Escrito por: 3:30 am Latinoamericana, Poesía

Sol en fuego

Elizabeth Azcona Cranwell

 

De entre la vasta obra poética de Elizabeth Azona Cranwell (Buenos Aires 1933-2004) hemos seleccionado cuatro poemas extensos que pertenecen a Las moradas del sol (1987). Es un libro enteramente dedicado al zodíaco, dividido en cuatro partes regidas por los cuatro elementos de la naturaleza y su vinculación con los signos: Sol en fuego (Aries, Leo y Sagitario); Sol en tierra (Tauro, Virgo y Capricornio); Sol en aire (Géminis, Libra y Acuario) y Sol en agua (Cáncer, Escorpio y Piscis). Junto a los poemas, y en estrecha relación, están los dibujos alusivos de Ana Tarsia que convierten a la publicación en algo más que un libro de poesía. De algún modo, es un libro de arte ―con lujosa encuadernación de tapas duras― donde dialogan el lenguaje poético y el lenguaje visual. Asimismo, la temática presocrática de los elementos junto a la cosmovisión astrológica ubica a la obra como un itinerario de sabiduría. La poesía, el arte y el zodíaco, como camino. La palabra poética como revelación o llamado no puede estar ajena a la misteriosa e influyente urdimbre de los astros.

 

Selección y comentario de Leandro Calle

 

 

 

 

Piscis

Mira la luz oblicua
color azul que nace en el océano,
esa palabra oculta
surgida sin una voz que la pronuncie,
es mensaje, señal,
fuerza que la materia desconoce.

No sueñes como en mí se sueña.
Para mis ojos todo lo que cae renace,
habla de pájaros, animales sedientos
o ángeles que le fueran a la infancia
tan ciertos y desnudos.
Hoy es la lluvia contra los vidrios del ayer,
mañana será la melopea
de otras lluvias ajenas.
Existo:
es la manera de dolerme en todo.
¿Debo creer que alimento mi hambre?

Mi mandato es andar y los pies por sí solos
saben cuándo deberán detenerse
para que alguien refresque su cansancio,
como las manos
que un día dieron a otras fatigas.
Mi mandato es danzar en las arenas
y correr sin cansancio
por las piedras, los surcos, los desiertos.

¿Por qué no quedan huellas de mis pasos
cavadas en la tierra?
¿Por qué el pez no respira
en la burbuja de oro resguardada
por el ópalo líquido?

El otro pez le roba las sustancias
en el fervor de imán que cubre la corriente dudosa,
desdeñando la fuerza que lo enlaza a los suelos
de zafiro emboscado en el fondo del mar.
La paciencia del agua se parece a las lágrimas.

Oh Dios, piedad para este siglo
y sus espinas de reparación
que duelen al costado.
Lavaremos los pies del peregrino,
diremos la humildad de los suelos
para expiar el gozo de vivir.

Hay que seguir uniendo los extremos
de alegría y dolor
como esos cuerpos agridulces
donde la vida entabla grandes bodas:
una palabra que nos una,
una respuesta en el desierto.
Nos queda el «carpe diem»
pero en su brevedad no cabe la plegaria.

Deja que la madera crezca endurecida
por las pruebas del mundo.
Afírmate en el hierro de cárcel derribada,
dibuja su contorno como acero en el aire,

mientras
te nombras desde lejos
para saber que existes.

 

 

 

Aries

No era la realidad
ni eran las trampas de la tierra
ni la moneda o la codicia.

Era el llamado temerario,
tan sólo el salto a ciegas,
el combate llameante.
Tu cabeza con ojos de no mirar
lanzada hacia el ataque o el vacío.

Fue en ese tiempo que no viste
porque un minuto es demasiado largo
y tu fuerza no podía quebrarse
en esa mensurada realidad.

No, la conciencia; sí, la mano del golpe,
la pasión no del todo alejada
de cierto amor brevísimo,
destello que enceguece.

Tuyo era ese poder elemental,
bailaba entre las llamas
y no dejó que el día floreciera
en la serenidad de las corolas.

Nada quedó del otro lado, sólo rescoldos.
Aquí, tu herida abierta
y tu dolor inútil y tardío.

Agni, piadosamente, atenúa la luz
para esconder las cenizas.

 

 

 

Libra

Un escenario breve,
contradanza de pasos,
el musical instante puro
más allá de las máscaras.
Lámparas que se enfrentan
con un reflejo de ópalo discreto,
ese apogeo verde se disculpa
de una ignota tristeza.

«Lo que está arriba es como lo de abajo,
lo de fuera está dentro».
Conoces esa ley, sabes sus equilibrios puros
en la cósmica luz que los abarca.
Y lo vecino tiene también su regla
de preciso vaivén, de luz y sombra.

Atención al banquete cuyo invitado es único
y levanta la copa ante su imagen
con impulso de viento que irisará la flor
en un jarrón chinesco
donde cada figura se convierte en su propio reflejo
complicando su voz con otra voz,
amándose a sí misma.

Muchas voces se trepan a un rito de cristal,
bajan a un rumor bronco de marea
en el dúo de pájaros que vuelan
merodeando la vida.

Es verdad que el verano
empuja la misión de los árboles,
es dádiva de frutos,
se convierte en provecho
la finitud de la estación.
Y también el invierno
con sus marcas de nieve
abre como cábala oculta
su fuego en cada flor.

Hojas quemadas.
Resina que despierta en sus colores
mientras la llama duerme entre los troncos
como algún tenue sol,
un brasero gastado por algunos crepúsculos
que al mismo tiempo huyen del invierno
y evaden el asalto del estío.

Cada platillo pertenece a un país
para el otro, extranjero,
ambos se unen por dos manos de aire,
pretendiendo trazar el lugar justo,
cierta ambigua palabra salvadora.
Esas manos gobiernan un limitado día
y hay una sola llave para abrir las dos puertas.

 

 

 

Cáncer

Cuando el mar y la savia
obedecen a las voces lunares,
el vaivén del amor es retorno en mareas;
es la paz de las perlas que platean el cielo
con la luz absoluta donde la reina madre
amamanta con leche de galaxia
a los vástagos de la carne y los sueños.

Por entre surtidores y aguaceros furtivos
va esa ladrona de las plantas mágicas
a fecundar la tierra, a procrear sus hijos
entre humus y rocío,
tal vez, a devorarlos por el imperio de su amor
o bien, a destruirlos para volver madera
el cristal de sus modos.
La realidad la hiere,
se repliega en su forma y se envuelve a sí misma,
cambia las dimensiones de la sombra
y el oscilar del corazón.

Cercados por la llama de las pruebas,
la sumisión, la antorcha que entreteje la historia:
hadas, duendes, castillos,
tramas, inventos desde un sueño perdido:
Tal es su modo de atrapar la vida.

No crezcas nunca, rostro de monaguillo,
ángel redondo, hostia macilenta.
Todo sea nutricio en esas huellas
que no marcan tu nudo en otras vidas.

Tantos bellos relatos te servirán más tarde
para ataviar tu infancia,
caerán como el agua de un manantial secreto,
despierto siempre para la sed de tu memoria.

De Las moradas del sol, 1987.

 

 

Elizabeth Azcona Cranwell nació en Buenos Aires en 1933 y falleció en 2004. Poeta, narradora, traductora y crítica literaria recibida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Premio Konex 1984. Entre sus libros de poesía se encuentran: Capítulo sin presencia (1955); La vida disgregada (1956); Los riesgos y el vacío (1963); De los opuestos (1966), Primer Premio Municipal de Poesía y Primer Premio Fondo Nacional de las Artes; Imposibilidad del lenguaje o los nombres del amor (1971); Anunciación del mal y la inocencia (1978); Las Moradas del Sol (1987); El escriba de mirada fija (1990); El reino intermitente (1997) y Antología, editada en 2002 por el Fondo Nacional de las Artes. Dictó talleres y seminarios. Fue colaboradora del diario La Nación como Crítica Literaria. Tradujo poemas de William Shand, los poemas completos de Dylan Thomas y cuentos de Edgar Allan Poe. También recibió importantes premios por su obra narrativa.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración medieval

 

año 1 ǀ núm. 4 ǀ mazo – abril  2021
Last modified: marzo 18, 2021
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