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Cómo llegar a ser japonés

Ramón Illan Bacca

 

Ramón Illan Bacca es considerado uno de los grandes innovadores de la literatura del caribe colombiano contemporáneo. Dueño de un estilo humorístico, de prosa rápida y erudito, Bacca creó en sus sesenta años de escritura una obra sólida, descrita por la crítica latinoamericana como mordaz, neobarroca y transgresora. En este número publicamos uno de sus cuentos insignia en el trastocamiento de las «buenas apariencias» de la sociedad conservadora barranquillera durante la bonanza marimbera (1970-1980).

 

 

 

 

I

Me llamo Go Toba y soy japonés por decisión propia. No me importa que la gente piense que además de inválido estoy loco. Tampoco me importa que mi madre esté todo el tiempo dándoles explicaciones a los vecinos y diciendo que son excentricidades mías para atraer la atención y para que me consientan. Lo que importa es que todos en casa me llaman por mi nombre japonés, se quitan los zapatos al llegar a mi cuarto para no dañar los tatamis y Socorro Salomé tiene siempre listos todos los kimonos para usar el que me guste según el humor en que esté ese día.
Hoy decidí usar el hakama de seda amarilla, cubrirme el rostro de blanco de harina de arroz, pintarme los dientes de negro y usar el alto tocado que corresponde a un noble de la dinastía Heian.
He dado varias palmadas para que Socorro venga y me traiga mi álbum de recortes. No ha llegado ella sino mi mamá. No me gusta. Me trata con excesiva familiaridad; no sabe tratar a un noble de mi rango. Le pasé por alto el no haberme hecho la reverencia indicada, y con mi abanico de mano, ilustrado con un paisaje del período Yamatoé, le señalé el rimero de periódicos viejos. Es una mujer torpe, nunca comprende lo que quiero.
Le lanzo maldiciones en un japonés que ya domino. Me niego a hablar en español un idioma de pobres. Abro y cierro la mano para alejarla. No me entiende o se hace la china. Tengo que completar el ademán con un alarido y por último lanzarle el abanico. Se va con una especie de súplica en los ojos que no logra conmoverme. Ese es mi drama: nacer en un país y en una época que no son los míos. Al final tengo que inclinarme y escoger el periódico que necesito. Está amarillento y las fotos borrosas. Su contenido dejó de ser noticia y pasó a ser historia. Algo que sí comprenden los pueblos viejos como el japonés y no como estos que todavía viven en el caos primitivo.
Recuerdo todavía el revuelo cuando apareció por primera vez esta fotografía con Cesar disfrazado de Mikado en un carnaval de Río de Janeiro, lanzando desde un balcón billetes a la calle. En mis momentos de soledad, que son todos, he pensado en la multitud de muertos que hubo en ese instante; pero el periódico no dice nada sobre eso, de pronto pensarían que un buen gesto teatral vale más que algunas vidas insignificantes.

 

 

II

No resisto más. ¿Cómo hacerle saber que la única que lo toma enserio soy yo? Él, sin embargo, parece no darse cuenta de mi existencia. Hoy pasó dos veces delante de mí, que le he hecho la reverencia debida, y no me ha dirigido ni una mirada distraída.
Cuando le da órdenes a su madre, la señora María Luisa, y a la mía, Socorro Salomé, en un inglés niponizado, logrado a base de ver películas japonesas, la que le entiende todos sus deseos soy yo. Alguna vez –estaba escondida detrás de un biombo– le grité un «sayonara» que le iluminó el rostro, pues pensaría que estaba educando a su madre. Ni para qué decir que la palabra la aprendí de una película vieja que vi en la televisión.
Está nervioso. Siempre es así para estas fechas, aniversario de la tragedia. Es curioso, pero yo no recuerdo nada… sólo el sepelio, al día siguiente, que fue transmitido en el programa «Mona frente al mundo», por el canal local.
La señora María Luisa y mi madre daban gritos de espanto cuando aparecían en la pantalla todas las personalidades que estaban dándoles el pésame a los familiares de los muertos. El obispo con su ropón morado y sudando a chorros, el gobernador con su infaltable vestido de lino blanco y zapatos de tacón cubano, y todos los demás que la prensa llama las «fuerzas vivas» (y que la profesora de sociales nos puso en este mes como tarea averiguar cuáles son). Los gritos de la señora se redoblaron cuando la pantalla mostró alguna de sus amigas del Country dándoles besos a los dolientes. Reconocí los vestidos traídos de Miami, los mismos que usan cuando vienen a jugar canasta, pero quedaban deslucidas al lado de las queridas de los mafiosos, unas morochas altototas, con vestidos estrechos y plateados y cascadas de pelo postizo. Nada indicado para un entierro. Había que ver como se contoneaban al bajarse de los Lincoln Continental y los Mercedes Benz al llegar al cementerio de San Miguel. El joven Cesar resaltaba por su gran estatura y su camisa roja de seda cruda que según explicó la presentadora, la Mona Navarro, era el color de luto de los emperadores japoneses. También lucía un alto moño bajo un sombrero de fieltro negro de grandes alas, por lo que la cámara lo mostrara a cada rato.
Mi mamá dice que la amistad con los gemelos Cesar y Lucrecia fue fatal para el «niño». No puedo decir nada, pues desde que nací andaban juntos, cosas de «la solidaridad de clases», como nos dice la profesora de sociales. La verdad es que toda mi infancia estuve deslumbrada por la onda japonesa en que vivían. Me la pasé acariciando las laminillas doradas y los brocados del vestido de samurái que durante meses estuvo colocado en un bastidor y que el señor trajo de Nueva York para el príncipe Go, pero él no lo usó, sino que se vistió con un kimono precioso de seda amarilla que le trajo la señora de su último viaje por el extremo oriente.
Oí la discusión que desató entre mis patrones. «Conque amarillo fulvia»– dijo el patrón. Y terminó exclamando: «¡Qué partida de…!». No terminó la frase porque la mirada que le dirigió la señora María Luisa fue como para petrificarlo; después de todo, como recalca mi mamá, ella es la de la plata.
Una vez presentaron una sesión de teatro Kabuki en el que Go Toba interpretó el papel de mujer; estuvo perfecto. «Demasiado», según el comentario de mi mamá. En aquella navidad oí la discusión entre el príncipe y la señora María Luisa. Él pedía una espada muy especial, que años después, leyendo una revista sobre arte japonés, supe que era una llamada Muramasa. La señora se la trajo de Nueva York. Y después oí otra discusión más fuerte, pues él se la regaló a Cesar. Pero debo confesar que fui feliz cuando los gemelos inauguraron en su casa un mirador de estilo, digamos que japonés, para contemplar los crepúsculos. A mí me pidieron que ayudara, y con mi kimono estuve sirviendo un licor que ellos llamaban «sake». Cesar estaba con un tocado alto, afeitada la frente y Go Toba tenía la cara enharinada, que le daba un aire fantasmal. La fiesta se dañó por una discusión muy fuerte entre ellos pues sostenían que los vestidos correspondían a distintas épocas. Me dolió cuando acabó la fiesta; por fortuna, el kimono me quedó de regalo.
Parece que la amistad se debilitó cuando Lucrecia se casó con el hijo de un mafioso. Cesar pasó a hacer viajes continuos al extranjero y la señora María Luisa prohibió en forma terminante hacer cualquier clase de negocios con ellos. Pero en ese Halloween, el príncipe Go aceptó ir a una fiesta que daba Cesar. La señora permitió que fuera, pues él le juró que era de carácter íntimo, sin gente fea incursionando por ahí. Yo me le escapé a mi mamá y me di una vuelta por la casa donde celebraban la fiesta. La decoración era maravillosa, y cuando me acerqué al ventanal me di cuenta que la iluminación tan particular, como de película en blanco y negro, era producida por miles de velas puestas en candelabros de plata, mientras el pianista, un negro gordo, muy famoso, tocaba canciones viejas, esas de los años cuarenta que le gustan tanto a mi mamá porque le recuerdan cuando vivió en Europa acompañando a la señora. El vestido del príncipe Go era sensacional pues como dijo en voz alta antes de salir, era una fantasía bautizada «la mala de toda película japonesa». Los otros disfraces se veían insignificantes. En esas estaba cuando Cesar se me acercó, me acarició y me dio un sombrerito de bruja mientras me pedía el favor de que le llevara un anillo, que se sacó del dedo delante de mí, a unos hombres que estaban en un carro a la vuelta de la esquina. Nunca he sabido con exactitud qué pasó, pues tengo como un espacio en blanco desde lo que mamá llama mi crisis. Después he oído muchas versiones de esa historia horrible de traiciones y muertes. Sospecho que yo tuve algo que ver.
Cuando le veo sentado frente a la ventana con su disfraz de príncipe sé que ve el mundo a través de una cortina de lágrimas. ¿Pero qué debo hacer para que se dé cuenta de mi existencia?

 

 

III

Al fin he quedado como un japonés de un país sólo conocido por mí. También Cesar y Lucrecia se asomaron a ese Japón privado, pero ahora ambos están muertos.
Sí, tú también estás muerto, Cesar. Oí desde el balcón cuando alguien decía que habían encontrado tu cuerpo en un basurero de Río de Janeiro. Te reconocieron por tu alta figura y tu frente afeitada. Sin duda eras tú.
Como fuiste tú quien corrió esa mañana hacia el aeropuerto, mientras yo me debatía entre la vida y la muerte, y allá, muy en lo profundo, recordaba cuando levantaste el revólver para darme el tiro de gracia y sólo esa mirada que te lancé en la que te decía: «he sido tu geisha todos estos años y ahora me haces esto», evitó que me remataras. Porque todo lo tenías fríamente calculado. Rememoro los datos y todo encaja. Reuniste a Lucrecia –quien te dio la combinación de la caja fuerte– y a su familia política, los herederos del capo. Escogiste un extraño disfraz de ninja y rechazaste el de «samurái en reposo» con un amarillo fulvia maravilloso que yo te había escogido; reemplazaste los guardaespaldas del tío bizco por otros tuyos. Para qué seguir. Lo único que me atormenta es saber que mi muerte también entraba en tus proyectos. Han pasado muchos crepúsculos vistos desde mi balcón. Mi japonés se diluye y cada vez siento más lejos el país del sol naciente. Quiero, sin embargo, irme de este lugar. Ahora mi padre se aprende aforismos japoneses; el último que le oí citar fue: «con la lluvia se asienta el terreno». Me sobresalté.
Debo apresurarme antes que llegue la temporada de las lluvias y convencer a mi madre que me lleve frente al mar. Estaré en mi silla de ruedas. Ella leyendo sus novelas rosas y ambos cubiertos bajo un parasol multicolor. En algún momento le suplicaré que me deje solo, meditando. Tal vez así me decida, y como la leyenda de la Dama de Nii, exclame antes de lanzarme al agua: «en las profundidades del océano está mi capital».

(1998-1999)
De Cómo llegar a ser japonés, Universidad del Norte, 2010.

 

 

Ramón Illan Bacca (Santa Marta 1938- Barranquilla 2021). Escritor, periodista y académico destacado del Caribe colombiano. A través de sus creaciones, Illan Bacca ha logrado que el carácter heterogéneo y pluricultural del Caribe colombiano resalte en su obra. Entre sus obras se destacan Marihuana para Göering (1981), Déborah Kruel (1990), Maracas en la ópera (1996), Disfrázate como quieras (2002) y La Mujer Barbuda (2011). Ha recibido el primer premio III Concurso de Cuento del Instituto de Cultura del Magdalena (1979); primer premio Concurso de cuento regional Diario del Caribe (1981); primer premio Tercer Concurso nacional de novela Cámara de Comercio de Medellín (1995), y Premio Simón Bolívar de Periodismo Cultural (2004).

La composición que ilustra este post fue realizada a partir de una ilustración del artista Takato Yamamoto 

 

año 1 ǀ núm. 5 ǀ mayo – junio  2021
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