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El nombre en la punta de la lengua

Pascal Quignard

 

El escritor colombiano Pablo Montoya nos obsequia esta traducción de uno de los cuentos más bellos del escritor Pascal Quignard. Alumno de Emmanuel Levinas y Paul Ricœur, Quignard es considerado en la actualidad una de las voces más originales de la literatura francesa.

 

 

 

 

¿Dónde está el infierno? ¿Dónde está la orilla oscura del fondo de uno mismo donde todo lo que tiene hálito expira? ¿Dónde reside entonces el infierno contenido en una manzana que una mujer acaba de coger y ofrece? ¿Dónde el lugar en que todo se condena? En la provincia de Normandía la hierba crece permanentemente, el invierno es glacial, los caminos están agrietados, llueve sin término, el árbol es rey, los manzanos abundan.

Allí el océano es señor y el viento es su señor. Además los señores de los océanos son los señores de la tierra. Los señores del viento son los marinos. En Normandía incluso el que ara su campo es un marino. Incluso el que corta los trajes es un marino. Incluso el que exprime la cidra es un marino. La Península de Cotentin incluso es una barca de marino que se empuja al mar. Un barco de pirata normando trabado en la blanca orilla del océano.

El rey Louis el Tartamudo murió en el 879, en el mes de abril. Después, vino Carloman. Es en tal tiempo que sucede esta historia, tiempo en que nadie en los campos y en los puertos sabía leer y escribir. El año mil se aproximaba. Entonces, en el ducado de Normandía, había quienes esperaban el fin del mundo, y quienes no lo esperaban. De un lado los Cristianos, del otro los Daneses. Pero ellos se confundían. No lograban distinguirse porque el fin del mundo es cada minuto de cada día. Fue antes de Guillaume.

Había un viejo burgo que se llamaba Dives. Había un sastre joven que se llamaba Björn. Se pronunciaba Jeùne y contaban que eso quería decir oso en lengua antigua. Era bello. Llevaba pantalones bombachos tejidos, su camisa de mangas se ceñía a la cintura con ayuda de una larga correa adornada de escenas. Hacía los vestidos de las mujeres y a todas las que iban a su casa les parecía apuesto y lo deseaban como esposo. Hacía también grandes tapices cuando se los encargaban. Urdía, en fin, las redes con las cuales se pescaba.

Era astuto. Tenía una respuesta para todo. Cosía tan bien que no era pobre. Vivía en una casa que daba sobre la orilla del río. En su casa, sobre el armazón, dos espadas estaban siempre suspendidas. Colbrune lo amaba.

Colbrune vivía en la casa del frente. Bordaba para ganarse la vida. Y amaba a Jeûne con locura. Mañana, tarde y noche lo miraba por la ventana. Colbrune no dormía.

Una noche, mientras daba vueltas en su cama sin conciliar el sueño, se dijo:

“No hallo el descanso. Pienso en él y arde mi vientre. Mis lágrimas se apresuran alrededor de los párpados. Estoy flaca como una espina. Me asalta interminablemente su nombre”.

Al otro día, en la mañana, se vistió, anudó su delantal cubierto de bordados rojos y amarillos, cruzó la calle. Tocó en la ventana. Él levantó los ojos con aire huraño porque le interrumpían su trabajo. Ella dijo que lo amaba y que sería feliz si fuera su esposo. Agregó:

“Amo todo lo tuyo. Amo hasta el sonido de tu voz. ¿Para ti qué significa el sonido de tu voz? Nada. Para mí, es lo que me anima”.

Jeûne puso a un lado el hilo. La miró. Dijo que debía pensarlo. Dijo que su petición lo honraba. Dijo que siempre la había mirado con gusto cuando bordaba en su ventana. Dijo que era menester el crepúsculo, la noche y el alba para reflexionar.

Al día siguiente, en la mañana, antes de que dieran las doce, Jeûne tocó la puerta de Colbrune. Se había vestido con esmero. Llevaba su camisa de mangas largas, los pantalones bombachos, su correa adornada de escenas. Ella lo hizo entrar. Estaba roja de excitación. Él miró los bordados iniciados.

Luego, tomó sus manos en sus manos. La miró. Dijo que él quería ser su esposo pero bajo una condición. Dijo:

“Se dice de ti, Colbrune, que eres la bordadora más hábil de Dives. ¿Serías capaz de bordar una correa tan bella como ésta? Yo, personalmente, no he podido”.

Al decir estas palabras, Jeûne se quitó la correa adornada de escenas que le ceñía la cintura y la puso en las manos de Colbrune.

Colbrune tocó la correa y enrojeció porque aún poseía la tibieza del cuerpo de Jeûne, el sastre. Respondió:

“Voy a tratar, Jeûne, pues deseo ser tu esposa. Espero poder satisfacerte”.

Colbrune trabajó durante días. Pasó en vela noches enteras tratando de reproducir los motivos que ornaban la correa. Pero los dibujos estaban tan entreverados, los hilos eran tan finos, los colores tan variados, que no lograba hacer algo así de perfecto.

Al cansancio de los desvelos sucesivos se agregó la amenaza de nunca poder conseguirlo. A la tristeza de ser una pobre tejedora se añadió el fracaso de ser rechazada por Jeûne.

El desespero la invadió. Perdió el gusto por la vida. No volvió a comer. Decía:

“Lo amo. Sé bordar. Trabajo sin descanso pero por más que lo haga no lo logro”.

Se arrodillaba y oraba entre lágrimas a Dios. Decía:

“Oh, tú, Señor del cielo y de la muerte, quien quieras que seas, auxíliame. ¿Cuánto no daría por ser la mujer de Jeûne, el sastre?”

 

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Una noche, mientras Colbrune sollozaba, alguien tocó la puerta. Ella tomó la vela en su mano.

Acercó su rostro a la vejiga de cerdo aceitada que protegía la ventana del viento. Percibió la silueta de un Señor.

Vestía un hábito magnífico. Llevaba un jubón de oro, un tahalí de oro y una vasta capa blanca. Tocaba la puerta con el puño.

Colbrune, tímida, entreabrió. El Señor le dijo:

“No tema. Me he extraviado en la noche. Seguí la bruma que cubría al río. Vi su luz encendida. Mi caballo está cansado. Lo he amarrado de su seto. Quisiera comer y beber un poco si eso no le causa molestia”.

Colbrune lo hizo entrar. Metió una rama cortada en el hogar. Le ofreció su sidra fermentada. Contemplaba el jubón de oro. El Señor repitió:

“Tengo hambre”.

Colbrune pidió excusas por su distracción pero la fatiga de la noche le pesaba. Añadió:

“¿Quiere que le prepare una sémola?”

El Señor respondió:

“Preferiría una manzana”.

Colbrune tomó el frutero y fue a la despensa. Le tendió una manzana.

El Señor la mordió.

Mientras que comía, el Señor vio que Colbrune limpiaba furtivamente sus lágrimas. Él limpió sus labios. Dijo:

“Lloras, muchacha”.

Ella respondió que sí. Añadió:

“Amo a Jeûne, el sastre. Si trabajo tan tarde, es porque prometí hacerle una correa adornada de escenas. Pero al cabo de cinco semanas de penar noche y día, no he hecho nada que valga. ¡Mire más bien!”

Buscó la correa adornada de escenas y le mostró todos los intentos infructuosos al querer reproducirla.

El Señor sonrió y dijo:

“Espera. O el mundo es pequeño, o el azar es algo extraño. Creo que tengo en el talego de mi caballo una correa que se le parece singularmente”.

Cuando el Señor volvió, y compararon las dos correas, descubrieron que eran exactamente iguales. Ni un hilo que no fuera del mismo color. Ni un dibujo que no fuera idéntico.

Entonces Colbrune sollozó de repente. Dijo:

“Lloro porque soy pobre. Esta correa por lo menos tiene el valor de un caballo o de siete vacas. O un broche de oro. Nunca podría comprársela. Nunca me casaría con Jeûne”.

El Señor le dijo que cesara enseguida las lágrimas. Se acercó y le acarició los cabellos. Le dijo:

“Si quieres, yo te doy esta correa por nada.

—¿A cambio de qué?, se resistió Colbrune, y se soltó bruscamente de los brazos del Señor.

— A cambio de una simple promesa, dijo el Señor.

— ¿Cuál?, preguntó Colbrune.

— Que no olvides mi nombre, dijo el Señor.

— ¿Y cómo se llama usted?, preguntó Colbrune.

— Me llamo Heidebic de Hel”, respondió el Señor.

Colbrune se rió. Golpeó sus manos. Dijo:

“¿Cómo olvidaría un nombre tan simple: Heidebic? Pienso más bien que se burla de mí”.

El Señor dijo:

“No me burlo de ti, Colbrune. Y no te rías tan fuerte. Pues dentro de un año, el mismo día, a esta misma hora, en medio de la noche, si has olvidado mi nombre, entonces serás mía.”

Colbrune se rió aún más.

“¡Es fácil, dijo, retener un nombre!”

Se acercó y tomó la correa de las manos del Señor. Este se levantó de su banco. Colbrune volvió a tomar la palabra:

“Pero no quiero engañarlo, Señor. Sólo amo a Jeûne, el sastre. Le he dado mi palabra y debo casarme con él apenas le lleve la correa”.

El Señor dijo:

“Ya me has hablado de tu compromiso con el sastre. Pero no olvides el que has establecido conmigo. No olvides mi nombre. Si la memoria te traiciona, lo siento por tu sastre, y tendrás que seguirme”.

Colbrune dijo:

“Es usted quien se repite. No soy tonta. Retener el nombre de Heidebic de Hel es una tarea tan fácil como retener el nombre de Colbrune y no creo que yo tenga mucha dificultad en recordar mi nombre. Ha sido bondadoso, Señor. Pero dentro de un año, me temo que usted estrechará en sus brazos sólo viento y pesadumbre.

—Tal vez sea así, dijo el Señor de Hel con una extraña sonrisa. Pero si yo fuera tú, aprovecharía mucho el cuerpo de Jeûne y lo estrecharía muy fuerte en mis brazos”.

Y al pronunciar estas palabras, tomó su capa que era blanca. Franqueó el umbral de la puerta, fue hasta el seto, montó en su caballo, y partió hacia la noche. El Señor y su caballo fueron devorados enseguida por la bruma blanca que cubría el río.

 

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Jeûne se despertó de súbito. Miró hacia la ventana: el alba se levantaba apenas y alguien tocaba a su puerta. Saltó de su cama. Se dijo:

“Espero que sea Colbrune. Acaso haya terminado la correa”.

Abrió. Inclinados sobre la mesa, miraron las dos correas. Las comparaban. Se reían. Jeûne decía a Colbrune:

“Tienes manos de hada”.

Colbrune se sonrojaba. Se enorgullecía.

Las dos correas extendidas ante ellos eran tan parecidas que ninguno sabía cuál de las dos era la que Jeûne le había confiado.

Colbrune, de golpe, dijo:

“Entonces desde mañana podremos publicar nuestros bandos”.

Jeûne le respondió que no era necesario esperar hasta el otro día, que irían a publicarlo ahora mismo. Agregó:

“Estoy orgulloso de desposar a una tejedora que ha logrado hacer lo que yo no pude”.

Le tomó las manos. Atrajo su cuerpo hacia él. Se abrazaron.

Se casaron. La dote de Jeûne era: una casa de madera a la orilla del Dives, diez cortes de tela, un martillo, dos espadas. La de Colbrune era: una mesa de madera, una silla, un mechero de yesca y una vela, una rueda, un torno, un huso, una manzana y un tambor de bordado. Ante todos Jeûne ofreció a Colbrune su correa adornada de escenas y se la anudó. Ante todos Colbrune ofreció a Jeûne su correa adornada de escenas y éste se la anudó en su propio vientre. Los dos, ceñidos por sus correas adornadas de escenas, bebieron una escudilla de hierbas y una escudilla de cidra ante todo el burgo de Dives y así las ceremonias de los esponsales de Jeûne y Colbrune se concluyeron con el acuerdo de todos.

El herrero presidió al matrimonio, rodeado del barquero, del peletero, del pescador y de los carpinteros.

Colbrune se montó a una vaca y fue a la casa de Jeûne. Jeûne dio las llaves a su esposa.

Ella removió las cenizas en el hogar. Se bañó, cogió sus cabellos e hizo un nudo sobre la nuca con la cinta, tomó el martillo con la mano derecha, se extendió en el lecho, abrió sus piernas y lo recibió. Fueron felices. Pasaron nueve meses.

A fines del noveno mes, un día que Colbrune estaba bordando la silueta de un corcel negro en el tambor, su rostro súbitamente se descompuso.

Colbrune se acordó del Señor que la había visitado una noche en que ella lloraba, cuando había dejado la luz prendida en la noche, la víspera al día de su matrimonio con Jeûne. Se acordó de la promesa hecha. Estaba a punto de recordar el nombre del Señor cuando, de repente, el nombre huyó de su espíritu.

El nombre lo tenía en la punta de la lengua pero no lograba encontrarlo. El nombre flotaba alrededor de sus labios, estaba cerca de ella, lo sentía, pero no podía tomarlo para ponerlo en su boca, y pronunciarlo.

Estaba trastornada. Se levantó.

Por más que indagaba en su memoria, no recordaba el nombre del Señor misterioso. Sus ojos se llenaron de espanto.

Dio vueltas en la habitación.

Por más que rehiciera los gestos que había hecho esa noche, por más que buscara manzanas en la bodega con el frutero de loza, por más que volviera sobre sus pasos, por más que pensara en la capa blanca, en el caballo negro y en el tahalí de oro, por más que repitiera alto las frases que había dicho esa noche, y recordara los gestos, las palabras, las frases, el jubón, la manzana que crujía en los dientes del Señor, no recordaba el nombre.

 

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Colbrune perdió el sueño.

La tristeza invadió el dormitorio. Durante la noche sentía miedo, rechazaba a su marido, daba vueltas en su cama buscando el nombre que había perdido.

Su marido se extrañó.

La tristeza, invadido el dormitorio, ganó la cocina. Colbrune dejaba quemar los platos. Y cuando los platos no se quemaban, olvidaba poner la mesa. No removía las cenizas del hogar y la chimenea se ensuciaba y humeaba. Incluso llegó a olvidarse de hacer la comida –tanto estaba ocupada en buscar en medio del terror el nombre que había perdido.

Su marido se enfadó.

Ella enflaquecía. De nuevo tenía la apariencia de una espina. La tristeza, después de invadir el dormitorio y la cocina, se apoderó del huerto. Colbrune ya no se preocupaba de las lechugas que crecían. Ya no arrancaba las zanahorias de la tierra. Los conejos esperaban la hojarasca de las legumbres con inquietud. Como el huerto ya no daba manzanas ni peras, los pájaros desertaron. Y todo se volvió silencioso.

Entonces Colbrune empezó a errar bajo las ramas de los árboles, sin levantar la cabeza, corcovada, sin ver nada, buscando el nombre que había perdido.

De pronto su marido la abofeteó.

Colbrune giró hacía Jeûne su cabeza. Lloraba. Él le tomó las manos y le preguntó con aire descontento la razón de su cambio. ¿Por qué la tristeza se había abatido sobre ellos?

¿Por qué ya no comía? ¿Por qué rehusaba sus brazos cuando estaban acostados juntos y por qué lloraba toda la noche? ¿Por qué el huerto se había vuelto silencioso? ¿Por qué el hogar se había vuelto frío? ¿Por qué deambulaba con la cabeza baja en la casa, como una mujer loca en el jardín, y removía los labios como si buscara decir algo que no se decidía a decir?

Colbrune no pudo responder nada. Le dolía la mejilla por la fuerza de la bofetada.

Sus sollozos se redoblaron. Hundió su cabeza en los brazos de su esposo y aspiró con la nariz. No paraba de hipar y llorar. Jeûne acariciaba los cabellos de su esposa. Le dijo:

“Lloras demasiado. Te llamaré Dives porque es mucho tu llanto. Te llamaré como el río que atraviesa nuestro pueblo, cuyas aguas moldean nuestras frutas, en donde nuestros caballos se abrevan, beben nuestras vacas y en donde nuestra ropa se moja; cuyas aguas hacen nuestra sopa, limpian nuestros rostros y manos; y en donde los peces todo el año abren la boca sin cesar así como tú lo haces a lo largo del día”.

Súbitamente ella dio cuatro pasos hacia atrás. El rostro de Colbrune estaba pálido. Sus lágrimas habían terminado. Desanudó su correa, y se la tendió.

Se irguió ante él con aire resuelto. Colbrune dijo:
“He abusado de ti. Tengo vergüenza. Esta correa no es la mía. No logré bordarla. Usé un subterfugio. Una noche, en medio de la noche, mientras que lloraba al poder hacerla, dejé la vela prendida. Un Señor tocó a mi puerta. Había amarrado su caballo a la barrera. Llevaba una gran capa blanca. Me dio esta cintura y yo di mi palabra de entregarme a él si, pasado un año, olvidaba su nombre. Más de nueve meses han pasado. ¿Qué es un nombre? ¿Qué otra cosa hay más fácil que retener un nombre? La palabra correa, ¿cómo olvidarla? La palabra amor, ¿cómo no retenerla? Tu nombre, yo moriré con él en mis labios. Sin embargo, ese nombre se me ha escapado”.

El sastre se aproximó, tomó la correa, tomó a su esposa en sus brazos.

“No llores, le dijo, yo te amo. O hallaré ese nombre. O hallaré al Señor”.

 

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Al día siguiente, antes del alba, Jeûne se levantó. Se vistió. Preguntó a Colbrune por dónde se había ido el Señor después de haberla dejado. Ella dijo:

“Por allá”.

Él tomó esa dirección. Siguió el lecho del río. Penetró en el bosque. Habló a los leñadores. Hurgó en los montes. Escaló los peñascos.

Al cabo de dos días de marcha, se sentó en un tronco porque tenía fatiga. Se puso a llorar. Era ya la mitad del mes diez. De repente vio un gazapo ante él que levantaba su hocico. El pequeño conejo dijo:

“Por qué lloras?

—Busco al Señor de la capa blanca”.

El gazapo dijo:

“¡Sígueme!”

Jeûne se levantó y lo siguió.

El gazapo lo condujo a su madriguera disimulada bajo el musgo. Jeûne se acuclilló. Se puso en cuatro patas. Entró. Descendió en la tierra. Llegó al otro mundo. Vio un gran castillo blanco que brillaba en la noche. El puente levadizo estaba bajado. Lo franqueó.

En el patio, palafreneros acicalaban los caballos.

En medio del patio cuadrado, servidores lustraban una gran carroza de oro. Otros limpiaban las portezuelas.

Jeûne se acercó a los servidores. Les dijo con respeto:

“¿Puedo preguntarles por qué limpian la carroza?
—Nuestro amo se prepara para subir a la tierra y buscar a una joven bordadora con la que quiere casarse, dijeron los servidores.

—En verdad la carroza que ustedes lustran es magnífica, dijo Jeûne. Díganme, de veras, ¿será posible que el Señor que posee una carroza tan magnífica no posea un nombre igual de magnífico?

—Es verdad, dijeron ellos. Esta es la carroza de Heideibic de Hel”.

Jeûne se estremeció.

—“Ustedes dirán a Heideibic de Hel que Jeûne, el sastre, lo saluda”.

Saludó a cada uno de los servidores y a los palafreneros que rodeaban la carroza. Los palafreneros y los servidores, a su vez, le devolvieron el saludo.

Jeûne dejó el castillo. Subió de Hel. Es necesario decir que Hel es el nombre del infierno entre los antiguos habitantes de Normandía.

Es necesario decir que el infierno es el nombre del mundo para todos los habitantes del mundo.

Salió de la madriguera. Al regresar al aire libre, corrió hacia el burgo de Dives. Jeûne repetía el nombre de Heidebic de Hel. Lo guardaba con esmero en la cabeza. Y volvía a decirlo una y otra vez.

Al llegar al río, vio el reflejo de su casa en el agua. Se detuvo. Le pareció bella esa imagen que flotaba en el Dives. Posó la mano sobre el parapeto. Contempló el reflejo de su casa que brillaba en la superficie del agua. De pronto, tuvo hambre.

Se levantó, y trató de recitar el nombre: él estaba ahí, a su lado, en la punta de su lengua. Flotaba alrededor de su boca como una bruma. Y mientras más se aproximaba, más se alejaba del borde de sus labios. Pero cuando fue necesario decírselo a su mujer, el nombre se había ido.

 

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Descansó dos días. En la noche, Colbrune temblaba en los brazos de Jeûne, tanto era su miedo a la separación. Llegó el mes once. Él partió, siguió el río, entró al bosque. A pesar de que buscara bajo los musgos, no halló la madriguera. Preguntó a las bestias dónde estaba el mundo subterráneo y las bestias permanecían silenciosas o escapaban. Se adentró mucho en el bosque.

De pronto, llegó al extremo más distante y se topó con el océano.

Estaba cansado. Se sentó al borde de un peñasco que sobresalía del agua y que las olas golpeaban. Lloró.

Un lenguado apareció en la superficie del mar. Le dijo:

“Por qué lloras?”

Jeûne miró al lenguado en las pequeñas olas blancas y le dijo:

“Busco al Señor que tiene una capa blanca y un tahalí de oro”.

El lenguado dijo al sumergirse en el mar:

“Sígueme”.

Se sumergió en el océano. Tocó el fondo del mar. Detrás del muro de las algas, vio un gran castillo blanco que brillaba en la oscuridad. El puente levadizo estaba bajado. Lo franqueó.

En el patio, soldados estaban ensillando corceles negros.

En medio del patio cuadrado del castillo, servidores estaban colocando cojines rojos en la carroza. Cocineros llevaron aguamaniles y platos con cubiertos de plata que olían muy bien y que arreglaron con cuidado en los compartimentos interiores del coche.

Jeûne se aproximó a los cocineros y les dijo con respeto:

“Puedo preguntarles por qué ponen esos alimentos en las portezuelas?

—Nuestro amo se prepara para buscar a una joven bordadora en la tierra y quiere darle una pequeña colación durante el viaje.

—Verdaderamente esos olores son extraordinarios, dijo Jeûne. Díganme, de veras, ¿cómo es posible que quien haga preparar unos alimentos tan extraordinarios no lleve un nombre extraordinario?

—Es verdad, dijeron. Este es el alimento que come todos los días Heidebic de Hel”.

Jeûne se lamió los labios.

“Ustedes dirán a Heidebic de Hel que Jeûne, el sastre, lo saluda”.

Saludó a cada uno de los cocineros que rodeaban la carroza. Los cocineros y los servidores, a su vez, le devolvieron el saludo.

Jeûne subió del castillo. Saltó a la superficie del mar. Chapoteó hacia la orilla. Atravesó la playa. Penetró en el bosque. Corría y repetía el nombre de Heidebic de Hel. Lo guardaba con esmero en la cabeza. Y volvía a decirlo una y otra vez.

Atravesó el bosque. Salió de él y se introdujo en un valle. Siguió el río. Pasó el puente. En el puente vio a su mujer que lo llamaba mientras corría hacia él. Era un día calmo. Era el crepúsculo. Su mujer gritaba su nombre. Detrás de ella el sol se ocultaba. Y él vio su sombra inmensa correr delante de ella y que el astro proyectaba sobre los adoquines de madera del puente. Jeûne tenía hambre y estaba cansado. Se inmovilizó ante esa sombra inmensa que se lanzaba hacia él.
Cuando tomó a su mujer entre los brazos, y escuchó que ella le preguntaba si había encontrado el nombre, él quiso decírselo pero no lo halló enseguida: y no era que el nombre estuviese lejos, estaba ahí, muy cerca de él, lo tenía en la punta de la lengua. Flotaba alrededor de su boca como una sombra. Mientras más se aproximaba, más se alejaba del borde de sus labios. Pero cuando fue necesario decírselo a su mujer, el nombre se había ido.

 

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Descansó dos días. Colbrune no se acostaba ni siquiera en la noche. Erraba por la casa. Buscaba el nombre sin hallarlo. Estaba llena de terror. Llegó el mes doce. Él dejó la casa. Siguió el río. Franqueó el puente. Entró al bosque y no encontró al gazapo. Salió del bosque y llegó a la orilla. Avanzó hacia la punta del peñasco. Ningún pez le habló. Vio, a lo lejos, la península y la montaña.

Se dirigió hacia la montaña. Subió durante días y días.

Al llegar a la mitad del recorrido, el flanco de la montaña era tan escarpado que ya no pudo escalar más alto. Jeûne miró sus dedos: estaban ensangrentados. ¿Cómo sus dedos tan finos de sastre podrían coser en el futuro? ¿Podrían pasar el hilo por el ojo de la aguja? Las rocas los habían aplastado y sangraban. Él lloró.

Un cernícalo se posó cerca.

El cernícalo replegó lentamente sus inmensas alas y le dijo:

“¿Por qué lloras, aferrado a mi roca?”

Jeûne le dijo:

“Busco al Señor que tiene una capa blanca, un tahalí de oro y un gran corcel negro. Pero ya no puedo subir más alto”.

El cernícalo dijo:

“Sígueme”.

—No sé volar, le dijo el sastre.

—No se trata de volar, dijo el cernícalo. ¡Se trata de no caer!

—De nada sirve eso, dijo Jeûne. De todas maneras no retendré ese nombre que mi mujer pide. Voy a descender.

—Sígueme. No es lejos, le replicó el cernícalo, voy a mostrarte la falla de la montaña”.

En efecto no era lejos. El cernícalo revoloteaba. Jeûne lo seguía aferrándose a las rocas. Desplegó su ala y le mostró la falla de la montaña.

Jeûne descendió. Eso duró días. Al fondo del abismo, vio un gran castillo blanco que brillaba. Se lanzó. Cayó sobre sus rodillas. Franqueó, frotándose sus rodillas, el puente levadizo.

En el patio, los caballeros estaban subiéndose en sus sillas.

En medio del patio cuadrado del castillo, cuatro soldados montaron al techo de la carroza de oro y blandieron sus armas.

Jeûne se acercó a los soldados y les dijo con respeto:

“¿Puedo preguntarles por qué suben ustedes a esta carroza vacía y hacen brillar sus armas?

—Nuestro amo llegará de un momento a otro para ir a la tierra y buscar a una joven bordadora y nosotros debemos protegerlo.

—Verdaderamente esas armas tienen un brillo que no es comparable con nada, dijo Jeûne. Díganme, de veras, ¿cómo es posible que el que posee armas tan resplandecientes no lleve un nombre resplandeciente?

—Es verdad, dijeron. Todas pertenecen a Heidebic de Hel. Pero ahora despeje el camino que nos aprestamos a partir”.

Jeûne empezó a correr y gritó:

“Ustedes dirán a Heidebic de Hel que Jeûne, el sastre, lo saluda”.

Corría. Saltaba las rocas como una gamuza. Subió de Hel. Volvió a correr. Repetía el nombre de Heidebic de Hel. Lo guardaba con esmero en la cabeza. Y volvía a decirlo una y otra vez.

 

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En Dives, Colbrune esperaba a Jeûne. Estaba magra. Buscaba el nombre olvidado. Temblaba. Sólo faltaban tres días para el día fatídico y Jeûne no había regresado. Colbrune buscaba en el fondo de sí misma pero no encontraba el nombre. Sudaba sangre pues así era el temor de ser separada de Jeûne. Subió a un taburete. Tomó una de las espadas suspendidas del armazón. Afiló la espada para darse muerte. No quería que el Señor la tomara como mujer. Sólo quería pertenecer a Jeûne.

 

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Repetía el nombre. Era el día veintinueve del mes doce. Jeûne descendía de la montaña saltando de roca en roca. Alcanzó la arena. Corría. Siguió la playa hasta llegar al bosque. Era el día treinta del mes doce. Corría. Se adentró en el bosque y lo atravesó. Era el día treinta y uno del mes doce. Había caído la noche. Eran las once de la noche. Corría. Pasó el puente. No había reflejo que pudiera reproducirse en el agua del río, ni sombras que no se fundieran enseguida en la noche.

Empujó la puerta y no miró a su mujer que transpiraba sangre por el espanto. Ella tenía la espada en la mano. Estaba de espaldas. Sentada frente al hogar. La punta del arma descansaba en el suelo.

Él gritó:

“¡Heidebic de Hel, así es el nombre de Señor!”

Jeûne cayó. Colbrune giró. Al levantarse, el primer campanazo de medianoche sonó, un viento repentino sopló, la puerta se abrió, el Señor de Hel apareció en el umbral. Estaba vestido con un traje magnífico bajo su gran capa blanca; un tahalí de oro le ceñía la cintura. Detrás de él se veía la carroza de oro que brillaba en el fondo de la noche.

El Señor, riéndose, avanzó. Quiso tomar a Colbrune por la mano. Ella se retiró e inclinándose dijo:

“¿Por qué quieres tomarme la mano, Señor?

—¿Te acuerdas de mi nombre, Colbrune?

—Por supuesto que me acuerdo del nombre que usted lleva. ¿Conoce muchas mujeres que olvidan el nombre de su benefactor?

—¿Cuál es mi nombre?, preguntó el Señor.

—Espere solamente que mi lengua lo traiga. Espere solamente que mis labios lo pronuncien.

—¿Cuál es mi nombre?, gritó el Señor.

Colbrune sonrió y dijo con suavidad:

“Heidebic de Hel es su nombre, Señor.”

Entonces el Señor lanzó un grito. Todo se volvió negro. Todo se apagó como esta lumbre que yo apago al hablar.

Todos aquellos que hablan apagan la luz.

Se oyó solamente un ruido de galope en la noche.

 

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Cuando Colbrune tuvo el valor de abrir otra vez sus ojos, la carroza ya no estaba.

Colbrune estaba inclinada sobre el cuerpo desmayado de Jeûne y le besaba los labios.

La noche estaba tan oscura, así ha permanecido hasta nuestros días, que Colbrune debió frotar la piedra del encendedor para prender una vela cerca del rostro del hombre sobre el cual se inclinaban sus cabellos y su cabeza, hacia ese hombre que respiraba suavemente y al cual tendía sus labios.

 

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Jeûne había adelgazado. Sus tripas sonaban por el hambre. Colbrune se puso de rodillas, la vela en la mano.

“Oramus ergo te, Domine: ut cereus iste in honorem tui Nominis consecratus, ad noctis hujus caliginem destruendam, indeficiens perseveret”. (Te pedimos, Señor, que esta vela, consagrada al recuerdo de tu nombre, arda sin apagarse, y así disipe la oscuridad de esta noche).

Jeûne se despertó. Estaba débil. Su semblante era la palidez. Colbrune lo tomó de la mano y lo ayudó a levantarse. Los dos se pusieron de rodillas ante la vela iluminada. Y dijeron la oración:

“Oramus ergo te, Domine: ut cereus iste in honorem tui Nominis consecratus, ad noctis hujus caliginem destruendam, indeficiens perseveret”. (Te pedimos, Señor, que esta vela, consagrada al recuerdo de tu nombre, arda sin apagarse, y así disipe la oscuridad de esta noche).

Durante un minuto temblaron y luego fueron felices toda una vida. Sus hijos y los hijos de sus hijos se multiplicaron y al fin murieron dejando una mesa, una vela, un hilo, un torno para tirar el hilo de la lana de las bestias, un huso para liarlo, y mi voz para nombrarlos.

 

Traducción: Pablo Montoya

 

 


Pascal Quignard sobre sí mismo

Nací en Normandía, en Verneuil-sur-Avre, el 23 de Abril de 1948. Mis padres eran profesores de lenguas clásicas. Era el tercero de cuatro hijos. Mi padre pertenecía a una familia de organistas que ejercieron durante tres siglos en Baviera, en el Wurtemberg, en Alsacia, en Anjou., en Versalles y en Estados Unidos. Mi madre descendía de una familia de profesores de la Sorbona y había pasado su infancia en Boston. Pasé mis primeros años en el puerto devastado de Le Havre, entre las ruinas, las ratas y los edificios que se reconstruían. Mis clases de primaria fueron en una barraca de madera que tenía en medio una estufa de carbón hecha de hojalata que despedía un olor horrible.

Terminé mis estudios secundarios en el liceo de Sèvres.

Obtengo mi licenciatura de filosofía en la Universidad de Nanterre. Mis profesores son Emmanuel Levinas y Paul Ricœur. Mi primer libro, un ensayo acerca de la Délie de Maurice Scève fue aceptado por Gallimard en 1968 por Louis-René des Forêts, que me arrastró enseguida a la aventura de la revista L’Éphemère, donde trabo amistad con Michel Leiris, Paul Celan, André de Bouchet, Gaétan Picon, Henri Michaux y sobre todo Pierre Klossowski. Dos años después viene a unirse a nosotros en L’Éphemère Emmanuel Levinas y ahí publica a su vez.

Comencé a leer profesionalmente para las Ediciones Gallimard en el mes de julio de 1969. En 1976 entro en el comité de lectura. En 1989 Antoine Gallimard me nombra para el comité de dirección. En 1990 me convierto en secretario general de las Ediciones.

Paralelamente a mi trabajo de lector durante esos años he hecho pequeños trabajos de erudición y de establecimiento de texto en la Biblioteca Nacional (las obras completas de Maurice Scève, las obras en prosa de Dom Deschamps, los grandes poemas de Guy Le Fèvre de La Boderie), traducciones del griego (Lycophron, Damascio), del chino (Kong-souen Long), del latín (Porcius Latro, Albicius Silus). Enseño en la Universidad de Vincennes (Edad media y Renacimiento) de 1971 a 1974. Enseño en la École Pratique de Hautes Études (Orígenes de la novela antigua) de 1988 a 1990.

Músico aficionado (organista, violoncelista), en 1988 me convierto en consejero del Centro de Música Barroca; en 1991 presidente del Concierto de las Naciones que preside Jordi Savall; en 1992 con François Miterrand fundo el Festival de Ópera y Teatro Barrocos del palacio de Versalles.

En 1992 dejo la prensa y los jurados literarios. En 1993 dimito de la presidencia del Concierto de las Naciones. A finales de 1994 disuelvo el Festival de Ópera Barroca de Versalles y a últimos de abril dimito de las Ediciones Gallimard.

Desde abril de 1994 no hago sino leer y escribir.21

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración del artista Adara Sánchez Anguiano

 

año 1 ǀ núm. 3 ǀ enero – febrero 2021
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