Written by 3:40 am Africana, Poesía

Oodi

Keith Phetlhe

¿Has leído alguna vez poesía de Botswana? Gracias al poeta chileno Amado J. Láscar, quien preparó el libro Fuego cruzado: Antología épica / Crossfire: Epic Anthology (Virginia, 2020), tenemos la oportunidad de disfrutar en edición bilingüe la palabra de Keith Phetlhe, poeta africano que reside en Athens, Ohio, EE.UU.

 

 

 

 

Oodi

Como vigas de una cabaña de barro rondavel
te sientas entre colinas, silbando
contra el efecto del sol hirviente y abrasador
excepto cuando las gotas de lluvia se reúnen para transformar tus llanuras desiertas,
y luego se vuelven a desplegar para revelar su efecto curativo,
dejándote el ser desnudo y contento.
Te sientas cerca de ríos y acacias.

Tu pradera parece vello púbico
a menos que sea atacado por termitas o algunas veces
por tu ganado que mastica,
y cabras que balan cuando están estreñidas.

Tu rapidez no se rompe ni se agrieta excepto por el río
En algún lugar cerca de lephaleng, se acumulan gotas de lluvia
en los bolsillos profundos de tus rocas y barrancos
dejan la hierba verde cantando.
El agua de lluvia allí se queda quieta y acopiada,
en un saco de piel de cabra
como un brebaje oscuro de un curandero o un adivino.

Oodi brilla con rayos de esperanza
matices de esplendor,
con himnos y réquiems sonoros,
sondeos raros languidecen en tu vientre de mastodonte
Pero a veces con el hedor de una mofeta tu chorro
cuando el río Ngotwane está enfermo.

Cuando estás radiante y bailando,
aprovechas la atmósfera con tu sabiduría ancestral,
como si fueras viento que llegó al anochecer y al amanecer,
cuando aún estábamos mirando el cielo y las estrellas agrupadas:
tepabarwaledi y mphatlalatsane.
Interpretamos el significado oculto de cada uno de tus ingenios del cielo
y lo dejamos languideciendo en algún lugar en las profundidades de nuestros mitos.

Antaño, cuando golpeaste como tladi
emboscaste a uno de tus aldeanos como cocodrilo depredador
oculto en algún lugar a lo largo de cascajos y vías de agua infestadas de barro.
Y luego, cuando se viene otro día
los angustiados son dejados para murmurar una canción funeraria,
mientras muchas manos de tus aldeanos dejan de mezclar barro con estiércol
acusar a cada bruja o mago por traer tladi
que reclamó uno de tus tótems.
Volvemos a lanzar huesos otra vez, humeando de venganza.
No nos detendremos hasta encontrar al culpable.

Cuando bostezas al amanecer
tu ganado brama y las cabras balan su estómago perturbado y estreñido,
mientras el ganado languidece rumiando su alimento.
Ellos braman y bailan como si anunciaran el orgullo de tu riqueza,
y la sabiduría en los cuentos de tus embaucadores.
Oodi, eres para mí un hogar hacia donde el viento nos llevará.

¿Quién eres tú, Oodi?
¿Eres el pueblo de lluvia o polvo?
¿Quién eres tú?¿Brotando erecta y extendiéndose contra
la corriente del viento que casi nos llevó a nuestro destino?
Una ululación de cada una de tus callosas mujeres
cuando el chisporroteo de letsema arriba
es la razón del cuestionamiento de tus acertijos.
Cada ululación no está completa
a menos que esté acompañado de un acertijo o proverbio.
Se paran con sus ollas cocinando cerveza tradicional para una procesión ritualista.
Como si respondiera, la cerveza también eyacula espuma.
Causando a los hombres croar y temblar como sapos.
Aún así, cantan canciones de cuna para calmar a esos curiosos niños, decorados
con sus insignias maternas
los ponen a dormir y prefieren no silenciarlos.
Porque ellos también tienen que hablar
Entonces se despiertan energizados como antílopes galopantes.
Tu bojale inicia la tos, un coro sonoro en el corazón de la kgotla,
donde se deja fermentar la cerveza tradicional
pero ahora secando en cada calabaza quebrada
el cántaro de cerveza también está vacío.

Después de que la calabaza de la cerveza haya terminado de lamentarse,
y las calabazas de agua son silenciadas por la sequedad
del barítono masculino de sus gargantas.
Vemos por completo la atractiva imagen de las garzas bueyeras
mientras arrancan garrapatas verdes de las bestias con cuernos en este teatro de un
espectáculo majestuoso. La escena es como si se vieran las calabazas rompiéndose
No fue suficiente temor y asombro.

Como un guerrero que sostiene firmemente su lanza y escudo,
Oodi brillas desbocado como león que acaba con corderos aún amamantando.
Estás arrasando con dikhwaere y estás legado
al sistema Bogosi que se ha tragado la valentía de un leopardo feroz.
El feroz leopardo después de la caza se convierte en una insignia real
Oodi, tú eres una catapulta, no enviarás ninguna piedra errónea durante la caza.

Tu río, el río Ngotwane, se enrosca como serpiente después de tragarse a su presa.
Una vez seco pero ahora muy preñado,
y amenazando con dar trabajo justo en frente de nosotros.
El agua atraviesa los asentamientos humanos,
y luego vuelve al río donde se empapa de arcilla.
Este río también canta, pero no mejor que el dikhwaere. El humor de su melodía
está entre lo aburrido y lo enérgico, como si esperara que la hierba vuelva a crecer.

Su anochecer ha dado a luz una condición nerviosa.
Como murciélagos terroríficos batiendo sus alas unidas por criaturas nocturnas,
sus hijos gatean por las calles, hurgando en los bolsillos a punta de cuchillo, creando
esas fatídicas noches que se posan en la oscuridad. ¡Noche de mi sangre!
Pero todavía los amas con cariño, Oodi.
Como una madre que sostiene el filo de un cuchillo;
mmangwana o tshwara thipa ka fa bogaleng.
Como un gallo que no se rendirá al pico de un águila codiciosa.

 

 

Oodi

Like rafters of a rondavel mud hut
you sit in between hills, hissing
against the effect of the simmering and scotching sun
except when raindrops gather to transform your deserted plains,
and then spread again to reveal your healing effect,
leaving your being naked and enthused.
You sit near rivers and acacia trees.

Your grassland looks like pubic hair
unless attacked by termites or sometimes
by your cattle that chew cud,
and goats that bleat, when constipated.

Your alacrity does not break or crack except by the river
Somewhere near lephaleng, rain drops collect
in the deep pockets of your rocks and gullies
they leave the green grass there singing.
Rainwater there sits still and collected,
in a goatskin sack
like a dark concoction of a medicine man, or a diviner.

Oodi you glimmer with beams of hope,
hues of splendor,
and sonorous anthems and requiems,
rare soundings languish in your mastodon belly
But at times with the stench of a skunk your squirt
when Ngotwane river is polluted.

When beaming and dancing,
you harness the atmosphere with your ancestral wisdom,
as if you were wind that arrived at the nightfall and dawn,
when we were still watching the clustered sky and stars:
tepabarwaledi and mphatlalatsane.
We interpret the hidden meaning of each one of your skylore witticisms
and then leave it languishing somewhere in the deep depths of our myths.
Yesteryear, when you struck like tladi
you ambushed one of your villagers like a predatory crocodile
concealed somewhere along debris and mud-infested water way.
And then when another day breaks
those anguished are left to mumble a funeral song,
while many hands of your villagers stop mixing mud with dung
to accuse each witch or wizard for bringing tladi
that claimed one of your totems.
We are back to throwing bones again, fuming with revenge.
We won’t stop ’till we find the responsible culprit.

When you yawn at dawn,
your cattle bellow and goats bleat their troubled and constipated stomach away,
while the cattle languish chewing cud.
They bellow and bleat as if they are announcing the pride of your wealth,
and the wisdom in the tales of your tricksters.
Oodi, you are to me a home where the wind will carry us.

Who are you Oodi?
Are you the village of rain or dust?
Who are you? Sprouting erect and spreading against
the current of the wind that nearly carried us to our fate?
An ululation of each one of your calloused women
when the splutter of letsema arrives
is the reason for my questioning of your conundrums.
Each ululation is not complete
unless accompanied by a riddle or proverb.
They stand with their pots cooking traditional beer for a ritualistic procession.
As if answering, the beer too ejaculates foam.
Causing men to croak and quake like toads.
Still, they sing cradle songs to quieten those curious children,
decorated by their motherly regalia
they put them to sleep and not silencing them per se.
For they have to speak, too.
So they wake up energized like galloping antelopes.
Your bojale initiates cough a sonorous chorus at the heart of the kgotla,
where the traditional beer was left to ferment
but now drying in each cracking calabash
the beer pot is empty too.
After the beer calabash has finished lamenting,
and the water gourds are silenced by the dryness
of the masculine baritone from their throats.
We watch altogether the luring image of cattle egrets
as they pluck green ticks from the horned beasts in this theater of a majestic spectacle.
The scene is as if seeing calabashes breaking
Wasn’t enough awe and wonder.

Like a warrior who holds his spear and shield firmly,
Oodi you beam, at times rampaging like lion that finished lambs still suckling.
You are rampaging with dikhwaere and you are bequeathed
with the Bogosi system that has swallowed the bravery of a fierce leopard.
The fierce leopard after the hunt becomes a regalia
Oodi, you are a catapult, you will not send any stone amiss during the hunt.

Your river, Ngotwane river, coils like a python after swallowing its prey.
Once dry but now heavily pregnant,
and threatening to give labor right in front of us.
The water gashes to human settlements,
and then splashes back to the river where it gets soaked in clay.
This river too sings, but not better than dikhwaere. The mood of its tune sits
somewhere between dull and brisk, as if it awaits the grass to grow again.

Your nightfall has birthed a nervous condition.
Like scary bats whisking their wings joined by night creatures,
your children crawl in the streets, picking from pockets at knife point, creating those
fateful nights that roost in darkness. Night of my blood!
But you still love them with fondness Oodi.
Like a mother who holds the sharp edge of a knife;
mmangwana o tshwara thipa ka fa bogaleng.
Like a rooster who won’t surrender to the beak of a greedy eagle.

 

Traducción: Amado J. Láscar
De Fuego cruzado: Antología épica / Crossfire: Epic Anthology.
Edt. Amado J. Lascar, Virginia, 2020.

 

 

Keith Phetlhe is a poet and academic from Oodi, Botswana. His notable creative works include Botlhodi-The Abomination: A Postcolonial Setswana Novel and Moswelatebele. His poem “Oodi” is published in Crossfire: Epic Anthology (El Sur Es America 2020) He is interested in African Poetry, Literature, critical/postcolonial theory, translation, and African Cinema. His writings explore the political and liberation themes. Phetlhe currently resides in Athens, Ohio, where has taught courses in African Literature and Film Studies at Ohio University. He is currently compiling two important works namely Beyond Western Theory: Toward African Epistemologies and Anthems of the Foothills. He draws inspiration from silence and the works of Maya Angelou and Ngugi wa Thiong’o.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración del artista Gabriel Ribeiro

 

año 1 ǀ núm. 4 ǀ mazo – abril  2021
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