird, ni de la segunda jirafa. En medio de los vidrios, los Bubbaloos, los Mini Winis, los Tootsie Rolls y los …..Pelon Pelonetes de tamarindo, encontró su cajetilla de cigarrillos. La cocaína había dejado de caer. Descargó una patada contra la carrocería y los hilos de polvo volvieron a descolgarse. Fumó, caminando por el borde de la carretera con el pulgar izquierdo levantado. El siguiente auto en pasar se detuvo a recogerlo. Era una patrulla de policía.
…..Terminó en el borde de la autopista con la cara contra el pavimento y las manos esposadas a la espalda. Al levantar la cabeza, rozando el asfalto con el mentón, vio una conmoción de policías, patrullas, luces, las puertas traseras de una ambulancia abiertas de par en par y un oficial ensangrentado rodeado de paramédicos.
…..Lo jalaron del pelo para ponerlo de pie. Bajo sus pies crujieron vidrios pulverizados. Las articulaciones de sus hombros eran lo único que le dolía; trató de decirle al agente que le soltara las esposas, pero sus labios solo profirieron un murmullo ininteligible. Era como si tuviera la mitad de la cara anestesiada. El jeep negro volcado, con el panorámico hecho trizas, las latas chuecas y una puerta faltante, era un monumento a la desgracia. Quién sabía a dónde habían ido a parar las llantas delanteras.
…..Viajó hasta el pueblo más cercano en el asiento trasero de la patrulla, a ciento veinte kilómetros. Dos oficiales lo escoltaron hasta una sala donde le pidieron que se desnudara para requisarlo. …..Adam se frotó las muñecas maltratadas por las esposas y puso su camiseta sobre una mesa metálica. Luego acomodó sus botas tejanas lado a lado, en el suelo, con cierta solemnidad.
…..—Muévete, cabrón, que no tenemos toda la noche —dijo uno de los policías.
…..Tras retirarse las medias blancas y colgarlas sobre sus botas, levantó las manos en el aire.
…..—Los pantalones también, idiota —dijo el segundo oficial.
…..—Así está bien —soltó Adam con voz quebrada de ansiedad.
…..—Te vamos a poner a toser —dijo el primer policía sacando un par de guantes de látex—. Quítate la ropa. Adam se mordió el labio. El miedo en su mirada crecía mientras se desabrochaba el cinturón. Después de quitarse los pantalones permaneció cabizbajo, con los brazos descolgados.
…..—¿Qué putas es esto? —preguntó el primer policía, que se acercaba a Adam con el rostro arrugado. —¿Y cómo mierdas haces para orinar, cabrón? —soltó el segundo.
…..—¿Dónde está tu verga? —dijo el primero.
…..—Guardada —masculló Adam, y ambos policías estallaron en carcajadas. Era como haber aterrizado de nuevo en la secundaria. Sin levantar la mirada, Adam crispó los puños.
…..Después de la descarada burla, los policías se limpiaron las lágrimas de los ojos y recobraron el aliento. El escándalo atrajo a otros agentes curiosos. Quedaron perplejos: Adam, parado en el centro de la habitación junto a su ropa, exhibía sus bragas rosadas. Pero lo que más impactó a los policías fue la ausencia de un bulto bajo la tela.
…..—¿No tiene verga? —le preguntó uno de los recién llegados a los demás.
…..—Dice que la tiene guardada. Vamos, putita, quítate esos pantis y déjanos ver lo que hay debajo. Con los ojos encharcados y las manos temblorosas, Adam se bajó las bragas. Los agentes vieron el complejo arreglo, con los trozos de cinta adhesiva plateada pegados de su vientre e ingles. Una especie de tanga hecha en casa, un precario cinturón de castidad, una aberración. Las risotadas volvieron a oírse, transformadas en aullidos de burla salpicados con aplausos sonoros. La vergüenza paralizó a Adam. La puerta detrás de los policías se abrió con brusquedad y todos se giraron. …..Lágrimas de miedo, lágrimas incontrolables y traicioneras brotaron de los ojos de Adam. Parado en el marco había un hombre uniformado con una venda ensangrentada en la frente, un espeso bigote, mueca de desagrado y mirada iracunda. Los demás oficiales le abrieron paso y el hombre de la venda se acercó a Adam meciendo su cachiporra, pendenciero. Se detuvo frente a él para mirarlo de arriba abajo.
…..—¿Qué putas es esta mierda? —No hubo respuesta. El hombre comenzó a respirar en la oreja de Adam—. Me detuve a ayudarte y tú me tiraste al piso y me abriste la cabeza a patadas —susurró entre dientes.
…..—Te juro que no lo recuerdo…
…..—Ya te voy a devolver la memoria… —El hombre dio un paso atrás y señaló la entrepierna de Adam con la cachiporra. Girándose hacia sus colegas, dijo—: Quítenle esta mierda… Este… Lo que quiera que sea.
…..El hombre de los guantes de látex se acercó a Adam estirando la mano para retirarle el extremo de cinta de la ingle izquierda.
…..—Espera —rogó Adam—. No se puede retirar en seco. Si jalas esa cinta me vas a arrancar la piel de la verga… Se debe quitar bajo agua caliente.
…..—¡Por supuesto! —dijo el hombre retirando la mano teatralmente—. No caí en cuenta. Ya mismo doy la orden de que llenen una tina de agua caliente —las risas comenzaron a llenar el cuarto una vez más—. Tenemos sales del Himalaya y del mar Muerto. Aceite de hierbas y coco…

 

 

 

3

Dominic siempre había llevado aquella barba tupida, el pelo echado hacia atrás y algunos bucles desordenados trazando arabescos sobre su nuca. Sus labios, escondidos bajo el espeso bigote, los ojos grandes tan negros como sus cejas, y la piel de su frente y sus sienes tostadas por años de conducir de cara al sol. A los diecinueve años fue operario de retroexcavadora, y luego pidió un crédito para comprar su primer camión. De ahí en adelante viajó a lo largo de días, semanas y meses enteros, de costa a costa y de norte a sur, desde Chiapas hasta el Yukón canadiense. Había cargado mercancía en los puertos de Nueva York y Los Ángeles. Solitarios moteles de carretera y vastas paradas de camiones eran sus oasis de neón en medio de la nada. Durante las ausencias, su esposa, Nancy, criaba a Adam en Waco, Texas.
…..El día que liberaron a Adam, Dominic lo recogió en una camioneta Ford último modelo. Adam le dio un zarpazo a la cajetilla de cigarrillos sobre el tablero. —¿Cómo estás? —preguntó Dominic.
…..—Bien —dijo exhalando humo—. Vámonos de acá.
…..—Vuelve a decirme cómo estás, pero esta vez mirándome a los ojos.
…..—Creo que bien —dijo Adam—. Ahora, por favor, vámonos —agregó con una mueca de hastío. —¿Necesitas algo para el dolor?
…..Dominic señaló el ojo izquierdo de su hijo, una bola roja de vasos reventados sobre el pómulo con la piel hinchada, purpúrea. Algunas raspaduras podían advertirse bajo su pelo corto, arriba de la sien izquierda.
…..—No. Esto no es nada —dijo Adam señalándose la cara con el índice—. Esto es Polunsky. Durante la primera media hora de viaje Adam no dijo palabra, y se limitó a fumar, uno tras otro, los cigarrillos de su padre. De vez en cuando lanzaba una mirada hacia una pequeña fotografía de su difunta madre pegada al tablero.
…..—Te compré cervezas frías. Están en el asiento de atrás.
…..Adam agarró el six pack. Abrió una y dio un largo sorbo.
…..—Te tengo buenas noticias —dijo entonces Dominic—. Me jubilé hace dos meses.
…..—Pensé que eran buenas noticias.
…..—Podría seguir manejándolo y ganar algo de plata aparte de la pensión, pero ese camión tiene un nuevo dueño.
…..—Mierda… ¿Lo vendiste?
…..—No. Lo están poniendo a punto en el taller. Es para ti.
…..Adam arrugó la frente.
…..—¿De verdad? ¿Y tú…?
…..—Por mí no te preocupes, mocoso. Dame un sorbo de esa mierda.
…..—Gracias, papá —dijo Adam extendiéndole la lata a su padre—. De verdad… Yo sé lo que esto significa.
…..—¿Sabes qué? El mundo se ve muy distinto desde la cabina de un camión. Estás en un mirador todo el tiempo. Hmmm… Hay atardeceres bonitos, pero nada le gana a un atardecer desde la cabina, con un buen cigarrillo, un café, la brisa tibia entrando por la ventana, el sonido del motor…
…..Dominic se alegró al ver que Adam esbozaba su primera sonrisa del día, ignorando que esa era su primera sonrisa en los últimos treinta y seis meses.
…..—No es fácil iniciar de nuevo después de la cana… Y yo me doy por bien servido con que hayas salido con vida de Polunsky… Ahora vamos a comenzar de cero.
…..—Gracias, papá.
…..—¿Es tan pesado como dicen?
…..—¿Polunsky?
…..—Sí.
…..—Yo estuve todo el tiempo bajo el cuidado de los mexicanos, y aun así ya me viste la cara. La protección de los mexicanos no fue gratis.
…..Polunsky era una cárcel del este de Texas famosa por albergar, entre sus más de dos mil quinientos prisioneros, a un par de cientos de hombres que esperaban la pena capital. El día de su llegada, a Adam le dieron un enterizo y unos tenis blancos a cambio de su ropa y sus botas tejanas. Tenía la cara hinchada, el labio roto y el brazo izquierdo enyesado. En el reporte del arresto decía que esas heridas fueron causadas en el accidente. Solo él y los policías sabían que era producto del masaje relajante que le dieron en la comisaría después de su tina con sales del Himalaya.
…..Hacia su segundo día en Polunsky, un mexicano llamado Chico se acercó a Adam en el patio exterior. Adam supo de inmediato que venía a darle una amarga bienvenida.
…..—El jefe dice que le debes siete kilos de coca, güero… Más el costo del jeep que dejaste en pérdida total.
…..El jefe era León Valencia, del Cartel de Juárez al norte de la frontera. Vivía en una casa de lujo en las afueras de Albuquerque, con una familia de comercial de televisión. Su hija mayor era miembro del equipo estatal de fútbol femenino y su esposa se hacía cargo de una fundación que ayudaba a niños con leucemia.
…..—Te tiene un par de trabajitos acá en la cana, para saldar la deuda.
…..—Entiendo.
…..—Esta tarde a las cinco en punto vas a comenzar a quejarte de un fuerte dolor en el brazo. No me importa qué tengas que hacer, culero, pero más te vale que te lleven a la enfermería.
…..—¿Y después?
…..—El doctor de turno te va a quitar el yeso y te va a poner uno nuevo.
…..Escondiendo su turbación, Adam siguió las indicaciones al pie de la letra. En la enfermería, el doctor de turno le cambió el yeso del brazo. Cada vez que Adam se giraba hacia él, el doctor le decía:
…..—Mira la puta pared.
…..Dos días después Chico volvió a acercársele a Adam mientras caminaba por el pasillo hacia las duchas. Venía acompañado por otro mexicano. Adam supo que algo iba a pasar cuando los dos guardias que vigilaban a los reos se retiraron. Los dos mexicanos lo tiraron al piso para comenzar a pisotearle el brazo enyesado. Chico le puso una navaja en el cuello y lo amenazó con degollarlo si hacía bulla. Finalmente, cuando el yeso fue ablandado a golpes y pisotones, se lo sacaron del brazo como una manga. Chico lo ayudó a pararse, mientras el otro escarbaba dentro del yeso para sacar una bolsa del tamaño de cuatro sobres de azúcar, que embutió dentro de su boca antes de desaparecer pasillo abajo. Chico puso en la mano de Adam la navaja con la que lo había amenazado. —Esto es para que hagas tu segundo trabajito. Escóndela en tu celda. La próxima semana te digo qué hacer…
Adam hizo silencio cuando su padre se salió de la carretera hacia una estación de gasolina. Después de abastecer, Dominic le preguntó a su hijo si quería almorzar. Junto a la gasolinera, había una parrilla con algunas mesas exteriores donde podrían comerse un par de costillas y terminar sus cervezas en paz.
…..—El tipo que me hicieron matar era un mara salvatrucha veterano que pagaba perpetua por homicidio múltiple —continuó Adam—. Después de llegar a Polunsky, el tipo le dio un vuelco a su vida, renunciando a su pandilla para comenzar a estudiar y a rezar. Pero los mexicanos, a diferencia de Dios, no lo perdonaron. A mí me dieron la navaja, me explicaron un par de cosas y me dijeron a qué hora ir a su celda…
…..—¿Te explicaron un par de cosas? —interrumpió Dominic—. ¿Qué quiere decir eso?
…..Adam recordó las sesiones en la celda de Chico, mientras este y uno de sus guardaespaldas le daban detalladas clases de técnica y anatomía. Cómo sostener la navaja. Dónde apuñalar. La ubicación de los órganos vitales. Aunque su víctima sería un expandillero arrepentido, no estaba descartado un enfrentamiento. Chico era uno de los principales proveedores de armas blancas en Polunsky y bajo el colchón de su compañero de celda tenía incontables chuzos con empuñaduras de trapo, navajas fabricadas con cucharas metálicas y de plástico, cepillos de dientes, latas de atún y peines. Una tétrica muestra de recursividad. Pero durante las sesiones no usaron cuchillos hechizos, sino marcadores de punta gruesa. Sin camisas, constreñidos por la celda, Chico y Adam simulaban enfrentamientos, para luego contar quién tenía más rayones y puntos de tinta. El día que Chico contó menos líneas en el torso de Adam que en el suyo, lo declaró listo para hacer su trabajo.
…..—Yo había visto al mara en la cafetería —prosiguió Adam—. Cuando entré a su celda me miró de una manera extraña. De espaldas a su camarote, subrayaba pasajes de una biblia, y me miró como si supiera que venía a matarlo. Tenía la cara tatuada por completo, sin un solo espacio en blanco, como todos esos putos maras. Pero su mirada era, de verdad, la de un tipo fracturado por dentro. Un creyente devoto y arrepentido. Se paró de repente, volcando el asiento, y hundió la mano bajo su cama. Lo apuñalé cuatro veces y lo vi desangrarse, con el brazo aplastado bajo el colchón.
…..—Lo siento, hijo…
…..Adam inhaló hondo, parpadeando repetidas veces. Con una sonrisa contrariada, se encogió de hombros.
…..—Está bien, papá —dijo extendiendo el brazo y apretando el hombro de Dominic—. Eso ya quedó atrás…
…..Hubo un largo silencio. Dominic estrujó su lata de cerveza vacía.
…..—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.
…..—Era él o yo…
…..—No, no, hijo, no me refiero a eso. Me refiero a la droga. ¿Por qué te pusiste a mover coca para esos putos mexicanos?
…..Adam trató de no mostrarse sobresaltado por la pregunta. Ahí se le ofrecía la oportunidad de sincerarse. De decirle a su padre para qué había arriesgado su libertad. Confesar de una vez por todas qué asunto era tan inaplazable, por qué era tan apremiante su necesidad de dinero. Dos semanas antes de cruzar a México en su jeep, visitó a un especialista y luego a un psiquiatra y por fin estableció un plan para seguir. El monto total superaba los ochenta y nueve mil dólares, sin contar el dinero para subsistir sin trabajar durante los periodos de recuperación. Adam se sabía de memoria la lista de precios. Blefaroplastia inferior y superior, seis mil setecientos dólares. Rinoplastia, siete mil quinientos. Condrolaringoplastia, diez mil seiscientos. Desbaste mandibular, tres mil setecientos. Reducción de cresta supraorbital, cinco mil doscientos. Aproximación cricotiroidea, tres mil seiscientos. Acortamiento del labio superior, tres mil. Eso era solo la cabeza. …..Mamoplastia de aumento, ocho mil doscientos. Liposucción, dos mil. Abdominoplastia, ocho mil trescientos. Glúteos, nueve mil quinientos. Orquiectomía, cuatro mil seiscientos. La vaginoplastia con clitoroplastia y labioplastia, diecinueve mil setecientos dólares.
…..Dominic miraba a la distancia, pensativo, a la espera de la respuesta de su hijo. Adam vació su lata de cerveza.
…..—Simplemente quise plata fácil. Fui tan imbécil como para creer que tal cosa existía.

 

 

Juan Sebastián Gaviria nació en Bogotá, Colombia, en 1980. Tras ser expulsado de una academia militar en Estados Unidos a los diecisiete años, abandonó la secundaria para dedicarse de lleno a la escritura. Sus años de vida errante en las carreteras suramericanas están registrados en los poemas del libro Cicatriz Souvenir (Común Presencia, 2009). Es autor de las novelas Brújulas rotas (El Peregrino, 2013), La venta (Random House, 2015), Contenido explícito (Random House, 2017), y Profeta (Random House, 2019). Tajo a tajo (Planeta) es su más reciente novela. Crédito foto autor: Angela Yepes.

La composición que ilustra este paisaje de Abisinia fue realizada a partir de:
Incidencias/fragmentos
s/t
Lápiz grafito sobre papel
2021
de © Amadeus Alessandro Longas.

 

año 2 ǀ núm. 8 ǀ noviembre – diciembre 2021
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El país de las palabras rotas

The Land of Broken Words

AUTOR

Juan Esteban Londoño

ISBN

978-1-950474-05-9

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Las semillas del Muntú

AUTOR

Ashanti Dinah

ISBN

978-1-950474-22-6

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Paracaidistas de Checoslovaquia

AUTOR

Eduardo Bechara Navratilova

ISBN

978-1-950474-25-7

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Este permanecer en la tierra

AUTOR

Angélica Hoyos Guzmán

 

ISBN

978-1-950474-82-0

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Estrellas de mar sobre una playa

Los poemas de la pandemia

AUTOR

Margaret Randall

 

ISBN

978-958-52793-1-5

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Lo que se desvanece

AUTOR

Luis Camilo Dorado Ramírez

ISBN

978-958-53394-8-0

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Mudar el mundo

AUTOR

Ana Gandini

ISBN

978-987-86-6012-7

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El diario inédito del filósofo
vienés Ludwig Wittgenstein

Le Journal Inédit Du PhilosopheViennois Ludwing Wittgenstein

AUTOR

Fredy Yezzed

ISBN

978-1-950474-10-3

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Fragmentos fantásticos

AUTOR

Miguel Ángel Bustos

ISBN

978-958-52096-8-8

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El bostezo de la mosca azul

Antología poética 1968-2019

AUTOR

Álvaro Miranda

ISBN

978-958-52793-5-3

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Geografía de los amantes del Sur

AUTOR

Mónica Viviana Mora

ISBN

978-958-53033-2-4

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Geografía de los amantes del Sur

AUTOR

Mónica Viviana Mora

ISBN

978-958-53033-2-4

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El inmortal

AUTOR

John Galán Casanova

ISBN

978-95853-39439

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Las voces de la tierra

AUTOR

Yanet Vargas Muñoz

ISBN

978-958-49-3124-5

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Por el ojo del pincel

AUTOR

Mónica Fazzini

 

ISBN

978-987-86-5317-4

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