Written by 3:27 am Cuento, Narrativa

Mosquitos

Gerardo Ferro Rojas

 

 

1

Raúl giró a la izquierda sobre el boulevard y dirigió el auto hacia la autopista. Acababan de tomar la ruta norte cuando Lucía cayó en cuenta.
…..—Van a haber mosquitos —anunció con su teléfono en la mano, abierto en una aplicación del clima—. Deberíamos comprar un repelente.
…..Sugirió desviarse; Raúl prefirió no llevarle la contraria. Después de todo era cierto: ya era suficiente con el terreno húmedo por las lluvias recientes, como para también tener que soportar los mosquitos. Se desvió por la primera salida que encontró, mientras Lucía buscaba en el GPS la droguería más cercana.

…..El camping quedaba a unos 250 kilómetros al noroccidente. Unas dos horas de carretera, según el GPS. Raúl sintonizó una emisora de jazz. El día era gris y el ambiente se prestaba para esa música, pensó. Aunque la verdad es que la escuchaba siempre. A Lucía ya le aburría, así que cambió la emisora por una de rock de los 80. Luego estiró las piernas y se recostó en el asiento.
…..El viaje transcurrió sin sobresaltos. Como de costumbre, Lucía se angustiaba cada vez que un camión se pegaba demasiado o pasaba a toda velocidad. Raúl la tranquilizaba. Le tocaba la pierna y sentía el nervio de la tensión palpitando. En las curvas, Lucía le recordaba bajar la velocidad, cosa que Raúl agradecía en silencio porque aquella maniobra era la que menos le gustaba. Se tensionaba en las curvas, Lucía lo sabía. Pero el paisaje lo compensaba todo: un ocre profundo se abría en cada curva; a cada lado de la autopista, las montañas crecían, robustas, entre el cielo encapotado del otoño, y se bañaba de neblina la carretera.
…..—Deberías poner los aparatos esos —sugirió ella.
…..Era un buen consejo. Una película de minúsculas gotas ya empezaba a cubrir el parabrisas. Lucía siempre ha sido una buena copiloto, pensó Raúl, y accionó el mecanismo.

…..La noticia la vieron en el Couche tard a la entrada del pueblo. El único carro en el pequeño parqueadero era una Toyota pick-up negra estacionada frente a la entrada. Raúl la fue dejando atrás mientras detallaba los faros de la parte trasera. Algún viejo modelo, pensó, y siguió derecho hasta el fondo del parking. Habría podido parquear al lado de la Toyota, o más cerca de la entrada, pero por alguna razón prefirió el final del parqueadero. Lucía conocía sus rarezas, pero aun así hizo el comentario. Raúl no respondió. Ambos subieron hasta el cuello las correderas de sus chaquetas y se pusieron las capuchas impermeables: una brisa fría azotó de repente el parqueadero vacío arrastrando las primeras hojas de la estación. Raúl se detuvo un instante a observar el paisaje desolado bajo la llovizna, coronado por un cielo revuelto, amoratado, que se extendía más allá del parking y la carretera.
…..—Apúrate que va a seguir lloviendo —le dijo Lucía pasando de largo, irrumpiendo en el marco del paisaje que Raúl observaba.
…..Agarraron pocas cosas. A pesar de la situación, Lucía planificó el paseo como solía hacerlo siempre. En el carro iba todo lo necesario, la parada en el Couche Tard era más bien técnica: ir al baño, comprar alguna cosa de último minuto, cervezas, más vino, un café y un sándwich de cualquier cosa para lo que quedaba de camino.
…..A un extremo del mostrador, el dependiente hablaba con el único cliente —sin duda el dueño de la pick-up—, un tipo de barba canosa al ras, robusto y con una gorra de hockey que escondía una cabeza también al rape. Antes de acercarse a la caja registradora, el dependiente detalló sus rostros con interés, como si ya los conociera de otra parte y tratara de identificarlos. Era rubio, lánguido y de cara huesuda. Pasó los artículos con parsimonia, y sólo cuando terminó de empacar la compra en dos bolsas plásticas, los volvió a mirar.
…..—¿Van para el camping? —les preguntó.
…..La dentadura era amarillenta y desordenada; sus ojos parecían escondidos al fondo de las cuencas. ¿A dónde más podrían dirigirse si estaban allí, en una tienda desolada, a la entrada de aquel pueblo rodeado de montañas frías, de un amarillo pálido y rojizo?
…..—Sí —le respondió Raúl y sintió la mano de su esposa apretándole la pierna. Raúl identificó el gesto: a Lucía jamás le ha gustado revelar ese tipo de detalles a gente extraña. «Uno nunca sabe», suele decir.
…..—Van para el camping —dijo el dependiente, mirando al dueño de la pick-up.
…..El tipo sonrió de forma oblicua y asintió sin decir nada.
…..—Bernard trabaja en el camping —les informó el dependiente—, seguro lo verán por ahí.
…..Raúl se concentró por unos segundos en el pago con la tarjeta. Cuando la transacción fue aprobada, levantó la cabeza para agarrar las bolsas y se dio cuenta de que Lucía y los otros dos tipos, observaban el televisor que colgaba del techo bajo la sección de bebidas a un extremo de la tienda. También él se quedó mirando la pantalla. Le tomó unos instantes descifrar la noticia: una mujer había desaparecido en unas montañas cercanas al camping, cerca del cauce de un río.
…..—Desde esta mañana la están buscando —comentó el dependiente, mirándolos otra vez—, seguro resbaló y cayó al río.
…..—Debe estar muerta —sentenció Bernard, viéndolos a ellos, no al televisor.
…..—Es por las lluvias —concluyó el dependiente—. Tengan cuidado.
…..—Y lleven repelente para los mosquitos —les aconsejó Bernard.
…..Lucía despegó los ojos de la pantalla, miró a los dos hombres por última vez, cada uno a los ojos, y sin decir nada, dio media vuelta camino a la salida.
…..—Buen día —se despidió Raúl, y la siguió.

…..La lluvia arreció cuando dejaron el Couche Tard. Raúl tomó la vía de regreso a la vieja y estrecha carretera que avanzaba bordeando el pueblo, paralela a la autopista. A la derecha, las montañas se veían más cerca. Rodaron unos dos kilómetros hasta que la carretera se encontró con la siguiente salida; se desviaron a la derecha y siguieron medio kilómetro más. Al fondo, al occidente, se veía el lago; la entrada del camping estaba a la izquierda luego de pasar el primer cruce de vías. También ese parqueadero estaba vacío.
…..—Esta vez parquea cerca —le pidió Lucía.

…..Raúl parqueó justo en la entrada de una casona de madera, de techo alto, ubicada en el centro del parking. Salieron corriendo del automóvil y se refugiaron en el cobertizo. Luego de cruzar el umbral de la puerta, el pasillo se abría a la izquierda en un amplio comedor. Las mesas estaban recogidas en las esquinas; sólo cinco estaban distribuidas en medio del salón. No había un solo comensal. Más adelante, Lucía cruzó una puerta que se abría a la derecha y conducía a un pequeño almacén de víveres. No había ninguna razón para entrar ahí, todo lo tenían en el carro, pensó Raúl. Es por inercia, se dijo Lucía, pura y física inercia. Y así caminaron por el pequeño almacén, ante la mirada aburrida de la chica pelirroja en la caja registradora. Vieron los estantes y Raúl sugirió comprar una bolsa de leña para hacer una fogata. Lucía se tomó unos instantes antes de responder. Puede ahuyentar los mosquitos, pensó, aunque el humo se meterá en todo el chalet, se dijo de inmediato, y todo quedará oliendo a humo, siguió diciéndose. Al final dijo que sí. Raúl sabía que no estaba muy convencida, sin embargo agarró la bolsa con la leña. Ya en la caja, en uno de los estantes de la pared del fondo, vieron el traje: una malla fina, negra, del tamaño de un cuerpo mediano, colgaba del estante frente a ellos.
…..—¿Son para los mosquitos? —preguntó Lucía, casi avergonzada de la propia pregunta.
La pelirroja asintió haciendo una bomba con su chicle.
…..—Por esta época hay muchos —dijo—. En las noches bajan al camping.
…..Lucía miró a Raúl y le sonrió. Pagaron la leña; la chica les dijo que uno de sus colegas les llevaría la bolsa al carro. Volvieron al pasillo de entrada que los condujo, más al fondo, hasta el lobby. Habían tenido que cambiar la reservación dos veces por el accidente a mediados de verano. Una mujer se voló un pare mientras iban, precisamente, a comprar algunas cosas para el camping. Chocaron de frente contra la puerta del copiloto. La mujer iba sola. El golpe fue una sacudida seca; Raúl lo recuerda bien. Gritó el nombre de su esposa cuando ya el carro estaba encima. «¡Luciiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaaaaa!». Lucía, en cambio, cerró los ojos y bajó los brazos, resignada. Era ella quien iba al volante. El golpe le dejó moretones en el pecho, los muslos y una raspadura en la pierna izquierda. El problema era otro, pensó Raúl, viéndola hablar con la chica del lobby. Aplazaron el paseo unas dos semanas. Pero cuando se acercaba la fecha, Lucía se dio cuenta de que aún no estaba preparada para volver a subirse a un carro en un recorrido de más de dos horas. Pospusieron la visita una vez más hasta la próxima disponibilidad del chalet a finales de septiembre.
…..La chica les dio las llaves del número 25, un tiquete para ir a la playa del lago cuando quisieran, y un cartoncito con el nombre del camping que debía ir colgando del retrovisor. Luego les señaló rápidamente en un mapa el camino que debían tomar para llegar al chalet. Les recordó que un chico les llevaría la bolsa de leña al carro. Asintieron al tiempo y volvieron al pasillo de entrada.
…..La lluvia había disminuido cuando salieron de la casona. Raúl puso el cartoncito en el retrovisor, encendió el motor del auto, y se dirigió a la entrada del camping. El chico ya estaba bajo el alero de la garita, junto a la talanquera de madera que permanecía levantada permitiendo el paso a los carros. La bolsa de leña estaba a sus pies.
…..—Ahí está el niño —mencionó Lucía.
…..Raúl frenó cerca de la garita. El chico les hizo señas, Raúl accionó otro mecanismo y el baúl se abrió. El muchacho dejó la bolsa dentro, cerró con fuerza y le dio dos palmadas a la carrocería. Cruzaron bajo la talanquera y se detuvieron unos 300 metros más adelante frente a una bifurcación. Al costado derecho una calle perfectamente pavimentada subía por una colina con altos pinos y arces a cada lado; frente a ellos la calle continuaba empedrada, flanqueada por remolques y casas rodantes de todas las formas, colores y tamaños.
…..—¿Y ahora? —preguntó Raúl, inspeccionando el mapa que Lucía llevaba en las manos.
…..—Derecho —dijo ella, mirando al frente.

 

2

…..Habían estado planeando el paseo por meses, Raúl con más entusiasmo que Lucía. Aunque no lo había dicho directamente, Lucía sabía que Raúl veía en aquel paseo una opción, una última posibilidad. Por eso se decepcionó tanto cuando debieron aplazarlo dos veces a causa del accidente. A Lucía, en cambio, le parecía una completa pérdida de tiempo, una niñada de Raúl, un deseo por dilatar lo inevitable; aunque ella tampoco lo había expresado abiertamente, Raúl lo sabía.
…..El chalet era como lo imaginaban: una casita rústica de madera en medio del bosque, de dos plantas, y con un pórtico amplio en el que Raúl se imaginó leyendo en las mañanas con una taza de café o viendo la leña consumirse en las fogatas nocturnas con una copa de vino. Ubicaron las maletas cerca de la entrada e inspeccionaron el lugar.
…..—La habitación debe estar arriba —dijo Lucía mientras subía la escalera, también de madera.
…..En la segunda planta, de techo triangular, había una cama doble que daba a una ventana desde la que se veía el bosque, y una pequeña litera pegada a una pared sobre uno de los ángulos del techo.
…..—Aquí hay de todo —anunció Raúl, entrando a la habitación y dejando las dos maletas sobre la cama.
Lucía miró la pequeña litera.
…..—No pienso dormir ahí, Lucía —sentenció Raúl—, se ve demasiado incómodo. Además, sólo son tres noches.
Lucía aceptó en silencio.

…..Como la lluvia había terminado, decidieron ir a la playa del lago para no pasar el resto de la tarde encerrados en el chalet. Prepararon sándwiches y agarraron dos refrescos de frutas entre los víveres que habían traído. Aunque el lago quedaba cerca, cruzando la carretera, salieron en el carro.
…..Encontraron pocas personas en la playa. El sol se insinuaba entre las nubes. Abrieron las dos sillas portátiles y se sentaron a mirar el agua. Las gaviotas revoloteaban alrededor.
Estuvieron menos de dos horas en la playa porque el cielo volvió a encapotarse y una brisa fría anunció el regreso de la lluvia. Mientras corrían hacia el carro empezó a llover.
…..—Mañana estará lloviendo todo el día —anunció Lucía pasando sus manos por el cabello húmedo.
…..—El clima puede cambiar —dijo Raúl, esperanzado—, sabes que siempre está cambiando.
…..—Escogimos la peor época para venir —sentenció ella.
…..—No había otra opción, era ahora o perder la plata de la reserva.
…..—Esta noche de seguro bajan los mosquitos —dijo Lucía, mirando la lluvia por la ventana.

…..De regreso al chalet se cruzaron con Bernard en la entrada del camping. La pick-up estaba parqueada al lado de la casona. Distinguieron al dependiente del Couche tard en el puesto del copiloto, mientras Bernard subía algunos equipos de limpieza en la parte trasera de la camioneta. El dependiente los vio; Bernard dejó de hacer su trabajo y los siguió con la mirada.
…..—Esos tipos no me dan buena espina —dijo Lucía.
Raúl sonrió pues no veía ninguna razón que sustentara el comentario de su esposa.
…..—¿Por qué?
…..—No sé, no me dan buena espina.
…..Calentaron la comida precocida que habían llevado, descorcharon una botella de vino y cenaron en la mesa de la cocina viendo el televisor de la sala. Raúl tenía el control y saltaba de un canal a otro. Lucía le pidió que regresara al canal de noticias.
…..—Sube el volumen, están hablando de la mujer.
…..Se llamaba Alice Deschamps y tenía 35 años. Era maestra de escuela y le encantaba la naturaleza, hacer camping, esquiar, escalar, internarse en los bosques en largas caminatas. «Era experta. No era la primera vez que salía a caminar sola», dijo el amigo con el que había acampado, «es raro que algo así le haya pasado». Lucía la imaginó de pie en medio de un bosque frondoso, de árboles gigantes, observando a los ojos a un inmenso oso salvaje. O tal vez a un alce, o a cualquier otro animal.
…..—¿Qué le habrá pasado? —se preguntó sin darse cuenta que hablaba en voz alta.
…..—Ya oíste a tus amigos —le respondió Raúl—, debió caer en el río y ahogarse.
…..—Es extraño…
…..—Dijeron que es por las lluvias… seguro no es la primera vez que pasa.
…..—Extraño que suceda ahora —dijo ella, mirándolo—, con nosotros aquí.
…..Raúl sirvió más vino y prefirió pasar por alto el comentario de Lucía.

…..Raúl abrió los ojos; la habitación estaba en tinieblas. Comprobó que Lucía no estaba a su lado de la cama. A veces hacía eso cuando no podía dormir y se despertaba en medio de la noche: salir de la habitación y sentarse en un sofá de la sala. Pero esa noche era distinta. Raúl lo presintió. Se sentó en el borde de la cama mirando la litera vacía pegada a la pared. Tuvo una sensación de irrealidad, como si estuviera en medio de un sueño. ¿Era él quien soñaba o era Lucía? Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se levantó lentamente. Bordeó la cama y fue directo a la ventana que daba a la entrada del chalet. Corrió la cortina levemente y, por alguna extraña razón, no se sorprendió al comprobar que era Lucía quien estaba de pie a unos metros del porche, sobre la vía pavimentada, mirando la oscuridad del bosque.
…..Sin encender las luces bajó las escaleras. Agarró su chaqueta, que colgaba del perchero a la entrada del chalet y, sin calzarse las botas, abrió la puerta principal.
…..—¿Lucía? —la llamó como si dudara que fuese ella ahora que la tenía a unos metros.
…..Pero era ella. Lucía, arropada en una manta gruesa, volteó a mirarlo sin decirle nada. Sus ojos cafés brillaban en la oscuridad.
…..—¿Qué haces ahí? —le preguntó Raúl cuando se detuvo a su lado.
…..—Mira —le dijo ella volviendo los ojos a la oscuridad del bosque—, son los mosquitos.
…..Raúl se dio una palmada en el antebrazo y observó la mancha del insecto aplastado. Luego miró en dirección a donde miraba Lucía. Entrecerró los ojos hasta lograr distinguir la nube oscura que zumbaba delante de ellos, ondeando en el mismo sitio como un organismo indómito. Ambos la miraron con detenimiento, casi absortos, hasta que el enjambre de mosquitos se movió con agilidad, internándose entre las calles del camping.
…..—Soñé con ella —dijo Lucía, después de seguir la nube de insectos con la mirada.
…..—¿Con quién?
…..—Con Alice… Estaba en medio del bosque, sola, la rodeaban todos esos mosquitos y miraba a un oso salvaje, o a un lobo, o a los dos al mismo tiempo, no estoy segura.
…..Raúl pasó su brazo por los hombros de Lucía y sintió su calor.
…..—¿Y si la mataron? —dijo de pronto, concentrándose en la oscuridad.
…..—No son horas para pensar en eso, Lucía. Vamos a dormir.
…..—¿Viste los mosquitos? —le preguntó, viéndolo a la cara.
…..—Sí.
…..Entonces dieron media vuelta y caminaron hacia el chalet.

…..El día amaneció lluvioso y, según las predicciones, seguiría lloviendo toda la mañana. Habían previsto hacer una caminata por los senderos de las montañas que rodeaban el camping, pero dado el clima Lucía prefirió quedarse en el chalet. Hacia el final de la mañana, Raúl insistió.
…..—No dejemos que la lluvia nos arruine el paseo —le dijo.
…..Lucía lo miró detenidamente, sin expresión, como diseccionando la ingenuidad del argumento. Raúl entendió, se acomodó bien la capucha de su impermeable y salió a la lluvia.
…..Raúl estaba decidido a no permitir que el clima le arruinara el paseo. Los senderos estaban vacíos. No se tropezó con nadie mientras caminaba, como si de repente, de un día a otro, todo el camping se hubiera vaciado. Luego de 30 minutos de marcha se sintió extraviado y se llenó de temor. ¿Y si no encontraba el camino de regreso? ¿Qué diablos hacía solo en medio de aquel bosque? ¿Qué estaría haciendo Lucía en ese mismo instante? Decidió regresar; no había avanzado diez metros cuando se detuvo frente a una pequeña elevación rocosa coronada por inmensos pinos. Algo que no supo identificar —quizá un ruido, quizá un movimiento, quizá la idea de un ruido o un movimiento— llamó su atención. Recorrió los troncos hacia arriba con la mirada y, sin saber exactamente por qué, pensó en Alice.

…..También Lucía pensó en ella. Acababan de pasar la noticia una vez más en el televisor. Hablaron sus padres, entrevistaron a algunos de sus colegas de trabajo y, una vez más, repitieron el testimonio del amigo con quien había salido a acampar. «Ella prefirió salir sola en la madrugada, sin decir nada, a veces hacía eso», aseguró. Lucía apagó el aparato y fue hasta la cocina para dejar la taza vacía en la que había tomado un té de menta. Tenía hambre, pero prefirió a que Raúl regresara; según lo planeado, esa tarde harían un barbecue, y aunque a Lucía ya poco le importaba lo planeado, prefirió ajustarse a lo convenido. Abrió una bolsa de Doritos y salió al porche.
…..El ambiente seguía gris y húmedo, pero al menos ya no llovía. Lucía reconoció la pick-up parqueada a unos metros, diagonal al chalet. Dejó la bolsa de Doritos sobre una de las sillas del porche y caminó hasta la vía pavimentada. Bernard acomodaba sus herramientas en la parte trasera de la camioneta cuando cayó en cuenta que Lucía lo miraba con interés. No llevaba su gorra; el pelo cortado al cepillo dejaba ver la calva pronunciada. Sin saludar se dirigió a la puerta de la pick-up mientras limpiaba sus manos con un trapo, abrió, tiró el trapo sobre el asiento y se acomodó la gorra que estaba en el tablero del carro. Solo entonces le habló.
…..—¿Durmieron bien? Anoche bajaron los mosquitos.
…..Lucía pasó por alto la pregunta.
…..—Todavía no la encuentran —le dijo sin dejar de mirarlo, como si quisiera medir su reacción.
…..Bernard entendió a quién se refería.
…..—Eso lleva tiempo —le dijo, sosteniendo la mirada de Lucía—, tienen que revisar todo el río.
…..—¿Y si la mataron? —preguntó ella a quema ropa.
…..Bernard sonrió.
…..—Fue un accidente, señora —le dijo mientras subía a la pick-up.
…..La camioneta avanzó calle arriba. Al fondo, Lucía distinguió la figura de Raúl, lánguida, casi desdibujada en la espesura gris del ambiente, como un fantasma saliendo del bosque.

…..El barbecue portátil venía incluido entre los enseres del chalet. Era pequeño y fácil de transportar, así que Raúl lo colocó sobre la mesa de madera del porche. Él se ocuparía del asado; mientras tanto, Lucía se dedicó a buscar información en su teléfono celular. Lo que encontró la dejó perpleja.
…..—Raúl —lo llamó, parada al lado de la mesa de madera, mostrándole el celular.
…..Raúl terminó de voltear una hamburguesa y la miró.
…..—¿Qué pasa?
…..—Tenías razón, no es la primera vez que sucede.
…..—¿Qué cosa? —preguntó Raúl, volviendo a las hamburguesas.
…..—La desaparición de una mujer. Han habido otros casos. Y siempre en la misma época.
…..Raúl dejó las hamburguesas sobre el fuego y miró pensativo a su esposa a través del humo. ¿Quién era esa mujer que lo miraba? Tragó saliva antes de responder.
…..—Debe ser por las lluvias, el terreno está resbaloso.
…..—Es extraño —insistió Lucía.
…..—Es temporada de lluvias —insistió a su vez Raúl.
…..—Y de mosquitos —dijo ella, aplastando uno que picaba su cuello.
…..Acompañaron el asado con una ensalada y un par de cervezas, sentados en las poltronas del cobertizo. Raúl habló sobre su caminata. Lucía lo escuchó sin interés; pensaba en las otras mujeres desaparecidas y en los mosquitos. Una camioneta roja que remolcaba una pequeña y vieja caravana pasó frente a ellos.
…..—El camping se está vaciando —mencionó Raúl—. Durante la caminata no vi a nadie.
…..—Sólo a ti se te ocurre salir a caminar en un bosque bajo un aguacero.
…..—Algo había que hacer…
…..Lucía bebió de su cerveza y volvió a quedar callada. Como si fuera capaz de leer su silencio, Raúl supo en qué estaba pensando.
…..—Hoy mientras caminaba me sucedió algo extraño. De repente me sentí extraviado, como si estuviera ahí pero al mismo tiempo no estuviera. Creo que escuché algo, pero no sé qué era. Entonces me quedé mirando los árboles y pensé en Alice.
…..Lucía siguió en silencio.
…..—Ese tipo Bernard no me da buena espina. Hoy estaba por aquí, arreglando algo en la cabaña de al lado.
…..—Trabaja en el camping, Lucía, es normal que ande por aquí.
…..—No sé… hay algo en él que no me cuadra.
…..Vieron llegar la noche sentados en el porche, la mayor parte del tiempo en silencio, abstraídos. Como si la oscuridad húmeda que los rodeaba se les metiera por los ojos, entre los huesos y la sangre. Como si se les hubieran acabado las palabras, o como si las pocas que les quedaban ya fueran inútiles. De repente volvió la lluvia y con la lluvia volvió el frío.
…..—Voy a entrar —anunció Lucía poniéndose de pie.
…..Vieron televisión sin mucho ánimo y pasadas las diez de la noche se fueron a dormir.

…..Alice se detiene en un claro del bosque. Está rodeada de árboles inmensos. A un costado, se levanta una pequeña colina rocosa. Transpira y respira agitada. Se siente perdida, confundida, como si de repente hubiese olvidado quién es. Frente a ella distingue un movimiento entre los matorrales. ¿Quién es esa mujer que ahora la mira de frente? También a sus espaldas se siente observada. ¿Quién es ese hombre que la mira fijamente? De repente, una nube de mosquitos sale zumbando de entre los árboles hasta cubrir todo el claro donde Alice, sin saber qué hacer, levanta la mirada mientras los insectos la cubren. Siente un movimiento bajo sus pies, un leve temblor. La mujer frente a ella llora con las dos manos en la boca; el hombre a sus espaldas le grita algo que le es imposible escuchar. Alice permanece inmóvil, abandonada a su suerte. La tierra se abre y cae por un abismo profundo.
…..Raúl se despertó agitado, aún con los zumbidos en los oídos. Eran las dos de la madrugada en su celular. Lucía no estaba en la cama. Ni siquiera tuvo que verificar por la ventana; bajó de inmediato, agarró su chaqueta del perchero, se calzó las botas y salió del chalet. No estaba donde la había visto la noche anterior. Accionó la linterna de su celular, pero la luz era débil y apenas alcanzaba a alumbrar unos pocos metros. Sin embargo, la usó dirigiendo la luz hacia la muralla de árboles que tenía enfrente. Varios metros más hacia su derecha, frente a uno de los senderos que se internaba en el bosque, la distinguió.
…..—¡Lucía! —le gritó y corrió hacia ella.
…..La agarró del brazo cuando la tuvo enfrente, pero Lucía se soltó de inmediato sin dejar de mirar la oscuridad del sendero.
…..—¿Qué haces aquí? —le preguntó Raúl.
…..—Lo mismo que tú —le respondió ella, y sólo entonces lo miró a los ojos—. ¿Tú también la viste, verdad?
…..Raúl no se sorprendió con la pregunta. Asintió levemente, como si tuviera miedo de responder.
…..—Se la tragaron los mosquitos —dijo Lucía, mirando una vez más el sendero.

…..El día amaneció resplandeciente; el sol brillaba con fuerza en un cielo azul y despejado. Según el itinerario del paseo, ese día, el último que pasarían completo en el camping, lo aprovecharían para conocer el pueblo más cercano y desayunar fuera. Eso hicieron.
…..El pueblo quedaba a unos 15 minutos tomando el camino paralelo a la autopista. Era pequeño y pintoresco, de casas grandes y coloridas fabricadas en madera, con porches amplios y jardines bien cuidados. Lo recorrieron en pocos minutos sin bajarse del carro hasta que encontraron un restaurante que les llamó la atención. Desayunaron en la terraza al aire libre.
…..Mientras tomaban el café de sobremesa, Raúl se sintió tentado a hablar sobre lo sucedido las dos últimas noches. ¿Era posible compartir un mismo sueño? Raúl miró a Lucía: llevaba sus gafas oscuras y miraba hacia el cielo, como tomando el sol, aparentando una distracción inexistente. Raúl la vio y pensó en Alice, en la mujer cayendo por el abismo rodeada de mosquitos diminutos. Sabía que Lucía también pensaba en Alice en ese preciso momento, como si a través de esa mujer desconocida, Lucía se diera la fuerza necesaria para pensar en ese espacio electrificado que los mantenía distantes y en silencio.
…..—Sigo creyendo que la mataron —dijo Lucía sin moverse—. A ella y a las otras.
…..—¿Cuántos casos han sido? —preguntó Raúl sin interés.
…..—Cinco con el de Alice en los últimos diez años.
…..Raúl prefirió cambiar de tema.
…..—¿Pedimos la cuenta? ¿Qué quieres hacer?
…..—Vamos a la playa —propuso Lucía, quitándose las gafas, acomodándose en la silla y mirándolo, como si acabara de interpretar una orden cifrada mientras fingía descansar.

…..A diferencia de la vez anterior, la playa del lago estaba bastante concurrida. Como aquella visita no estaba en los planes de ese día, no llevaban las sillas reclinables en el carro, y Lucía prefirió no perder tiempo desviándose hasta el chalet. Se sentaron directamente sobre la arena. Lucía sonreía, y por primera vez desde que habían llegado, Raúl la sintió tranquila, algo cercana. Aunque volvió a pensarlo, no iba a estropear aquel momento hablando sobre Alice y los mosquitos. ¿Y si Lucía tenía razón, si las habían asesinado? Era inevitable: el cuerpo de Alice seguía cayendo por el abismo que se abría entre ambos.
…..Caminaron por la orilla del lago, admiraron su belleza y se imaginaron cómo se vería completamente blanco y congelado durante el invierno. Se tomaron fotos que compartieron de inmediato en sus redes sociales, y hablaron sobre generalidades del camping, de lo bien organizado que estaba, de lo vacío que estaba quedando, de las casas rodantes, de lo divertido que sería tener una.
…..—Podríamos alquilar una para el próximo verano —propuso Raúl.
…..Lucía sonrió sin decir nada. «El próximo verano» sonaba como un lugar fuera del tiempo, como otra galaxia.
…..A mitad de la tarde, cuando el sol se ocultó tras un cúmulo de nubarrones, decidieron regresar. La llovizna comenzó cuando entraban al camping.
…..—Parquea en la entrada —le pidió Lucía de repente, como si volviera a escuchar el zumbido inaudible de una orden.
…..Raúl lo hizo sin preguntar. Lucía se puso la chaqueta impermeable y salió del carro sin dar explicaciones. Raúl la siguió, aún sin preguntar nada, hasta la puerta de la tienda de víveres donde Lucía se detuvo en seco. Bernard, acodado en el mostrador, hablaba y sonreía con la chica pelirroja que no dejaba de mascar chicle. La irrupción de Lucía dejó en vilo la conversación; ambos se concentraron en la mujer que los observaba con intriga desde la puerta, y en el hombre alto y de ojos pequeños que también los miraba unos centímetros detrás de la mujer.
…..Bonjour —saludó Lucía, y con esfuerzo, como si le costara dar un paso hacia adelante, entró a la tienda y caminó hasta el mostrador. Raúl, en cambio, se quedó bajo el umbral, observando los movimientos de su esposa, pero siendo consciente de los ojos de Bernard que lo interrogaban con interés.
…..—¿Cómo han pasado? —le preguntó Bernard a Raúl.
…..Lucía ni siquiera se inmutó con la pregunta, concentrada en los trajes para mosquitos que seguían colgados de la pared al otro lado del mostrador. Raúl, que continuaba mirando a Lucía, reaccionó a la pregunta unos segundos después.
…..—Bien —le dijo por fin, mirándolo—, mañana nos vamos.
…..—Ya casi todos se han ido —comentó Bernard.
…..—Eso hemos visto —dijo Raúl, y volvió a concentrarse en su esposa.
…..—Voy a llevar dos —dijo Lucía por fin, señalando los trajes.
…..Sonriendo, la pelirroja miró primero a Bernard y luego fue hasta la pared por los dos trajes. Escaneó los precios, los dejó sobre el mostrador, hizo una bomba de chicle púrpura y, cuando estalló, le sonrió a Lucía dejando ver sus dientes blancos y pequeños.
…..—¿Algo más?
…..Lucía negó con su cabeza y mostró su tarjeta. Cuando terminó la transacción y agarró los trajes para marcharse, volvieron los zumbidos. …..Se detuvo en seco y miró a Bernard. El hombre le devolvió la mirada con una sonrisa oblicua.
…..—¿Hace cuánto trabaja usted aquí? —le preguntó Lucía.
…..Bernard hizo un gesto con la cara y levantó los hombros.
…..—Hace mucho.
…..—¿Más de diez años?
…..Bernard la volvió a mirar fijamente.
…..—Es muy probable —le dijo.
…..—Entonces debe saber que han habido otros casos de mujeres muertas…
…..Un silencio profundo y espinoso llenó el espacio que los separaba. Sólo se escuchaba el sonido del chicle en la boca de la pelirroja. Bernard, sin dejar de mirarla a los ojos, se tomó un par de segundos antes de responder.
…..—Por supuesto. Es por las lluvias, señora, la tierra se pone húmeda y se resbalan. Creen que pueden entrar al bosque de esa forma, sin el más mínimo respeto… No tienen cuidado.
…..El estallido de una bomba de chicle distendió el momento. Lucía miró a la pelirroja: sus ojos eran grandes, verdes y la miraban con interés, muy abiertos. Lucía le dio las gracias y dio media vuelta para marcharse. Sólo había avanzado dos pasos cuando la voz seca y carrasposa de …..Bernard la detuvo.
…..—Esta noche bajarán bastantes mosquitos —le dijo—, es la temporada —y mirando a Raúl, que seguía en silencio bajo el umbral de la puerta, como hipnotizado por un zumbido lejano, remató—: Tengan cuidado.

…..La llovizna era monótona y delicada. Aunque habría sido una conversación lógica, ninguno de los dos hizo comentario alguno sobre los trajes para mosquitos que Lucía acababa de comprar. Raúl pensaba en la recomendación de Bernard, y Lucía pensaba en la chica pelirroja y en Alice. Abrieron la última botella de vino, se aplicaron una buena capa de repelente en los brazos y cuellos, y se instalaron en el porche viendo los carros y las caravanas que dejaban el camping.
…..—Siento como si fuéramos los únicos que quedáramos —comentó Lucía.
…..—Yo tengo la misma impresión —dijo Raúl—. Es sólo una noche más.
…..Raúl continuó leyendo el libro que había llevado (una novela ligera, en francés, que había elegido al azar en un supermercado), y Lucía se distrajo buscando más información sobre los otros casos de mujeres desaparecidas. No había mucho en las redes: todas eran solteras y sin hijos, independientes, amantes de la aventura y los deportes de riesgo; todos los casos ocurrieron entre septiembre y octubre en los alrededores del camping. ¿Cómo era posible que nadie hubiera establecido un patrón?, se preguntó Lucía. Al final de la tarde la llovizna terminó y se instaló en el ambiente una sensación de letargo húmedo. Las gotas parecían flotar en el aire. Cayeron en cuenta que no habían comido nada desde el desayuno y decidieron entrar al chalet.
…..Entre los dos prepararon la cena. Calentaron lo último que quedaba de un potaje de zanahorias, sofrieron un guiso de papas precocidas y metieron al horno las dos porciones de salmón que habían comprado para la última cena. Cenaron viendo las noticias: la búsqueda de Alice se había incrementado a lo largo del río con un considerable refuerzo del cuerpo policial; por primera vez no presentaron el testimonio del tipo que la acompañaba.
…..—¿Las otras mujeres iban acompañadas? —preguntó Raúl.
…..—No lo sé, no dicen nada sobre eso.
…..Cuando terminaron de lavar los platos, Raúl propuso que vieran televisión. Eso hicieron. Perdieron tiempo pasando de un canal a otro, deteniéndose en películas ya iniciadas o en frívolos programas de concurso. Nada de lo que veían les interesaba. Por fin, Lucía le pidió que se detuviera en una comedia romántica que le recordó su adolescencia. Cuando terminó la película, Raúl se acercó y le acarició el cabello con delicadeza; Lucía le sonrió, con un gesto que se debatía entre la aceptación y la indiferencia. Por un instante sintió que no era a Raúl a quien miraba, y le gustó. Entonces escucharon los zumbidos claros en la lejanía.
…..—Deberíamos subir —le sugirió ella, mirándolo fijamente a los ojos, irradiando una luz extraña. Raúl se sintió envuelto por aquella luminosidad, cobijado por un fuego eléctrico, como si por un instante, no fueran los ojos de Lucía los que lo miraban sino los de Alice.
…..En la habitación, los zumbidos se hicieron más fuertes. Lucía se desnudó y lo desnudó; luego lo tiró en la cama y metió su pene en la boca hasta que estuvo lo suficientemente erecto. Se sentó encima de él y comenzó a mover su pelvis lentamente. Raúl no dejaba de mirar aquellos ojos extraños, fulgurantes en medio de la oscuridad, como si brillaran más con cada nuevo zumbido. Lucía agarró las manos de Raúl y las sintió grandes y ásperas, muy distintas a las de su esposo, y las llevó hasta sus senos, luego irguió la espalda y aumentó la intensidad de los movimientos hasta que la respiración de Raúl se hizo más agitada y terminó en un gemido.
…..—Ahora yo —le dijo Lucía, acostándose boca arriba y dirigiendo con sus manos la cabeza de aquel hombre hasta su entrepierna. Raúl besó primero sus muslos y lentamente fue ascendiendo hasta encontrar con su lengua la tibieza de su vagina y el pálpito de su clítoris pronunciado. Lucía arqueó su espalda y se dejó ir en un gemido de placer.
…..Los dos quedaron desnudos, boca arriba, sin decir nada, escuchando cómo los zumbidos se iban diluyendo poco a poco, mientras se dormían.

…..Alice avanza sola por un sendero del bosque. La oscuridad que la rodea es profunda. El cielo negro, sin luna, se confunde con las copas de los árboles; Alice tiene la sensación de estar atravesando un túnel. Varios metros atrás, Lucía la sigue, apura su paso para alcanzarla, pero le es imposible. Vuelve a gritar su nombre sin que Alice se inmute. «¡Espérame!», le grita. «¡No sigas por ahí!». Pero Alice sigue sin escucharla.
…..Más atrás de Lucía va Raúl. Intenta alcanzarla pero no puede, tampoco su esposa escucha sus gritos. «¡Lucía, espérame!», le vuelve a gritar, pero Lucía sigue adelante. La oscuridad los devora a cada paso.
…..Cuando Alice llega al claro del bosque, ya está amaneciendo. Lucía sale del túnel de árboles y se encuentra con Alice de frente. Raúl, que venía detrás de Lucía, ahora llega al claro por el lado opuesto; Alice está de espaldas a él, Lucía está de frente, al otro lado del claro. Raúl y …..Lucía se ven y se reconocen. Cuando el enjambre de mosquitos llega, Lucía empieza a llorar. Alice voltea y ve a Raúl. ¿Quiénes son y qué hacen ahí? El zumbido es ensordecedor. Alice camina en medio de la nube, como guiada por ella; avanza por un camino lateral que se ha abierto en medio del claro. Lucía y Raúl la siguen. ¿De dónde ha salido ese río al que Alice se dirige? ¿Qué hace Bernard de pie a orillas del río, extendiéndole la mano? Si bien los mosquitos les impiden ver con claridad, logran ver el momento en que Alice se suelta de la mano de Bernard y se deja caer en el río. La nube de mosquitos sigue envolviéndolos. Los tres, Bernard, Lucía y Raúl, se contemplan entre los insectos y los zumbidos. Lucía siente miedo, Raúl la mira sin saber qué hacer; Bernard, junto al río, le extiende la mano, y Lucía se siente tentada a dar un paso adelante.
…..Raúl sintió el fulgor de la mirada y se despertó.
…..—Vamos —le dijo Lucía extendiéndole el traje—, no tardan en llegar.
…..Raúl se sentó en la cama. ¿En qué momento se había puesto la piyama? Se quitó el pantalón, se puso el jean que estaban sobre una silla cercana, y se dejó puesta la camiseta blanca con la que dormía. Agarró el traje sin decir nada. Bajaron la escalera y frente a la puerta de entrada se colocaron las chaquetas que colgaban del perchero y se calzaron las botas.
…..—Espera —lo detuvo Lucía cuando Raúl se disponía a abrir la puerta.
…..Volvió a subir a la habitación y bajó a los dos minutos con una linterna en la mano.
…..—Está oscuro.
…..En el porche se pusieron los trajes y cubrieron sus cabezas con la capucha de malla fina. Lucía dio el primer paso y Raúl la siguió. …..Avanzaron hasta el primer sendero del bosque, el mismo donde Raúl había encontrado a Lucía la noche anterior.
…..—Es por aquí —afirmó ella cuando Raúl se detuvo a su lado.
…..Encendió la linterna y entró en el sendero.
…..La tierra estaba húmeda y resbaladiza. El haz de luz alumbraba solo unos metros, y su estela se expandía a poca distancia. Entre los matorrales se percibían movimientos y se alcanzaba a ver el brillo de diminutos ojos que volvían a perderse entre los árboles. Raúl miró atrás y tuvo la sensación de que la oscuridad avanzaba devorándolo todo, persiguiéndolos.
…..—¿A dónde vamos? —le preguntó por fin, y se sintió estúpido al hacer la pregunta.
…..Lucía no respondió.
…..Siguieron caminando. La malla del traje les dificultaba la visión, y Raúl empezó a sentirse aprisionado, como si la red fina que le cubría el cuerpo no solo le impidiera respirar adecuadamente, sino que también lo aislaba del mundo. Sintió que estaba allí y en el sueño al mismo tiempo. Veinte minutos después llegaron a una bifurcación. Lucía se detuvo. No necesitó pensarlo mucho; una vez más reaccionó como si respondiera a una orden inaudible: tomó el camino de la izquierda que seguía internándose en el bosque por una pequeña colina.
…..—¿Estás segura que es por aquí?
…..Lucía seguía sin responder.
…..Avanzaron en silencio durante varios minutos más antes de que empezaran a escuchar los zumbidos.
…..—Es por aquí —dijo por fin—. ¿Los escuchas? Debemos estar cerca.
…..Varios metros más adelante, el sendero los llevó hasta una zona despejada del bosque. Lucía avanzó hasta quedar en medio del claro, rodeada de árboles. Raúl se detuvo a su lado y agarró su mano. La apretó con fuerza y ella hizo lo mismo. Sólo escuchaban los zumbidos y el sonido del viento colándose entre las ramas. Lucía apagó la linterna y miró el cielo oscuro. No había luna ni estrellas, ni ningún rastro humano alrededor, tan sólo el bosque y esa sensación de estar siendo acechados por algo salvaje, oculto entre los árboles y matorrales.
…..—Quizá mañana llueva —comentó Lucía, y como si aquellas palabras la hubieran despertado de golpe, se sintió extraviada, invadida por un miedo que le agujeraba el estómago, y buscando los ojos de Raúl más allá del traje que los separaba, se llevó una mano a la boca y empezó a llorar.
…..Raúl soltó su mano y la abrazó. La abrazó con fuerza y sintió el pálpito de la tensión de ambos entremezclándose en el abrazo y el frío. Entonces el zumbido se hizo más fuerte y las nubes de mosquitos salieron de entre los árboles hasta cubrirlos por completo. Ambos lloraban. Raúl se despegó ligeramente del abrazo, con delicadeza agarró el rostro de Lucía por su barbilla y lo levantó hasta que se miraron de frente.
…..—Perdón —le dijo, y volvió a abrazarla sin esperar una respuesta.

 

3

…..Contrario a lo que esperaban, el día amaneció luminoso y despejado. Se levantaron a mitad de la mañana con la sensación de haberse despertado de un largo sueño. No hicieron ningún comentario sobre lo sucedido. Prepararon el desayuno y comieron sentados a la mesa sin encender el televisor. Raúl se encargó de lavar los platos mientras Lucía ordenaba los enseres de la cocina. Luego se dieron un baño y arreglaron las maletas. Con el equipaje ya en la puerta, le dieron una última mirada al chalet.
…..—Hay que volver —dijo Raúl, y el comentario volvió a sonar como si proviniera de otra galaxia. Lucía no dijo nada.
Salieron al porche y cuando estaban delante del carro, Lucía le extendió la mano.
…..—Yo manejo —le dijo.
…..—¿Estás segura?
…..Lucía asintió y Raúl le entregó las llaves.
…..En el baúl, al momento de guardar las maletas, Raúl descubrió la bolsa de leña, intacta.
…..—Que la usen los próximos que vengan —dijo mientras llevaba la bolsa al chalet.

…..Lucía giró a la derecha a la salida del camping y tomó la carretera que conducía a la autopista. A doscientos metros, un semáforo los detuvo en una intercepción de caminos. A la izquierda encontrarían la entrada a la autopista. Lucía se concentró en la luz roja y se preparó para hacer el giro. Era la primera vez desde el accidente que conduciría una distancia tan larga. Sin embargo, Raúl la notó tranquila, sin el pálpito de la tensión. Entonces, en el preciso instante en que el semáforo cambió a verde, los escucharon. Lucía quedó inmóvil. Eran los únicos en la intercepción de caminos, como si solo ellos condujeran por esas carreteras de otoño. Ambos lo percibieron de golpe y se sintieron extraños, abandonados, solos en medio de aquella inmensidad de asfalto y bosques.
…..—Vienen de allá —dijo Raúl, señalando la carretera secundaría que bordeaba el camping y una floresta ocre de cedros y arces frondosos.
…..Lucía accionó el direccional por inercia antes de girar a la derecha.
Condujeron en silencio, guiados por los zumbidos que se hacían más fuertes a medida que avanzaban. Un kilómetro después, distinguieron a lo lejos los carros de policía en la zona de seguridad de la carretera; las luces azules y rojas estaban encendidas. Lucía disminuyó la velocidad y todo fue haciéndose más claro: la ambulancia parqueada sobre una pequeña explanada de yerba que daba a un canal de agua, dos camionetas de televisión, dos periodistas hablando a las cámaras, gente aglomerada sobre la cinta amarilla que impedía el paso al canal. …..La pick-up de Bernard estaba al lado de la ambulancia.
…..—¿Qué hace ahí? —se preguntó Lucía, y detuvo el auto varios metros por detrás de las patrullas de policía.
…..Los zumbidos se hicieron ensordecedores cuando bajaron del carro. Bernard los distinguió desde lejos y esbozó una ligera sonrisa. Estaba al lado de la cinta amarilla, por fuera del cuadrante, hablando con un policía que tomaba notas. El dependiente del Couche tard y la pelirroja estaban detrás de él. También ellos dos los distinguieron y la chica les hizo una señal con la mano. Lucía y Raúl se acercaron.
…..—¡La encontramos nosotros! —les dijo la pelirroja, emocionada, sin dejar de masticar su chicle.
…..—Venía por el río —dijo el dependiente, y mostró su dentadura desigual y amarillenta con una sonrisa amplia.
…..Ni Lucía ni Raúl dijeron algo. Se les notaba nerviosos, con la mirada estupefacta; siguieron de largo, a paso lento, hasta llegar a la cinta amarilla. Desde allí, vieron el momento en que dos tipos vestidos de impermeable blanco transportaban el saco negro en una camilla rumbo a la ambulancia.
…..—Le dije que había caído al río… —le recordó Bernard cuando el policía que estaba a su lado se fue siguiendo la camilla.
…..Lucía lo miró fijamente antes de hablar:
…..—¿Los escucha? —le preguntó, y Bernard volvió a sonreír.
…..—Es la temporada —respondió cuando el enjambre de mosquitos salió de entre los árboles cubriéndolo todo—, están por todos lados.
…..La pelirroja y el dependiente salieron corriendo a refugiarse en la pick-up. El resto de fisgones también salieron huyendo, gritando y espantando los mosquitos con sus manos. Sin inmutarse, sin moverse un milímetro, Lucía le sostuvo la mirada a Bernard como si deseara sacarle los ojos.
…..—Vámonos —le pidió Raúl, agarrándola por el brazo, sintiendo la tensión que le recorría el cuerpo como una arteria de fuego.
…..Lucía accedió, dio media vuelta y se dejó guiar por Raúl, abriéndose camino con la mano en medio de la nube de mosquitos.
…..—¡Manejen con cuidado! —les gritó Bernard antes de que se perdieran del todo.
…..Una vez refugiados en el carro, Raúl encendió la radio y la sintonizó en la primera emisora de música que encontró.
…..—Sigue derecho por aquí —le dijo—, más adelante encontraremos algún desvío.
…..Lucía encendió el motor, puso el direccional y tomó la carretera siguiendo la indicación de Raúl. Aceleró hasta alejarse lo suficiente. Y entonces, como si fuera un acto reflejo, como si acabaran de escuchar una orden inaudible, ambos miraron atrás, Lucía por el retrovisor y Raúl girando levemente su cabeza. La pick-up acababa de tomar la carretera, los seguía, y encima de ella avanzaba la inmensa nube negra de mosquitos.

 

Inédito

 

 

Gerardo Ferro Rojas es escritor y periodista. Ha publicado los libros de cuentos Cadáveres Exquisitos (2003), Antropofobia (UIS, 2006; Lugar Común, 2019) y Nunca olvidamos nada, nena (EAFIT, 2018), y las novelas Las Escribanas (2012) y Cuadernos para hombres invisibles (2016). Su libro Antropofobia fue catalogado por el blog literario El laberinto del minotauro como una de las 50 obras suramericanas que todo el mundo debería leer antes del apocalipsis. Desde el 2012 vive en Montreal. Hace parte de nuestra aldea Abisinia como editor de cuento.

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración del artista Pat Perry

 

año 1 ǀ núm. 5 ǀ mayo – junio  2021
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